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    jueves, diciembre 20, 2012

    'El espíritu del vino', una reedición heroica

    En el año 1993 en España aún se dormitaba la resaca de una exposición universal que había situado en el mapa el sur de la Península y de un año olímpico que quedó grabado a fuego en los anales de la historia del deporte como el mayor éxito organizativo hasta la fecha. En medio de un tímido renacimiento cultural que decaería con la instauración de las nuevas formas de ocio –la música, en su más amplio concepto, sería la primera afectada, aunque entonces pocos serían capaces de anticiparlo-, las grandes compañías discográficas apostaban por llenar el depósito de sus buques insignia y lanzarlos a la calle, nunca mejor dicho, en giras mastodónticas que recaudaban parabienes de crítica y caja fuerte sin reparar en medios. Una época excesiva y despreocupada por el oscuro porvenir que resultaba cuanto menos sospechosa, sobre todo cuando alguien financiaba y promocionaba un disco con ínfulas de obra conceptual, ambicioso e irregular, perdido en su propio exceso y críptico desde la óptica del público mayoritario. Ese mismo que, pese a todo, lo elevó en su momento a lo más alto de las listas no sólo de su tierra natal sino de parte del extranjero, con Alemania, Italia, Francia y hasta Finlandia como piedras de toque insospechadas en la senda iniciada años atrás que ahora se ampliaba con perspectivas de boyante futuro.

    Héroes del Silencio era –es y será, añado- la mayor banda surgida de Aragón. Cuatro jóvenes que jamás imaginaron lo alto que sus sueños podrían elevarles que se metieron en el estudio de grabación con apenas unos esbozos de letras y riffs a medio enlazar. Phil Manzanera, un inglés cuyo prestigio como guitarrista y parte importante en la discografía de Roxy Music le hizo merecedor de la confianza de los maños, los convenció de que ‘Senderos de traición’, su anterior trabajo, reflejaba con algunos matices la solvencia de un grupo que en directo sencillamente apabullaba (aún con sus imperfecciones) pero no debería servir como muestra de un potencial que en aquel momento, con permiso de todo lo que vino después, comenzaba su irremisible caída libre hacia la autocomplacencia. Esta vez el plan era diferente: el disco debía ser “tocado” y planificado prácticamente entre cuatro paredes insonorizadas (las míticas instalaciones del Gallery, muy cerca de Londres), y allí mismo las letras de un Bunbury más metido en su propio mundo que nunca tenían que fluir en la dirección correcta. O no. Tal vez el problema principal fue ese, la visión parcialmente agotada de un autor brutal que evolucionaría en la década siguiente hacia la figura del músico total, una suerte de Mesías rockero deudor de muchas personalidades y dueño de una propia e intransferible. Pero lo de menos era entender el mensaje cuando había un trabajo de composición tan intenso, un esfuerzo tan demoledor como el propio nombre de la banda, que encabezaba carteles de festivales por media Europa y que sólo volvía a pisar suelo patrio para encadenar noches triunfales en plazas, pabellones y espacios abarrotados de un público acrítico y condescendiente con un espectáculo de rock sólido que empezaba a mirarse el ombligo y olvidaba cualquier atisbo de mesura. Desde el 14 de junio de aquel año, la maquinaria heroica pasó por encima de otras con más amplios horizontes (el ‘Sin documentos’ de Los Rodríguez no competía directamente en público pero sí en ventas, y estuvo mucho tiempo a su rebufo) e incluso hizo obviar espléndidas propuestas independientes (entre otros, los imprescindibles Negu Gorriak publicaban uno de sus mejores álbumes, y El Inquilino Comunista asentaban los cimientos del rock alternativo) al paso de una colección de temas de difícil hilazón, apenas aireados y finalmente resueltos a retazos, dejándose arrastrar a un nicho vacío en el que serían los invitados de por vida. La épica del rock and roll, amigos, a eso es a lo que me refiero, con todas sus virtudes y defectos.

    ‘El espíritu del vino’ venía envuelto en el culto báquico que su portada proclamaba, con una imagen de la calle Alfonso I de Zaragoza tomada a través del vidrio de una botella, y así se publicitó en una tirada de limitadísima edición que incluía incluso un envase relleno de un líquido con sabor a rayos y centellas a modo de (frustrada) maniobra promocional. La otra degustación, la auditiva, incluía algunas de las cumbres del cuarteto –no podemos olvidar al “quinto héroe”, el eficaz guitarrista azteca Alan Boguslavsky, jamás incorporado como miembro oficial de la banda pese a que tocó en los más de 130 conciertos de aquella gira y en otros tantos de la siguiente y ninguneado en la última reunión de 2007-, temas compuestos entre el nomadismo de la época y las brumas del éxtasis como ‘La sirena varada’, ‘La herida’, ‘Bendecida’ o ‘Flor de loto’, sin duda un clásico al que sólo faltó incorporar una línea de sitar para hacer más evidentes las influencias hinduistas. Sin embargo, si por algo es recordado el álbum es por incluir varias de esas instantáneas de hard rock de largos desarrollos instrumentales, en los que la guitarra omnipresente de Juan Valdivia se impone a la base rítmica de Joaquín Cardiel al bajo y Pedro Andreu a la batería. Hablamos de ‘Sangre hirviendo’, bordeando el metal más agresivo, o de la significativa ‘El camino del exceso’, bases del nuevo y fortificado muro de sonido. Eso sí, ese audio duplicado y el particular eco que se respira al escuchar algunos acordes, además de ser mérito del productor, no habrían sido posibles sin la ayuda del citado mexicano, un músico tan discreto como imprescindible en el desarrollo de las dieciséis muestras de poderío de un vinilo doble cuyo formato original se ha preservado en la presente reedición, finalmente aliñada con un making off sobre los avatares de la grabación y promoción, hasta ahora inédito, y el mini set acústico que realizaron tres años después para la hoy infame MTV latina con cinco temas, la parte menos atractiva del lanzamiento por lo poco relevante de su aportación. Nada que no se pueda encontrar y/o descargar en la red sin demasiados problemas, de hecho al final de este post enlazo las imágenes que ilustran estas líneas. 

    Con un trabajo de tales dimensiones, salpicado además de menciones literarias (William Blake de forma explícita en ‘Los placeres de la pobreza’), las reivindicaciones fueron varias y gritadas en voz alta, y sólo hay que escuchar himnos como ‘La apariencia no es sincera’, ‘Culpable’ (con el motor de las drogas como alimento creativo latente en fondo y forma) o ‘Tesoro’, una de las mejores canciones escritas por el grupo, para ser conscientes de que el final de sus días de gloria no estaría demasiado lejano. Al final de un minutaje tan generoso como todo el proceso creativo, ‘La alacena’ acerca un falso remanso con el piano de Copi, posterior mano derecha de Bunbury en su primera etapa en solitario, y pone el reprise necesario para juzgar con ojos este monumento a la anarquía, una granítica labor que a punto estuvo de ensanchar para siempre las diferencias entre los miembros del grupo, que sin embargo sobrevivieron todavía a otro intento frustrado de igualar los hallazgos del disco que nos ocupa en el irregular ‘Avalancha’. Aunque a muchos aún nos queda la duda sobre cuál de los dos es mejor, o mejor dicho, cuál nos gusta más. Al escucharlo hoy, el doble vinilo no ha aumentado en grandeza pero tampoco ha menguado en frescura, lo cual ya es decir mucho. Con él, sus responsables alcanzaron la gloria y bajaron al infierno en el mismo viaje, y nos lo contaron de la mejor forma posible. Sean fans o detractores, recuerden que sólo se trataba de “ir más allá de lo permitido, por los fluidos que recorren el cuerpo”.

               


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