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    viernes, diciembre 27, 2013

    Pájaro - Sala Ambigú Axerquía. Córdoba, 19.12.13

    Estos no son dos pájaros a los que se pueda matar de un solo tiro. A uno de ellos, ni siquiera apuntándolo con varios objetivos (los de nuestra cámara están exentos) podrían apresar la totalidad de su plumaje, las innumerables capas que cubren su experto devenir sobre escenarios del más variado pelaje y su tremendo predicamento como prócer del maltratado rock sevillano, que de eso también existen especies animales. Y a este zoológico doméstico me remito. Cambien picos por guitarras, gorjeos por micrófonos y gráciles vuelos por afilados dardos dialécticos y el resultado no solo será el mismo, sino mucho más fino al oído y sobrio a la vista. Dos aves que se aventuran en el cielo abierto de una noche fría, en el cada vez más inhóspito paraje del oficio musical, arte elogioso y elogiable emborronado desde las poltronas de la infamia y la ineptitud reinantes. Eso precisamente es lo que le sobra, al Pájaro que conseguimos capturar y a su fiel incubado, guardián y discípulo sobradamente aventajado, celador inconsciente de un legado que nunca será ponderado en su debida grandeza. Silvio, otro rapaz de cuidado que jamás se dejó enjaular, escucha el trino alborotado y deudor de sus crías entre calada y trago, ajustándose las lentes y encorvado a la derecha del padre. Prestando la atención necesaria, porque sus hijos tocan y cantan para él, por su voz y en su memoria. Dedicado al patriarca, con devoción y entrega, un fajador llamado Andrés y apellidado Herrera Ruiz se empecina noche tras noche en levantarle el monumento soñado desde que lo dejó huérfano de amistad y sabios consejos. Puede que sea por encomendarse a la Macarena o aferrarse a los acordes que respiran las esquinas de Triana, pero el traje de faena nunca le sentó tan bien a criatura alguna como a él, y de ellas y sus versos de rock and roll nunca estará el mundo lleno. Menos mal que algunos aún sabemos escucharlas.

    En familia, las distancias cortas suelen ser siempre las peores hasta que alguien demuestra lo contrario. Para eso están las canciones, podriamos añadir. Y el misticismo de San Juan de la Cruz, que siempre ayuda en ciertos menesteres. Entre eso y las 'Luces rojas' que nunca llegan a encenderse de verdad tenemos bastante para ir tirando física y espiritualmente. Como los músicos lo saben, se recrean en la evidencia y se ceden terreno en paz y armonía, que para algo esta crónica se escribe durante los días postreros a la Navidad. Ambos, el Pájaro grande que jamás, valga su propio reconocimiento, se construirá un nido lo bastante sobrio como para permitirle posteriores inversiones, y el polluelo (don Raúl Fernández, para más señas) que puntea con fruición y recolecta viandas acústicas para engordar la cosecha, perfilan a su manera los apellidos Fernández Melgarejo y elevan al cielo un más que vivo 'Rezaré' para que la esencia no se pierda, pero también tienen armas poderosísimas para adaptar su artillería al recinto y lugar precisos. 'Tres pasos al cielo', así de cerca y así de lejos, parece la distancia justa para que las guitarras ardan sin llegar siquiera a tocarse. Y para que las cuerdas se llenen de lamentos, nada grave si la pena con melodía entra, lo mejor es recurrir al acento italianizante de 'Tuttos' y 'Perché', cagándose en el amor a la antigua usanza, como mandan los cánones. O visitando 'El pudridero', un oscuro antro al que ya le pusieron cimientos Silvio y Luzbel y que podría servir como escaparate del repugnante paisaje político que nos engulle (la modernidad no es eso que nos cuentan los catálogos del El Corte Inglés), y recuperando la memoria histórica en los bolsillos que alojaron billetes de veinte duros con el adusto rostro de don Manuel de Falla, cuya 'Danza del fuego' alimentó tantos rescoldos que aún podemos quemarnos si nos los acercan demasiado.

    Su planear es amplio, y no solo se nutre de brisas mediterráneas, sino de soleadas y lejanas costas donde practicar surf sin despeinarse, y ahí está Dick Dale y su 'Misirlou' para demostrarlo. Sin que haga falta electricidad alguna, con la actitud les basta. La música contenida en 'Santa Leone', que aunque no lo parezca sigue siendo la excusa para seguir girando, se recrea en cornetas de penitencia y polvos de spaghetti-western, pero cuando sale de excursión es capaz de recogerse, concentrarse y expandirse en un par de mástiles bien afinados, unas cuantas copas compartidas con los amigos y una explosión de humanidad que necesita ser compartida, escuchada, saboreada y finalmente, devuelta en un aplauso monumental. El que merece el trabajo bien hecho y las canciones compuestas con mimo y respeto por las raíces. Como ya venimos diciendo, y para no redundar más en la evidencia, este sí que es un Pájaro de buen agüero.















     

    Texto: JJ Stone
    Fotografías y vídeo: Raisa McCartney

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