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    lunes, abril 14, 2014

    Gilbertástico - El que corre con los búfalos. Granja Beat, 2014

    Gilbertástico - El que corre con los búfalos. Granja Beat, 2014 

    Gilberto Aubán lleva más de una década emprendiendo proyectos musicales como Estilo Casero y Gilbertástico y las Mierdas Flotantes, y colaborando con artistas como Amatria y Ana Elena Pena, entre otros. 

    Es en "Versalles" cuando su camino comienza a tomar una dirección más clara. Una excelente ópera barroca dirigida por la batuta de Joaquín Pascual (Surfin´ Bichos, Mercromina) en la que Gilberto asoma su lucidez con un ingenioso ejercicio compositivo. El piano se convierte en el instrumento vehicular de sus composiciones, piezas narradas con letras extravagantes y cargadas de originalidad, donde el clímax muestra la sensibilidad que nunca ha dejado de esconder Gilberto

    El salto a “Heil Gilber”, su segundo trabajo, lo distancia del aire barroco de “Versalles” acercándose a diferentes estilos. Con trece cortes deja patente que la libertad está presente en sus composiciones y que su yo más íntimo desprende ese halo especial que nos destella el alma, nos la rompe y luego nos la recompone, nos acaricia y nos sopla para hacernos volar alto, muy alto. 

    El año 2014 nos regala su tercer trabajo "El que corre con los búfalos", sin contar el instrumental "Música Inframental", que cuenta con la colaboración de músicos amigos como Alberto Montero, Caballero Reynaldo, Alaín Duplaá y Javier L. Hidaglo, y sirvió de “disc founding”, como dice su autor, un disco digital para costear otro físico. En esta ocasión vuelve a confiar en el trabajo de Fernando Polaino para la producción. Grabado en Estudio Estable, situado en la Alcarria (Guadalajara), masterizado por Germán Ponte en Estudios Garbanzo y editado por Granja Beat (sello del productor). 

    En esta nueva entrega vuelve a salir virtuoso con la capacidad de alejarse de los encorsetamientos estilísticos. La música de "El que corre con los búfalos" respira aires folk en temas como “23-F/Rebel.lion", que abre el disco, o "Planteando" ( que nos evoca a "Locos en la isla" ), una faceta que no había asomado con fuerza hasta este trabajo y que es resultado, según el propio Gilberto, de "usar también el violín y la mandolina para el teatro, que me ha dado ánimos de usarlo aquí también”. A su vez, contiene melodías de una belleza inconmensurable en piezas como "Canción de cantautor" que hacia su final estalla en un fiesta de sonidos eclécticos con el fondo de unos coros que visten una estampa paisajística repleta de colores vivos, o "Funeral de verano", en la que su piano de ejecución precisa acompaña un ritmo más cadencioso y melancólico, mostrando su majestuosidad. 

    Las miras en la Edad Media no desparecen, se resiste a desprenderse de la influencia que le ha marcado la música de artistas como Caballero Reynaldo, y en temas como "Ciego y dolorido", vuelve a hacernos disfrutar de uno de sus rasgos diferenciadores. "Música para un TV autonómica" (instrumental) y "Monta, toca, vete!" (denuncia satírica al trato a los músicos por parte del mundo de la industria musical) se aproximan al tecno pop español de bandas como Astrud o Los Magnéticos.


    Lo bizarro vuelve a aparecer en "La elegancia es un factor", punzante y machacón alegato en el que no todo vale cuando estás enamorado. Profundizar en la lírica del disco es ahondar en la sapiencia de Gilberto. Si el lugar donde nos tocó vivir fuera un mundo mejor, él sería el ser humano por excelencia o esos "Fantasmas de Navidad" que nos canta en su sexto corte.

    En "De Cadencias" se sumerge en lo prohibido mostrando la cara bonita de las sustancias nocivas con una de las frases más arriesgadas del disco "No lo entiendo: si esto era malo ¿por qué cada vez estoy más sano?.". Es capaz de crear una oda en "Hija de los árboles", a la que dedica el disco. Pieza sinfónica que irradia rayos de luz al mundo natural. Aquel que Gilberto canta balanceando sus elementos con el firme propósito de acunarnos en un estado de calma total. Celestiales coros y cante luminoso en clave de pop, este tema podría subrayarse como el más mágico y crucial del disco. "Resentido común" nos abofetea al saltar del mundo ideal a la autodestrucción a la que nos ha abocado la sociedad actual. En este corte, nos escupe la suciedad del hombre con ritmo sosegado, consciente pero no resignado. Este último trabajo devuelve la confianza en todo lo perdido y en la grandeza de la vida, y la lucha contra todo atisbo de contradicción a su filosofía está servida. 

    El reduccionismo se ha convertido en el protagonista del factor constructor del disco huyendo de la orquestación que quizás sobresaturó "Heil, Gilber" tanto a nivel vocal como instrumental, de ahí que el concepto de colaboración múltiple se haya desvanecido para contar únicamente con el dúo Dwomo. Antonio J. Iglesias (baterías, percusiones, recitados y coros) y Jorge Lorán (bajo eléctrico) se aúnan al genio compositor para demostrar una vez más su grandeza con la extensión instrumental perfecta para encajar cada nota y transformar las melodías de Gilberto en auténticas obras de arte. 

    El diseño de su portada corre a cargo de Aitana Carrasco. En una aureola, un torso vestido de forma elegante con un órgano como cabeza (imaginamos en esta imagen un corazón ) y en su fondo un bonito mundo vegetal. Un autoretrato utópico del hombre del siglo XXI. Orgánica y conceptual capta a la perfección el contenido de este disco.

    Un paso más hacia adelante en su singular viaje musical que le hace consolidarse como uno de los referentes a tener en cuenta en nuestra ciudad. Con un enfoque más reposado pero sin perder la luminosidad de su antecesor, esta nueva entrega consigue un sonido más limpio, despejando las nubes tormentosas y clarificando la esencia de su música con un resultado brillante.


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    Gilbertástico

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