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    viernes, enero 16, 2015

    Elliott Murphy: diamantes en el patio

    El neoyorquino visita por enésima vez la ciudad de Valencia, para regocijo de su fiel legión de seguidores.


    La expresión "maldito", en el pop, se usa para referirse a aquellos músicos que por importancia histórica, hallazgos musicales, o valía artística en general, deberían ser conocidos, si esto fuera un mundo ideal, por el gran público, pero sin embargo han quedado lejos de los focos para ser disfrutados sólo por reducidas, aunque febrilmente fieles, comunidades de sibaritas (por eso también se les llama "de culto", aunque personalmente, esta expresión me parece bastante hortera). Elliott James Murphy, es sin duda uno de los ejemplos claros y diáfanos de esta modalidad de perdedores del rock and roll que pueblan las cubetas de discos de coleccionista, los artículos retrospectivos de revistas especializadas o las conversaciones de "entendidos", al igual que tantos otros, como por ejemplo John Cale, Jonathan Richman o Robyn Hitchcock, por citar sólo algunos. La diferencia que guarda con el resto Murphy quizá se basa en que él jamás ha tenido la pretensión de ser otra cosa (bueno, quizá en sus inicios neoyorquinos sí que lo intentó, pero ¿quién no?), ha habitado la música con humildad, laboriosidad y honradez, sin intervenir en circos mediáticos ni enfundarse en ningún falso glamour o corriente de moda. Él siempre ha sido él, contra viento y marea. Haciendo sus constantes giras, sobre todo por donde más se le quiere, que es el continente europeo y regalándonos, poco a poco, una envidiable colección de canciones imponentes, que va creciendo cada vez que puede permitirse editar disco. Elliott nunca defrauda y siempre está ahí para ti si le buscas.

    Nacido en 1949 en New York, fue el típico chaval que se formó musicalmente en bandas de garaje que emulaban los sonidos de la british invasion, el surf, los grupos de chicas etc. En una de ellas, los Rascallions, llegó a ganar aquél conocido concurso de "La batalla de las bandas" en su ciudad natal. No abandona la música, pero decide viajar por Europa en busca de experiencias (llegó a participar en la película "Roma", de Fellini) y también se deja caer por San Francisco para aprender el oficio de cantautor, pero es en su ciudad natal donde pateándose el circuito de locales nocturnos neoyorquinos y tocando donde le dejaran en compañía de su hermano Matthew, el avispado A & R de turno se fijó en él como un posible "nuevo Dylan", apelativo que se usaría frecuentemente en aquella época, bajo el yugo de la insistente búsqueda de profetas musicales en la onda de el de Minesota, que dio como resultado fichajes tan provechosos para las discográficas como los de Springsteen o Jackson Browne.

    De este modo, comienza su andadura discográfica grabando "Aquashow" (1973), para la multinacional Polydor. Disco prometedor, por el que recibe buenas reseñas que le permiten pasar, gracias en parte a Lou Reed, a otra multinacional todavía mayor que pretende lanzarle con más ahínco: nada menos que RCA. Sus letras gozan de una indudable calidad literaria, aunque vienen de la calle, su música alberga tanto la urgencia del rock and roll como el lirismo del folk más elegante, pero ni "Lost Generation" (1975), ni el magistral "Night lights" (1976), en el que se rodea de un grupo de músicos que quita el hipo, como el futuro Talking Head Jerry Harrisson, su fiel bajista Ernie Brooks (con el que sigue tocando en la actualidad) o el mismísimo Billy Joel,  alcanzan ni de lejos las expectativas puestas en ellos para convertirle en la rutilante estrella que se espera que sea. Y eso que "Hollywood", "Diamonds by the yard" o "You never know what you're in for" son clásicos como puños.


    Aun así, se las apaña para que otra multinacional, esta vez Columbia, confíe en él y le permita grabar en Londres, con otra banda de impresión, que incluye al stone Mick Taylor y a Phil Collins, su obra más ambiciosa, y quizá la más impresionante (aunque de esas tiene unas cuantas): "Just a story from America" (1977), un disco exhuberante, de opulentos arreglos barrocos y magistralmente armado de cañonazos como "Rock ballad", "Drive all night" o "Anastasia". Lamentablemente, una vez más, ni encaja con el sonido comercial que triunfa en las emisoras ni con el incipiente punk. Como dijo a Ruta 66 en 1989: "la generación punk nunca me entendió. Para ellos era el producto de un período musical que detestaban. Curiosamente, cuando apareció mi primer disco alguien escribió que yo era el <<punk intelectual del rock and roll>>".

    Y en cierto modo, estaban en lo cierto. Esa manera de no encajar con nada ni con nadie, de manejar sus propios asuntos luchando por cada metro de avance y de decir las cosas sin callar nada, en cierto modo tiene algo de punk, si entendemos esto como acto no acomodaticio con lo establecido. Y así ha sido: Murphy ha caminado siempre a la suya. Por eso fue capaz de sobrevivir a la resaca de fenómeno de los pelos encrestados y entrar en los 80 con fuerza renovada, aunque sus aciertos son más contados. Frente a discos magníficos como "Broken girls and broken poets" (1984) o "Change will come" (1988), entrega medianías como "Murph the surf" (1982) o el sonrrojante "Milwakee" (1986), pero pasa la reválida de una década por la que muchos de sus coetáneos arrastraron mucho más los pies.

    Los noventa significan el gran paso hacia una Europa que siempre le ha visto con mejores ojos que América, a pesar de lo muy americanas que son las historias que suele contar y las influencias que despliega en su música, o quizás, por eso mismo. En todo caso, se muda a París y hace de ella su hogar. Se casa, tiene un hijo, escribe (tiene publicados relatos cortos, una novela e infinidad de artículos en revistas) y no deja de tocar ni de producir nueva música. Siguen llegando periódicamente, con discográficas aleatorias, nuevos trabajos que mantienen siempre buen nivel, si apartarse demasiado de una personalidad que le ofrece sobrada versatilidad como para no cambiar demasiado de registro sin perder credibilidad. Así, llegan obras mayúsculas como  el doble "12" (1990), "Beauregard" (1998), "Soul surfin'" (2002) o  el también doble "Strings from the storm" (2003), facturados, estos últimos, junto a su inseparable compañero y guitarrista Olivier Durand, pieza clave en su sonido.

    Y precisamente acompañado de Durand nos visitará el día 22 de enero. Será su enésima visita a la ciudad de Valencia, pero en un escenario que nunca había pisado con anterioridad: el del 16 Toneladas. Como gira constantemente, en esta ocasión parece que no viene a presentar nada nuevo. Lo más cercano a ello es su trabajo de 2012: "It takes a worried man", disco que le mostraba en plena forma y que contiene, cómo no, varios momentos dignos de pasar a formar parte de un cancionero tan nutrido como el de este gran músico, que además en directo es una auténtica fiera, sea en el formato que sea. Una ocasión más -parece que se va convirtiendo en costumbre- de ver a una vieja, pero aún vigente, leyenda del rock (que no "the last of the rock stars", como reza una de sus canciones) en nuestros escenarios. Y toda una gran noticia para los numerosos seguidores que tiene por aquí. Anoten el evento en negrita, pues.


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