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    domingo, febrero 15, 2015

    James Hunter Six. Loco Club. 12-2-15

    Inolvidable noche de soul y rhythm and blues repleta de oficio y corazón.

    Pese a lo que pueda parecer escuchando sus discos, que presentan tonalidades elegantes en la onda de Dee Clark, Bobby "Blue" Bland, Clyde McPather o Sam Cooke, las cosas en un concierto de James Hunter Six se tornan mucho más calientes, vibrantes y sudorosas. Encima del escenario se encuentra el de Colchester como lo que realmente es: un entusiasta de los sonidos negros de la américa profunda (aunque también deja sacar a pasear su herencia inglesa en la forma de frecuentes guiños rock steady) y de las formas de hacer del padrino James Brown o de animales de las tablas tan rotundos como Jackie Wilson o Rufus Thomas, guitarra en mano, eso sí. 


    Con puntualidad, cómo no, británica y a horario temprano (escasamente cumplidas las diez de la noche) salió el sexteto sin ceremonia alguna ante una sala con calor, pero no tan abarrotada como hubiera cabido esperar. Un Hunter con sonrisa sincera y maneras entusiastas supo comunicar esa querencia que siente por lo suyo desde el minuto uno a un público totalmente entregado al baile, que se lo agradeció. Tanto él como los expertos músicos que le acompañan (saxofonistas barítono y tenor, batería, contrabajista y un teclista bastante más joven que el resto) exhibieron esa sabiduría que sólo se obtiene habiendo pateado innumerables pubs y hasta tocado en la calle (como es el caso, antes de que la suerte quisiera darles un contrato de grabación por allá por 2006). Saben cómo hacerlo pasar bien, tienen la lección del show business perfectamente aprendida y encima la recitan con verdadero amor. 


    Como ya dije en mi artículo previo al concierto ( James Hunter:Soul is the answer) el neo-soul, tan en boga últimamente, no me merece gran respeto. Reconozco que gente como Aloe Blacc, Mayer Hawthorne o Eli "Paperboy" Reed (el de los últimos discos) son artistas de grandes cualidades, pero no puedo evitar ser un maldito ortodoxo en cuanto a la música de la América negra respecta, estas "puestas al día" de los sonidos de los 60 y 70 me parecen sacarina para el café. El soul, por lo menos para mí, es una música clásica que hay que tratar con respeto, sin envolverla en arreglos acordes con la moda ni estériles pirotecnias que nada en absoluto tienen que ver con una tradición de más de 50 años y que restan a la receta el elemento esencial: el corazón. Y no se trata de ser rancios o intransigentes, Amy Winehouse entendió perfectamente ese concepto y James Hunter, cuyo último disco "Minute by minute" ha sido precisamente producido por Gabriel Roth, responsable de la grabación de aquél "Back to black", que volvió a poner esta música ante los focos, sencillamente lo lleva dentro. 

    Se le nota en todos sus gestos. Hunter es un tipo con corazón, un verdadero talibán del soul que vive intensamente cada nota que extrae de sus cuerdas vocales o de su guitarra, esa que toca tan rematadamente bien. Sus manos van recorriendo vertiginosamente los trastes de su castigada Les Paul , tanto que no se le ven las manos. Uno es incapaz de comprender cómo es posible que alguien sea capaz de tocar tan a la velocidad de la luz y al mismo tiempo cantar de una forma tan carnal, con una voz realmente privilegiada que le acerca mucho, casi iguala, a pretéritos crooners de color tan incendiarios como Sam Cooke o Arthur Alexander. Y eso que no emplea las exhibiciones de forma gratuita. Tanto él como cualquiera de los miembros de la más que bien engrasada banda que subió al escenario del Loco Club esa noche podía haber pasado la mitad del concierto haciendo alardes de virtuosismo que nos hubieran dejado seguramente boquiabiertos a los presentes, pero en lugar de eso, supieron dosificarse y cuando llegaban el momento oportuno, amigos, la cosa saltaba literalmente por los aires. 

    Sí, la recuperación del rhythm and blues de finales de los 50 y primeros años 60 que los James Hunter Six llevan a cabo es totalmente fidedigna con sus originales, pero la carta de validez para que salgan airosos del envite se la otorga el hecho de que no necesitan en absoluto recurrir al cancionero clásico de todos aquellos artistas que acapararon las listas de éxitos de la época. Hunter es un compositor certero y eficaz que, si bien no crea obras maestras, sí que sabe firmar dianas que miran de frente y sin agachar la cabeza a los grandes hits de los 60.  Desde la inicial e inflamable "She's got a way", el largo set list que traían consigo los británicos no daba tregua, atacando palos diversos. Acercamientos al jazz, al blues, a la canción romántica o al southern soul más sudoroso. Canciones del ya citado último álbum, como la maravillosa "One way love", "Goldmine", "The gipsy", "Heartbreak" o la titular "Minute by minute", se codearon perfectamente con las de sus anteriores trabajos. Sonaron por supuesto "People gonna talk", la marchosa "Jaqueline", "No smoke without fire", la delicada "Carina", puntos álgidos como "Look out" (otra vez del último trabajo) y una electrizante "Believe me baby", que dio paso a un final (no sé si llamarlo bises, porque su paripé de retirada del escenario fue prácticamente simbólico, tenían prisa) apoteósico con "All through cryin'" y "Talking bout my love", con acrobacias guitarreras incluídas, que dejó a todo el mundo extasiado. Un repertorio que hubiera funcionado perfectamente en la voz de cualquiera de los grandes del género y una noche de música maravillosa salida directamente de las entrañas. Oficio y pasión a partes iguales. Sí, amigos, el soul es la respuesta, por supuesto que lo es. 













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