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    sábado, abril 18, 2015

    Christina Rosenvinge - La Rambleta. Valencia 17-04-15

    Christina Rosenvinge estrena su último trabajo, "Lo Nuestro", en Valencia, colocando un nuevo hito compositivo en una de las carreras más personales y completas de los últimos 20 años.

    Si hay algo a agradecer con los artistas de largo recorrido (el profesional y el nuestro, personal, como público) es que, más allá de diferencias musicales y evoluciones estilísticas en sus discos, sepan huir de encasillamientos y busquen la diferencia en el directo. 

    La sensación de haber visto lo mismo incontables veces no existe con Christina Rosenvinge; la búsqueda de la diferenciación, el dar a sus canciones un empaque diferente pero familiarmente magistral cada vez, la renovación de sonidos, la vuelta de tuerca perfecta en cada ocasión. Una búsqueda constante que hace que cada momento sobre un escenario sea un espectáculo único e imposible de comparar con el anterior. 

    Christina Rosenvinge presentaba en La Rambleta su recién estrenado trabajo, "Lo Nuestro", acompañada por Juan Diego Gosálvez a la batería, Emilio Saiz en la guitarra y David T. Ginzo en los teclados y el bajo; una banda que otorga a las composiciones un tono oscuro y distorsionado que les hace alcanzar nuevas e interesantes cotas. 

    Aunque en ocasiones la batería de Gosálvez (impresionante en todo momento), fagocitara la fragilidad aparente de Rosenvinge, el tono eléctrico y perturbador transmite en todo momento las atmósferas pintadas en las canciones, de las que termina por emerger la voz, triunfadora postrera (no podía ser de otro modo) en ese duelo de sonoridades. El juego entre los agudos y las simas oscuras de su voz, el grito que emerge más que nunca entre aparentes dulzuras, marcando distorsiones inacabables, demostrando, una vez más, por qué posee uno de los registros más personales de la actualidad. Transmitiendo suavidades cuando corresponde, rasgándolas con firmeza entre certera hiel e ironía, en un lugar solemne donde las palmas sobran y el tono festivo se atraganta. 

    Una noche intensa en la que el recinto se quedaba pequeño, no por espacio sino por clase merecida (un teatro, un auditorio, un recinto con condiciones acústicas a la altura), en la que la distancia adecuada es aquella que forma un excesivo respeto entre las primeras filas, que guardaban un tímido espacio. Un repaso incompleto a “Lo Nuestro”, comprensible a estas alturas de la gira de presentación, pero que dejó hueco a temas de trabajos anteriores como la muy celebrada “Las Horas”, vestida de negro y distorsión, o “Debut”, ambas con un largo y gozoso climax final (“y él”/”hiel”) que las coloca en un estrato sobresaliente. 

    Los temas tocados al piano cobran otra dimensión, es donde se puede apreciar más visiblemente su estatus como músico; el punzante aguijón de “Tok Tok” y los espléndidos juegos vocales, o “Eclipse”. Canciones de carretera y un pasado de retorno a casa como “A Liar to Love”, en la que emerge una Christina diferente. 

    “Lo Nuestro” se presenta con un rodaje que sería más esperable con unos cuantas noches más a las espaldas. “Alguien Tendrá la Culpa” sustituye los coros infantiles por las guitarras y “Romeo” emerge como nana, como cuento antes de dormir, con una batería que le otorga entidad como para sobresalir entre la decena de canciones. 

    La recta final rompe intensidades y muestra la cara más oscura. Electrónica nocturna y eclipsada (“Lo que te falta” llena de imágenes el pensamiento, cual guión cinematográfico). “La Muy Puta” desemboca en un rabioso baile sobre el extremo del escenario. Pero es sin duda “La Tejedora” donde explotan todas las esencias y las energías presentes sobre el escenario. El grito liberador, el grito femenino y ancestral, precedido del susurro, la madre, la que teje los hilos, la que aparece entre rojas luces y conduce al culmen de todo. Podría haber sido el final perfecto, pero aún habría tiempo para dulcificar el ambiente con “Canción del Eco”, uno de esos temas que le acompañarán siempre haga lo que haga en un futuro. El mito, de nuevo, para alejar el grito y la distorsión. Un viaje entre luz y oscuridad que acaba entre suaves rasgueos de guitarra y una dulzura que, ahora sí, es real. 




    FOTOGRAFÍAS DE CHRISTINA ROSENVINGE
























     

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