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    domingo, junio 21, 2015

    Ángel Stanich - Jardí Botànic de la Universitat de València. 19-06-15

    Tercera entrega del ciclo de conciertos Sons Al Botànic,  esta vez de la mano de un Ángel Stanich que recorrió victorioso y en soledad los polvorientos senderos que forman su "Camino Ácido".

    Fotografías y texto: Susana Godoy
     
     
    Esperar siempre es una tarea algo menos dura si el entorno acompaña, porque a estas alturas, tristemente acostumbrados a la impuntualidad de muchos conciertos en nuestra ciudad, hay que sacar algo positivo de un bucle de responsabilidades que nunca acaba de estar del todo claro. Esperar, sí, se hace algo más agradable si quien se sube a un escenario asume la culpa relativa y comienza a soltar andanadas en forma de canciones que retumban entre los árboles como ráfagas de fogueo. Ángel Stanich se subía al escenario de la Plaza de los Magnolios del Jardí Botànic de la Universitat de València como el pistolero que es, como el solitario que esconde la mirada bajo una melena que le sirve para ocultar sus intenciones hasta que todo estalla. 

    Ni la calma ni la paz que transmite la noche en plena naturaleza tuvieron hueco una vez que Stanich calentó el escenario y al público de las primeras filas. “Amanecer Caníbal” abría la veda, con esa tranquilidad aparente de algunos comienzos (y un corto y desnudo guiño al archiconocido “Love Will Tear Us Apart” de Joy Division) y a partir de ahí las revoluciones no hicieron más que aumentar exponencialmente. 

    Con un imaginario heredado de la tradición sureña, directamente llegado de las aguas rojizas del Mississippi, Stanich se convierte en cantautor castizo imbuido por la americana y mezcla ambas sonoridades y temáticas tan distantes en principio. Su figura, acompañada únicamente de una guitarra y de la percusión que calzan los tacones de sus botas, se erige en mesías de metáforas polvorientas y canallesca de esquina, aproximando todo ese universo tan lejano geográficamente a algo que podemos encontrar tras la puerta de cualquier bar de mala muerte. 

    “Mojo”, “La Noche del Coyote” o "El Cruce" recopilan las atmósferas de rincones desiertos y referencias a otros músicos y otras tierras, aunque también sabe dejar hueco para la melancolía sentimental con “Miss Trueno'89”

    Gritos tribales que llegan a su culmen con la coreada “Camino Ácido”, ocurrencias lisérgicas entre canción y canción (Omnipresente en los últimos tiempos el maldito “caloret”, que parece que nos va a perseguir durante años) y dedicatorias ácidas como la de “Carbura” a aquellos que se dedican a la “sacrificada” tarea de registrar todo lo que pasa en un concierto con su móvil...

    El personaje sobre las tablas tiene para todos, incluso para los momentos más cercanos en los que pregunta, no sin cierta picaresca, si preferimos un momento íntimo o ir al grano. Nadie tiene clara la elección ni lo que implica a esas horas de la noche, pero Stanich acaba saliendo del envite con “Río Lobos”, tema que parece ser que interpreta por primera vez en directo. 

    Una bajada consciente de revoluciones junto a “El Outsider” y ese mesiánico y lleno de mala hostia “Jesús Levitante”, necesaria para acometer la parte final, con el público en éxtasis poco menos que fervoroso y entregado. 

    El desenlace no podía ser otro: “Metralleta Joe” retrata al pistolero, al fuera de la ley, y acaba con las balas de un cargador que ha servido para acertar repetidas veces en el blanco. La esencia de lo mínimo, del músico que llena por sí solo el escenario y prende la mecha de un cancionero repleto de referencias musicales y cinematográficas, que se ha atrevido a ir un paso más allá que otros compañeros de fatigas y caminos.



    FOTOGRAFÍAS DE ÁNGEL STANICH

































     


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