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    lunes, septiembre 07, 2015

    Del Pop y otras obsesiones: MODFATHER

    Su impresionante nuevo disco, "Saturn's pattern" y el inminente estreno de "About the young idea", documental sobre The Jam, son excusa más que suficiente para desgranar la carrera de Mr. Modfather: Paul Weller. 


    Yo tenía catorce años. Era pascua y mi primo, al que no veía desde verano, estaba más que entusiasmado con el rollo ese de los mods, que eran básicamente los archienemigos de los rockers (a los que yo sí tenía el gusto de conocer) y para empeorar todavía más las cosas mi primo compartía gusto con algunos chavales más de la urbanización, osea que yo venía a ser el esquirol de turno. Lo que pasa en estos casos: si no te mola lo que a todos tú no molas. Ya no eres de la panda. Condenado al ostracismo. Así que me dejaron unas cintas de cassette para que me fuera familiarizando con la música que "debía escuchar" para molar. Generalmente, siempre he optado por tirar por la dirección justamente contraria al gusto general a mi alrededor, y más cuando me lo imponen, pero en esta ocasión algo me hizo detenerme en seco: una portada de cassette. En ella aparecían tres tipos, algo mayores que yo, apoyados en una pared de azulejo. Más cool no podían ir vestidos: trajes negros con camisa blanca y corbatín, peinados cortos y ligeramente en punta, caras de pasar de todo. En la pared de azulejo blanco (parecía ser un metro o un baño) había un nombre escrito a spray: "the jam" y debajo, ya en letra impresa, el título "In the city". Todo ello olía a urbano, marrullero, peligroso y por tanto, excitante...

    No lo pensé dos veces: aquel radio cassette de doble pletina recientemente estrenado debía escupir de inmediato el contenido de esa cinta y cuando lo hizo, amigos, el escupitajo me dio en toda la cara. Yo entonces no entendía de géneros y no lo sabía, pero en aquellos treinta y pocos minutos de música que contenía el primer disco de los Jam había pop, punk-rock, rhythm and blues y mucho southern soul o motown, músicas y mezclas de ellas que me han acompañado toda mi vida y que configuran más o menos lo que podríamos llamar mi "credo musical", por no hablar de un manual de estilo, el modernista, que siempre me ha guiado al configurar mi imagen. Ese día, por tanto, nací otra vez. Y ya nunca volví a ser el mismo. 

    El artífice de aquellas canciones que hacían bailar pogo a mi alma era un jovenzuelo (en la época en que se hizo el disco, está claro, cuando yo lo escuché era algo mayor) de Woking, ciudad obrera del condado de Surrey, situada a unos cuarenta kilómetros de Londres. Se trataba de John William Weller, más conocido por el nombre de Paul, hijo de un obrero de la construcción y de una ama de casa que pese a no poder darle una gran educación (abandona el colegio a los 16 años para hacer algo parecido a trabajar) siempre apoyan a su hijo en su afición por la música pop. Incluso hacen el esfuerzo de comprarle una guitarra a la tierna edad de 12 años, con la que el retoño da rienda suelta a su fanatismo por George Harrisson aprendiéndose todas las canciones de sus idolatrados Beatles y formando su primera banda todavía en el instituto. Esa banda recibió el nombre de The Jam -no sólo por la mermelada sino también por la idea de las jam-sessions propias del jazz- e inicialmente cuenta sólo con dos miembros: Paul y su mejor amigo, Steve Brookes. 


    Su primera actuación tiene lugar en 1972, año en el que Paul sólo cuenta con 14 años. Al poco tiempo se adhieren a la banda el bajista David Waller y el batería Rick Buckler, con los que empiezan a actuar en serio en el circuito de garitos de su localidad y localidades vecinas, haciéndose cargo al poco tiempo de las labores de management el mismo John Weller, padre de nuestro protagonista, que es tan inteligente como para saber ver en su chaval dotes suficientes para ser una mina de oro. Se suceden por tanto los bolos y también los cambios: Waller y Brookes abandonan el barco y entra como bajista Bruce Foxton, completando así el trío maravillas. 



    De forma paralela a todo ello, Weller descubre también a través de viejas revistas y fancines todo lo que envuelve al movimiento mod: la idea, el estilo, la ropa, la música, el arte. Fascinado por todo ello, lo convierte en un credo que delimitaría toda su vida a partir de entonces, aunque al contrario que la mayoría de los militantes de dicho movimiento, sabe imponer su propia personalidad a toda la parafernalia revival y darle un toque personal, sin desatender lo que ocurre a su alrededor: en 1976 él y sus amigos asisten en el 100 Club londinense a una actuación de Sex Pistols, que les vuelan la cabeza. Esto tendría como efecto el sonido del que hablaba antes: una mezcla de influencias mod (soul, rhythm and blues, pop) ejecutadas con toda la energía que supieron absorber del naciente punk inglés. 



    Lo interesante de su propuesta musical e imagen, unido a unas canciones, firmadas en su práctica totalidad por Paul, que dan frecuentemente en la diana, hace que inmediatamente discográficas ávidas de nuevos talentos acordes con el signo de los tiempos se interesen por ellos. La afortunada es Polydor, que les financia ese primer trabajo que como contaba antes calló en mis manos a la tierna edad de 14 años. Nuestro héroe contaba poco más que diecisiete cuando apareció. 


    "In the city" (1977) es un bombazo de furia urbana desatada materializado en forma de 12 canciones tan urgentes y arrogantes como los críos que las tocan. Uno de los discos seminales del movimiento punk inglés y posiblemente anticipo de todo lo que vendría después (la new wave), que recibe entusiastas críticas y buenas ventas, pero que sus autores no consiguen igualar ni de lejos con un segundo largo -"This is the modern world" (1977)- compuesto y grabado con demasiadas prisas, lo que les supuso una caída en picado en su camino a la fama. Sin embargo, lejos de desanimarse ni, por supuesto, tirar la toalla, consiguen andar sobre seguro y dar un golpe maestro con su tercer disco "All mod cons" (1978), inspiradísima obra que les separa del encasillamiento punk y les catapulta a la popularidad más alta con singles como "Down in the tube station at midnight", siendo considerado hoy día como uno de los mejores álbumes de pop británico de todos los tiempos. 


    El ascenso no cesa ni de lejos: los éxitos llegan en forma de singles soberbios ("Eton riffles", "Going underground"), discos algo más complejos -"Setting sons" (1979), "Sound affects" (1980)- pero igualmente sobresalientes, unos directos atómicos y una legión de fieles y furibundos seguidores, que les adoran poco menos que como a dioses. Todo ello contribuye a que acaben siendo la banda número uno de un país líder en cuanto a producción musical se refiere. Su popularidad en Gran Bretaña en un momento dado fue comparable a la de los mismísimos Beatles en su día y pese a todo ello, Paul se cansó.




    Sí, aquél joven de 23 años está exhausto de las obligaciones que tanta popularidad conlleva. De ser poco menos que el líder y voz indiscutible de una generación y de hallarse encasillado en un sonido que no le permite avanzar hacia horizontes musicales que en esos momentos despiertan más su interés. Así pues, tras la edición en 1982 de "The gift", canto del cisne en formato lp de la banda, anuncia a sus compañeros su decisión de dar por terminada su contribución a la banda (lo cual significa, claro, la disolución). En una de las despedidas mejor planeadas y más honestas que se recuerdan, no se van con las manos vacías: regalan a su público un nuevo single doble,"Beat surrender", bombazo northern soul que por supuesto llega al número uno de las listas, y se embarcan en una gira de despedida. Paul lo explica todo, con su habitual humildad y honestidad, con un comunicado a sus fans: "...hemos realizado todo lo que podemos como grupo. Me refiero a aspectos tanto musicales como comerciales. Quiero que todo lo que hemos hecho sirva de algo, y sobre todo odiaría que terminásemos viejos y con tensiones como tantos otros grupos. Quiero que terminemos con dignidad. Creo que ahora es el momento. Cuanto más tiempo continúa un grupo, más difícil resulta dejarlo, y por eso muchos grupos siguen hasta que llegan a no tener ningún significado. Nunca quise que The Jam llegase a esa situación...".



    Tras toda la amargura que le ha propiciado la disolución de su banda, a Weller lo que le apetece es volar libre y experimentar musicalmente todo lo que pueda, lo cual consigue a través de su alianza con Mick Talbot (ex-Merton Parkas), junto al que da forma a The Style Council, banda que como su propio nombre indica, pone por delante de todo la elegancia y el estilo tanto en lo estrictamente musical como en todo lo demás. Un proyecto que en sus inicios es tan interesante o más que todo lo logrado con Jam: discos como "Introducing the Style Council" (1983), "Café Bleu" (1984) o "Our favourite shop" (1985) son manuales de perfecto pop empapado en soul que saben traer a su tiempo debidamente maneras del pasado para convertirlas en algo totalmente moderno, lo que les convierte en referentes no sólo a nivel de hype, que también, sino ideológico, puesto que exhiben una militancia de izquierdas más que activa, luchando fervientemente contra el árido tatcherismo que asolaba Inglaterra en aquellos días. 

    La lástima es que Weller no supo terminar las cosas tan bien como con su otra banda: tras editar dos discretos álbumes -"The cost of loving" (1987) y "Confessions of a pop group" (1988)-, y que Polydor cancele la edición de un tercero, más centrado en la electrónica, que lleva por título "Modernism: a new decade", pierde el interés en el proyecto y lo abandona, lo cual le sume en una etapa de sequía creativa en la que se dedica a ser padre y a la vida familiar, olvidando casi, en sus propias palabras, cómo se toca una guitarra. 

    Sin embargo, a finales de 1990, sale de gira por primera vez en bastantes años. En los conciertos de The Paul Weller Movement comienza a vislumbrarse un acercamiento del rey del pop y soul inglés a sonidos más rock, con aristas parecidas a las del hard setentero. Ese sonido será el que comience también a vislumbrarse en su soberbio primer disco en solitario, titulado simplemente "Paul Weller" (1992), que le catapulta a un nada desdeñable puesto 8º en las lístas de éxitos inglesa, lo que le sitúa de nuevo en el foco de la actualidad.


    Por supuesto, en vista de que este es el camino a seguir, sus discos comienzan a hacerse más psicodélicos, pesados y basados en el hard rock y el folk de los sesenta y setentas, todo ello endulzado por supuesto con sabrosas dosis de pop y soul marca de la casa, que ayudan a configurar dianas como "Sunflower" o "Out of the Sinking" y discos mayúsculos como "Wild Wood" (1993) o "Stanley Road" (1995), con los que alcanza índices de popularidad parecidos a los que consiguió con su primer grupo. Paul es ya un clásico, sacrosanto en todo el Reino Unido y también para todos los seguidores.

    Lejos de caer en dique seco, los discos y los éxitos (siempre en su país y en otros estados europeos, América siempre se le ha resistido) continúan sucediéndose, si bien la creatividad flojea algo, notándose cierto hábito acomodaticio y repetitivo en "Heavy Soul" (1997), que no por ello deja de llegar al número 2 en UK. Ni el más acústico "Heliocentric" (2000), ni el algo más pop "Illumination" (2002), ni tampoco las correctas versiones de "Studio 150", impiden que uno tenga la sensación de estar escuchando siempre el mismo disco, ni de que su autor anda algo desorientado creativamente hablando.

    El golpe de timón ocurre con "As is now" (2005), disco que le rejuvenece y reconcilia con el sonido de los antiguos álbumes new wave de los Jam. Las guitarras vibrantes y las canciones urgentes vuelven a brotar y aquí se inicia una nueva etapa en la vida de Weller, tanto en lo musical como en lo personal (se casa de nuevo, deja de beber...). Y eso que el ánimo rockista de este disco no es nada comparado con el ascenso a la investigación experimental que se inicia con "22 dreams" (2008), disco doble en duración que le aproxima al folk tradicional inglés, a la psicodelia, al kraut rock, las vanguardias y la electrónica y que es un auténtico ejercicio de valentía creativa por parte de alguien que perfectamente podría seguir viviendo de rentas, pero que se niega a envejecer acomodado y se encuentra en perpetua búsqueda. El riesgo se ve recompensado con un flamante número uno en listas, lo que le anima a continuar en esa dirección con el más politizado "Wake up the nation" (2010) y el más arriesgado de todos en cuanto a sonido, "Sonik Kicks" (2012), disco tan complejo en arreglos como acertado en resultados y que completa su particular trilogía de pop psicodélico y vanguardista. 

    Sin embargo, Weller seguía necesitando un disco redondo, incontestable, que fuera digno del autor de "Sound affects". Y eso en mi opinión ha llegado este año con "Saturn's pattern" (2015), magnífica obra a la altura de sus mejores episodios en el pasado, que tomando como guía todo el aprendizaje realizado con sus tres anteriores trabajos, sabe condensar creatividad y acierto pop en una elaborada pieza de arte que no duda en jugar más que nunca (en su carrera en solitario, se entiende) con el soul y el rhythm and blues, para mezclar esos sonidos con el consabido pop y sobre todo, grandes chorros de psicodelia, que aquí sabe dosificar lo suficiente como para que no resulten nada indigestos y se tornen en firmes aliados de las canciones, que es lo que realmente importa. Una magnífica noticia, que definitivamente le reconcilia con sus más escépticos seguidores. Pocos en la historia de la música moderna han sido capaces de mantener un nivel tan alto de honestidad, coherencia y riesgo sin perder un ápice de popularidad. Bravo por él.

    A todo esto se une la gran noticia del inminente estreno del documental "About the young idea", que parece ser va a ser un repaso serio de la trayectoria de The Jam, una de las bandas más importantes surgidas jamás en Inglaterra, de la que constituyen claro estandarte y definitivamente, la aventura por la que nuestro protagonista será siempre más recordado. Esperemos que realmente haga justicia a su gran legado y que su visionado suministre gozo a los que, como yo, hemos crecido, aprendido y vivido abrazados a la joven idea de la cultura pop. Hay cosas en la vida de las que nunca se cansa uno y para mí la música de Weller es una de ellas. 


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