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    sábado, octubre 17, 2015

    Maria Rodés. Parque Botánico de Valencia, 16 – 10 – 2015


    Maria Rodés. Parque Botánico de Valencia, 16 – 10 – 2015

    Maria Rodés es el no va más de la posmodernidad. Empezar así una crítica podría implicar algo positivo y algo negativo, un titular impactante seguido de un sinfín de boutades dirigidas a llamar la atención y que realmente no significan nada.

    No diré ni una cosa ni otra, aunque el balance fue bastante positivo. Me explico: Rodés reconstruye la copla, cual meccano retro desde la posición actual y contemplativa del pop indie de ramalazos experimentales. La copla, el género del dolor por excelencia, el paradigma del (y, sobre todo, de la) que ha tenido la vida más chunga posible, la que su familia le dio y la que él (sobre todo él), su pareja, ha hecho todo lo posible por joder y humillar todavía más. Pero también el refugio del se acabó, del estoy hasta el moño, por no decir más abajo, del me cago tu puta madre, que en paz descanse, que por desgracia, y para mi placer, te trajo a este mundo.

    Claro, poco hay en la dulce forma de cantar, moverse y bromear de Rodés de esa especie de magisterio del malestar, ése que sí podía tener, por ejemplo, Lola Flores. Y eso Maria lo sabe a la perfección, y, evitando la comparación en todo momento, y mucho menos la asimilación, se precipita entre mil requiebros dancescos, ya que no dantescos, y nos ofrece nuevas viejas piezas, vigentes en el alma y no tan vigentes (con excepciones, para desgracia de los, y, volvemos, sobre todo las infortunadas) en el “estado del bienestar”, ése que todo lo niega, que no aprende del pasado y la vuelve a pifiar en el futuro, revisitadas desde el onirismo (élfico, lo llegó a llamar Rodés durante el concierto), de aquel que tiene el tópico sueño de volar, haciéndolo desde un ejercicio más intelectual y logradamente elaborado de lo que puede parecer a simple vista.

    Las nubes de tormenta que parecían cerrar el cielo sobre el escenario descubierto situado en el centro del Botánico contribuían como nadie al llorar de los coros de ángeles que tan bien han penetrado en la voz de Maria Rodés. Sin alcanzar la pobreza emocional, pero desde una riqueza sentimental a prueba de balas (incluso a pesar de ello), acompañada de un destacable Guillermo Martorell, el final del concierto, encadenando seguidas “Tengo miedo” y “Pena penita pena”, a base de palmas y acompañamiento del concurrido público, fue la metáfora perfecta del resto del concierto: el choque de trenes de dos vitalidades y tránsitos profundamente distintos, el que separa la serenidad del fue con la irascibilidad del es, dándonos como resultado una hermosa cópula de buena música.

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     Maria Rodés - Desorden
     
    Maria Rodés - Con las manos vacías



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