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    martes, enero 19, 2016

    The Rubinoos - Matinal en el Loco Club (Valencia) 16-01-16

    El doblete en Valencia de la legendaria banda californiana de power-pop se cerró con un concierto matinal para todas las edades. 


    Espero que a nadie le sorprenda demasiado si digo que el rock and roll, tal como lo conocíamos, es ya cosa de cuarentones (como mínimo). Raro es ver a chavales en conciertos de grandes leyendas del pop y del rock. Les van más los festivales o el rollo underground (o lo que les venden como tal). Las actuaciones en nuestra ciudad de bandas que lo petaron en los setentas, ochentas o noventas se ven, sea cual sea la altura del evento en cuestión, pobladas exclusivamente por gente de mediana edad, que claro, tiene demasiadas obligaciones como para llenar con su asistencia los locales que las albergan, salvo excepciones, que por supuesto siempre las hay.

    Ahí está el quid de la cuestión de la existencia, cada vez más profusa, de conciertos en horario matutino o vermú, a los que la afición puede acudir arrastrando churumbeles abrazados a la pierna. Y no sólo es que proliferen, es que la cola para entrar da la vuelta a la esquina en la mayoría de casos. Muchas de esas matinales se nutren de bandas tributo que ofrecen algo simple, reconocible y divertido tanto para grandes como para pequeños, pero en ocasiones hay garitos, como el Loco, que arriesgan con algunas bandas locales, que se atreven a actuar para el público más difícil, que son los niños, o incluso alguna que otra banda de fuera.

    Y no se me ocurre mejor banda de fuera para este cometido que los verdaderos reyes del pop y del buen rollo: The Rubinoos. Una  banda que desde su despegue ha tenido siempre en su mano la llave mágica de la melodía inmediata y las armonías vocales infinitas. Con una maestría que camina siempre pareja a la pasión por lo que hacen, sus shows son siempre fiestas superlativas, que perfectamente pueden ser disfrutadas por todos los públicos. Me parece grandioso poder disfrutar de algo así con mi hija y allí que me la llevé, igual que hace año y medio, la primera vez que The Rubinoos hicieron algo parecido por aquí (de hecho, aquél fue el primer concierto de su vida).

    Los niños, como antes decía, son sin duda el público más exigente que existe. Su pérdida de atención, acompañada del correspondiente destarifo posterior, es tan rápida que el ojo no puede ni advertirla. Mantenerlos atentos es ardua tarea en la que sólo pueden triunfar los especialmente dotados para ello.


    Un grupazo californiano que lleva la friolera de cuarenta y cinco años en activo, prácticamente con sus miembros originales, es evidentemente capaz de enfrentarse a cualquier situación en el escenario, por dura que sea. Pero es que Tommy Dunbar, Jon Rubin, Donn Spindt y el poderoso Al Chan, forman entre todos algo mucho más monumental que una simple banda veterana. Son una unidad irrompible, un prodigio de musicalidad, de entusiasmo. Una jukebox impenitente que escupe rock and roll de todas las épocas sin que suene forzado, premeditado ni pasado de rosca. Lo que hacen lo llevan haciendo juntos tanto tiempo simple y llanamente porque obtienen un disfrute superlativo con ello. Son amigos que se llevan juntando para tocar un porrón de años ¿Que mejor lección o valor se puede ofrecer a un niño? Que se jodan los cantacuentos!

    Desde su formación en 1970, los californianos sólo han conocido algo parecido al éxito con la inclusión de una de sus canciones en la banda sonora de "Revenge of the nerds", película ochentera de serie Z y temática high school, que por alguna extraña razón fue un éxito de taquilla. Previamente, habían facturado dos alucinantes álbumes - "The Rubinoos" (1977) y "Back to the drawing board" (1979) - de pop almibarado pero reforzado a base de guitarras vibrantes, que construyeron gran parte del acta fundacional de ese sub-género llamado power pop, Con el paso de los años, gran parte de los aficionados al pop hemos aprendido a reivindicar su obra como lo que es: un totémico tratado de estribillos inabarcables y de soleadas melodías, como pocos han habido en la historia. Ni en su época dorada ni en su retorno con la formación original a principios de este siglo, han facturado un disco malo (sobre-producidos, sí) y, como si los años no pasaran por ellos, siguen reafirmándose como una banda de poderoso directo con una actitud tan perfecta como la habilidad de sus miembros en escena.

    En esta ocasión, la banda liderada por Jon Rubin decidió hacer doblete en Valencia: por la noche, presentarían para un público "senior" las canciones de su más reciente disco, "45" (2014) así como la novedad de una reedición en precioso triple lp de sus tres primeros trabajos. Eso me lo tuve que perder, pero al medio día del sábado los de Berkeley ofrecían un segundo pase especial para público "junior" y para papás, claro, porque su música tan vitalista y tan refrescante sirve por igual a unos y otros.

    Eso quedó constatado desde el minuto uno de su actuación, con una versión del "Rockin' in the jungle" de los Eternals, con palmas, armonías doo-wop, gritos de Tarzán y un montón de diversión que todos los enanos celebraron, igual que todo lo que quedaba por venir, que no fue sino un buen montón de hits irresistibles, tanto propios como ajenos: "two guitars, bass and drums", "Hey Rita", los evidentes clásicos "Falling in love" y, por supuesto, "I wanna be your boyfriend", un "No matter what" de Badfinger que pude disfrutar de lo lindo con mi hija subida a mis hombros berreando al son de la música, su fantástica lectura del "The good, the bad and the ugly" de Morricone (menuda maestría desplegaron ahí), el ya famoso "Peek-a-boo", canción novelty de los Cadillacs que siempre bordan, como también bordan sus lecturas de clásicos bubblegum como "I think we're alone now", de Tommy James and The Shondells o "Sugar, sugar" de los Archies, que mantuvieron absolutamente a toda la chiquillería loca de atar, saltando y bailando como posesos, igual que sus papás, que entre cerveza y cerveza sonreíamos parte por el respiro que proporciona tenerlos tan entretenidos y parte por la satisfacción de proporcionar a nuestros retoños una experiencia que (queremos creer que) nunca olvidarán.

    Simpatía a raudales, una actuación de las que no se ven dos en cinco años y una sonrisa de oreja a oreja en las caras de todos los asistentes sin excepción. Me parece muy bien que la gente lleve a sus hijos a actividades más convencionales, pero desde luego agradezco profundamente estas iniciativas que me permiten mostrarle a mi hija a su más tierna edad una experiencia que yo no pude vivir hasta bien mayor. Eso es estimulación y lo demás, paparruchas. Un aplauso para la organización, para los músicos y para la chavalada, que se portó fenomenal. Y ya que estamos todos de tan buen rollo: ¿Porqué no una matinal con Mr. Jonathan Richman? Piénsenlo, ahí lo dejo...









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