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    viernes, febrero 12, 2016

    Fiesta Criminal: Rafael Berrio + La Gran Esperanza Blanca. Sala Wah Wah (Valencia). 06-02-2016

    Un señor muy cabreado toma la guitarra y da una lección de rock and roll sucio y descarnado a unos cuantos afortunados.



    El tesón, las ganas de hacer cosas, el entusiasmo, el esfuerzo sin recompensa (la mayoría de veces), el sinsabor por dar margaritas a los cerdos, la alegría por descubrir cosas nuevas, la satisfacción de apoyar la escena, la valentía, el amor... Todas esas cualidades y sensaciones describen a la perfección a los protagonistas de esta noche que recordamos hoy en estas líneas. Y esos protagonistas no son los músicos (que también), sino las personas desinteresadas que aunando esfuerzos, consiguieron el triunfo de traer al gran Rafa Berrio, autor de uno de los discos del año pasado -"Paradoja" (Warner, 2015)- y colocarlo en un doble cartel con una de las bandas decanas del rock valenciano, La Gran Esperanza Blanca. Y no sólo eso, lograr el cada vez más difícil triunfo de colgar el cartel de "sold out".

    Estoy hablando de gente tan importante para lo que sucede en esta ciudad como María Carbonell, responsable de Pita Sound, promotora que arriesga en sus proyectos y se preocupa por dar a conocer la música local más subterránea; Lutxo y Vicente, responsables del Barrejat, programa de Radio Klara que apuesta también por dar espacio y difusión a todo lo que sucede musicalmente hablando en la ciudad del Túria; y "last but not least", como dicen allá, Javier "Gafotas" Pérez, comandante de la nave del Club de Amigos del Crimen, viajero incansable de las ondas y personaje esencial de la escena de Valencia, sin el cual quedarían sin voz múltiples proyectos que no cuentan con el apoyo de medios comerciales. Un entusiasta titán que jamás cesa en su empeño de apoyar toda quimera musical que se cruce en su -ya largo- camino.

    Gente buena, gente comprometida y gente necesaria, sin la cual no habríamos vivido una noche tan especial como la del sábado. Esta misma tarde escuché a alguien en un programa de Radio 3 decir que el rock and roll ahora mismo es poco más que la factoría Disney y música con guitarras eléctricas para fondo de anuncios. Drásticas afirmaciones con las que no puedo mostrarme totalmente de acuerdo ni en desacuerdo, pero sí que diré que aún quedan excepciones, paradojas, viajes a contracorriente, que sin que necesariamente confirmen o no esa regla que nos quieren hacer tragar, sirven para recordarnos de qué iba esto. De crudeza, de sensibilidad descarnada, de suciedad, de bajar a la cloaca a dar un paseo, volver y escupir detritus en forma de versos.

    Rafael Berrio es esa excepción, esa rara paradoja que ha surgido en un rock español que ya ha olvidado lo que es la vida al filo y descansa plácidamente en una zona de confort en la que todo es limpio, asequible, inofensivo y aséptico. Un tío tan cabreado consigo mismo como con el mundo de mierda que le rodea que escupe las verdades que le arranca una existencia ya pasada de vueltas que va llegando a su inevitable crepúsculo. Rafael Berrio morirá, como todos, pero morirá matando.

    Personaje peculiar donde los haya, lleva años predicando en el desierto al frente de diversas formaciones y ahora, desde hace tres discos, en solitario. Secreto celosamente guardado mucho tiempo por algunos fieles, ha sido ahora, este pasado año, cuando todos los esfuerzos pasados se han visto recompensados en cierto modo, con el reconocimiento casi unánime de la prensa nacional hacia su último trabajo: ese "Paradoja"con el que se desnuda y se describe sin tapujos, como el animal que ha sido. Declarado disco del año en varios medios (las listas, siempre las listas), ha generado expectación y ganas de tenerle entre nosotros. La del sábado era la noche que esperábamos, pues.

    Un doble cartel, en mi opinión, debe ser coherente con los gustos del público al que se quiere captar. La sensatez y el trabajo de los organizadores de este concierto es motivo de aplauso, una vez más, por poner juntos a veteranos como Berrio y La Gran Esperanza Blanca liderada por Cisco Fran. Juntos aglutinaron un público variado, curioso y atento que -albricias- abarrotó un local como el Deluxe, que no por ser de limitado tamaño es menos difícil de llenar. La noche estaba llena de eventos y había que competir con todos ellos. A esto se le llama generar interés y ganar la partida.

    Cisco Fran, además de contarse entre los mayores dylanitas de este país, es uno de los personajes más entrañables del rock valenciano. Su banda lleva unida desde 1988 y, con diversos saltos en el tiempo, ha conseguido sobrevivir a modas, escenas, explosiones naranjas y postureos, para llegar a nuestros días defendiendo exactamente los mismos planteamientos que observaron en sus orígenes y parir discos tan bien hechos como "Tren fantasma", todo un tratado de folk-rock atiborrado de historias de perdedores, recuerdos etílicos y amores pretéritos que presentó en formato trío totalmente acústico, junto a sus fieles Spagnollo Ferocce a la guitarra solista y Chiti Chítez, al bajo. Defendieron con oficio y ahínco esas canciones del último trabajo ("Tu risa", "Los años de felicidad", la enérgica "el chico del tren" o la titular, "Tren fantasma") junto con algunos clásicos como la bonita "Lento", la cual, reconoció en su actuación Berrio, le hubiera gustado escribir a él. Todo sucedió en tono alto, todo lo fuerte que permitió el formato y con la simpatía habitual de un tipo tan cordial como Cisco, que sacó a relucir el lado autobiográfico de bastantes de estas canciones, habitadas a partes iguales por la ternura y por la más sincera energía.


    Bastante más crudo resultó, quizá por el contraste del carácter norteño frente al mediterráneo, el visitante Berrio, que rodeado del magistral Joseba B. Lenoir a la guitarra y del no menos diestro Fernando Lutos Neira, al bajo y xilófono, hacía destacar su pequeña figura con su atuendo completamente negro, presidido por su chaqueta de cuero, gafas de sol y pelo desaliñado, que corona un rostro tan impenetrable como desafiante. Copa de vino en ristre, desde el principio de su actuación hizo gala de una actitud tan cortante como las palabras que llenan un cancionero más poético de lo que cabría esperar en el rock and roll, que sabe convertir la literatura en fiel compañera de la guitarra eléctrica, pues en sus obras hay tanto de Unamuno como de The Velvet Underground.

    Bien equilibrado el formato trío, con un Berrio ataviado con una curiosa guitarra eléctrica de cuerpo pequeño y una compañía instrumental que elevaba la brillantez de unas composiciones de por sí mayúsculas, comenzó el concierto desgranando victorias pasadas, anteriores a "Paradoja". Así sonaron la inicial "Como Cortés", "Oh, verdad desnuda" o esa "Santos, mártires, yonkis", tan descarnadamente urbana como puedan ser las composiciones del mejor Lou Reed o Elliott Murphy. Canciones que giraban la vista atrás hacia discos como "Diarios" o "1971". Su última referencia no aparecería hasta bien entrado el concierto en harina. "Niente mi piace", "Yo ya me entiendo", "Inanimados" o "El mundo pende de un hilo" llegaron, escupidas con actitud chulesca, desafiante, con peligro, con alcohol de por medio, como debe tocarse el rock and roll.


    Caldeado el asunto ya a base de bien, no quedaba sino rematar la faena, o más bien rematar a un público rendido y boquiabierto: la grandiosa "Mis ayeres muertos", el más reconocido de los temas de su último álbum, hizo las delicias del respetable con una interpretación especialmente vibrante, que se vio reforzada por recuerdos al grupo Deriva ("Bronca") o esa obra maestra absoluta que es "La alegría de vivir", canción de apertura de esa particular visión de la chanson que fue "Diarios" y que sirvió para poner la guinda a una actuación tan soberbia como no exenta de momentos tensos, como cuando Rafa se encabronó por que no funcionaba el monitor o amenazó al público con que si publicaban fotos en facebook ("Estoy hasta los huevos del puto facebook ese") o vídeos en youtube, todos los abogados de su compañía de discos (Warner) irían a por ellos. No sé cuánto de comedia, de alcohol o de enfado real tendrían esos exabruptos, pero sí diré que a mí me vinieron bien. Porque forman parte de lo que solía ser el guión, porque echo de menos aquellos conciertos en los que uno no sabía bien lo que podía esperar, algo de incomodidad, de hijoputismo. Todo eso es lo que hace de Berrio algo especial. Una paradoja que viene para recordarnos cómo era esto del rock and roll y que, por una noche, nos ayudó a salir de esa zona de confort, o mejor dicho, de esa anestesia en la que nos hunde una escena musical que apuesta siempre por lo correcto. Esto no tuvo nada de correcto, de limpio, de amable, ni de bonito. Esto fue Berrio. Pura y simplemente Berrio. Y que no falte. 




















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