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    miércoles, marzo 16, 2016

    The Fleshtones. 16 Toneladas (Valencia). 11-03-2016

    Los Fleshtones demuestran en Valencia que su super rock sigue imperturbable tras 40 años en los escenarios. 

    Ilustración: Gerard Miquel

    Una vez más, uno espera que no sea para tanto. Una vez más, uno espera que estén demasiado mayores, que no aguantarán. Una vez más, te dices a ti mismo que esta vez será la última, que igual sería mejor no haber venido. Y, de nuevo, te equivocas: salen al escenario y desde el primer segundo, una sonrisa de oreja a oreja se instala en tu cara para no abandonarte en una semana. A eso se le llama "efecto Fleshtones".

    Y es que nada menos que cuarenta años de incansable orgía de rock and roll deberían ser más que suficientes para decir basta. De hecho, lo son para cualquiera. Pero yo creo que ellos son de otra pasta. Es como si fueran extraterrestres, o hubieran encontrado el secreto de la eterna juventud haciendo lo que hacen. Si pararan, morirían irremediablemente. 

    De alguna forma, son el bálsamo que algunos necesitamos para autoengañarnos y constatar que todo sigue igual, que nada de lo que nos importaba a los veinte años ha cambiado. Evidentemente, no es así: todos los que abarrotábamos el 16 Toneladas el viernes pasado estábamos, por decirlo suave, más bien maduritos, pero por un rato, poco menos de hora y media, regresamos a la tierna edad dorada que creíamos oculta en lo más recóndito de nuestro maltrecho cerebro. Volvimos a colocarnos en primera fila, a empujar con jolgorio al de al lado, a corear con voz carajillera los himnos de mayor calado, a derramar parte de nuestra pinta en el suéter de la chica de al lado, a cabrear a su novio, a intentar disimular girando la cabeza y coreando aún más fuerte haciendo cuernos con la mano, a ser unos putos críos, vaya. Y a importarnos todo un carajo, que es de lo que se trata.

    Ilustración: Gerard Miquel
    ¿Qué más puedo contar de este concierto? Hacer el consabido y sesudo repaso de setlist, relatar cada momento, desde la salida al escenario de la banda, con el flequillo y la nariz roja de Peter Zaremba encasquetados en una capa de Conde Drácula, pasando por los ya clásicos momentos enfervorizantes de "ahora-me-subo-a-la-silla-ahora-doy-vueltas-ahora-bajo-del-escenario" y llegar a la zambomba final...no, no, paso. Este no es un concierto de esos. 

    En los conciertos al uso, sobre todo los de grupos ya maduros, la cosa consiste en un medido repaso a su cancionero más conocido y digerible, con momentos de efusión calibrados al dedillo, en general predecibles y más bien sosos. Nada que ver con estos tipos: tienen un concepto americano del espectáculo. "Americano", en el mejor sentido de la palabra. Su show es heredero directo de la mejor tradición soul, rhythm and blues y rock and roll de Estados Unidos. Una sorpresa constante para el espectador, que por muy repetidas ocasiones (como es el caso de quien suscribe) que les haya visto, siempre acaba boquiabierto ante esa capacidad de enervar el ánimo de cualquiera haciendo gala de un entusiasmo tan fuera de órbita que ni un chaval de quince años podría igualarlo. Ni siquiera precisan de recurrir a su repertorio más clásico (nunca lo han hecho) para confeccionar una caterva de hits infalibles, sobre todo extraídos de sus últimos trabajos ("Bigger and better", "Feels good to feel", "Surrender"...), que son meros accesorios de lo realmente importante: transmitir toda la energía y el poder de lo que ellos denominan "super rock", una suerte de pócima vudú extraída de la mezcla de soul, garage, surf, punk y mucha actitud. Se nota vibrar violentamente el escenario cuando tocan, poca gente consigue eso.

    Verles acabar de manera orgiástica, dejar sus guitarras y bajar modestamente del escenario a vender cuatro camisetas, hacerse cinco fotos con fans beodos y al poco, comenzar a recoger, no sin algo de agotamiento en sus rostros, para irse a la cama y proseguir camino, de alguna forma me volvió a situar en la tierra. Volví a ser consciente de mi edad, de la suya y del espejismo que había vivido. Pero, amigos, qué espejismo. Ni la más potente droga podría causar en mí el mismo efecto que una noche con estos tipos. Definitivamente, si hubiera podido seguirles en cada una de las -toma jeroma- 16 fechas que han hecho por España, tengan por seguro que hubiera sido como uno de aquéllos ratones que se iban detrás del músico de Hamelin hipnotizados por su música. Y ya puestos, si me permiten un deseo personal: ojalá toda la vida fuera un concierto de los Fleshtones, qué caray. 

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