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    jueves, abril 21, 2016

    Sometimes it snows in april (por Prince)

    Recibimos el tiro de gracia: al poco de dejarnos Bowie, acaba sus días otro de los grandes iconos del pop. Lloremos unas lágrimas púrpura por Prince Rogers Nelson. 



    Mi primera colaboración en Alquimia Sonora como redactor fue un artículo, digamos de opinión, cuyo título era "¿Pero qué le pasa a Prince? ". En él, lamentaba que un genio sin parangón como había demostrado ser este músico superdotado, hubiera echado por el retrete su mito y carrera, tirando de la cadena sin remisión. Me sorprendían sus idas y venidas, su desorientación, esas portadas de disco tan horrendas con que intentaba asaltar un mercado que ya no le entendía -a veces hasta dos veces- cada año, esas rabietas innecesarias, esa falta de inspiración constante, o de falta de filtro en su producción.

    Hoy se me hiela la sangre con el conocimiento de su prematura muerte a los 57 años de edad , por un motivo tan estúpido -según cuentan- como una gripe mal curada. Parece de chiste. Un chiste con muy, muy, mala leche.

    Hay héroes, o más bien, la imagen que tenemos fabricada de los mismos, que parecen inmortales, intocables. Descubrir en ellos la absurda fragilidad del ser humano desmonta de tal manera nuestro castillo de naipes que es muy difícil de aceptar. Lo demostraron con creces el aluvión de exacerbadas reacciones causadas por la muerte de David Bowie y con Prince, sin duda pasará lo mismo. En los 80 se fabricaban iconos colosales, dioses y diosas griegos que en lugar de en estatuas aparecían en pósters pegados a las paredes de los adolescentes, dejando una marca imborrable en ellos. Esa imagen, la imagen que fabriqué de Prince en mi adolescencia y quedó pegada a mí, es tan poderosa que ahora mismo estoy completamente noqueado.

    Podremos decir, como dije yo en aquél artículo, que hace demasiados años que el de Minneapolis no hacía algo que mereciera realmente la pena, salvo contados destellos de su genio sembrados, a modo de riego por goteo, en una producción discográfica totalmente carente de filtro ni coherencia. Quizá acabó, igual que su supuesta némesis ochentera, Michael Jackson, fagocitado por un mito y un ego que no supo ni por asomo gestionar. Pero lo que todo eso no es capaz de enterrar, por muchas capas de mierda que se echen encima, es la obra descomunal que entre 1978 y 1987 fue capaz de fabricar totalmente sólo. Escasos nueve años en que facturó, responsabilizándose de prácticamente todo el proceso de producción, nueve discos estratosféricos, que iban en prodigiosa ascensión hacia la incierta meta de aunar lo blanco y lo negro. Objetivo conseguido: si queremos obtener un compendio fiable de todos los contenidos de la música pop del siglo pasado, está en esos discos, de los cuales quizá el más certero sea el último, "Sign "o"the times" (1987), que para más recochineo por parte de alguien que en ese momento era capaz de todo, era doble.

    Su aportación a la música popular durante ese período y también, porqué no, en algunos de esos destellos de genio que fue dosificando a lo largo de los años siguientes, es tan vasta, tan rotunda y tan gigante, que aún no somos capaces de entenderla. Sólo con el transcurso del tiempo descubriremos que, de no ser por él y por su libertad y desparpajo a la hora de hacerlo todo, las cosas hoy serían muy diferentes. Como Bowie, Zappa, Hendrix o Mayfield, él fue el astronauta que puso el primer pie en marte y nos enseñó a caminar por un planeta extraño, sin el más mínimo miedo.

    Creo que su desaparición, al igual que todas las que han ocurrido estos dos últimos años y las que sin duda acontecerán en lo sucesivo, significa algo. Significa que la era del pop, entendido como algo vivo, vigente, actual, está a punto de acabar. En su lugar, nos esperan sucedáneos, facsímiles o incluso, espero, nuevos visionarios que ayuden a empujar las cosas hacia otra dirección, pero el tiempo de los grandes creadores, de los seres mitológicos que habitaban en pósters, pasó. Y por algún motivo me invade una inmensa tristeza al pensar que todo aquello que viví en otro tiempo como algo estimulante, incierto y vibrante, no es algo que vaya a poder experimentar mi hija, porque iconos como aquellos... y perdonen mi postura de odioso abuelo cebolleta... iconos como aquellos ya no va a haber.

    Es extraño e incluso risible la manera en que nos afectan a los mitómanos como yo y otros muchos estos acontecimientos. La muerte de alguien al fin y al cabo totalmente ajeno a nuestra vida y el devenir de nuestra cotidianidad debería ser algo que nos la trajera floja, siendo sensatos. Pero hablar de sensatez al mismo tiempo que se habla de pop es algo iluso, ¿no creen? En fin, permítanme que hoy me ponga muy triste por un perfecto desconocido para el que guardo un gran lugar en el corazón. Ya lo decía aquella canción incluida en "Parade": "a veces nieva en abril". Ésta sin duda es una de esas ocasiones.

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