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    miércoles, julio 13, 2016

    Eclecticismo por bandera. Crónica del Festival Cruïlla 2016 de Barcelona

    Crystal Fighters en Cruïlla 2016. Foto de Meritxell Roser

    Tiene el festival Cruïlla de Barcelona un arma de doble filo. Apostando cada vez con mayor ahínco por la total disparidad de géneros y estilos musicales, atrae a un volumen de gente creciente año tras año (hablan de récord de asistencia del primer día de la presente edición), pero a su vez, resta enteros al disfrute del evento en condiciones, por dos motivos: el primero, obviamente, pasa por la imposibilidad de congeniar con todos los artistas. Es literalmente imposible que a una persona le guste por igual Love of Lesbian que Crystal Fighters, Robert Plant, Damien Rice, Alabama Shakes y Bunbury. El segundo radica en la aglomeración de público que con suerte acude por uno o dos grupos, cuando no directamente ninguno, importándole un soberano pepino la propuesta musical que otros artistas, en otros escenarios y a otras horas, puedan ofrecer. El resultado, en un festival que se ha olvidado convenientemente de la palabra “Music” en su nombre (Bercelona Summer Festival rezaba el photocall de la entrada) es una invasión de gente que acude por acudir, por estar en la pomada, por el postureo. Nunca, o casi nunca, por la música. Gente que habla, que grita, que se emborracha, y cuyo respeto por el arte es nulo. Súmese, en la presente edición, a un sensible descenso de decibelios para cumplir con las atroces leyes nuevas de la ciudad, y ya lo tenemos: hubo pasajes de los conciertos de Cat Power, Rice o incluso Alabama Shakes, en los que directamente se hacía imposible escuchar nada, tal era el barullo. Y hay del que pidiera algo de silencio en el público (la respuesta, más o menos así: “qué haces flipao, que estás en un festival”)... En fin. Con todo, algo se pudo disfrutar de una de las ediciones más flojas del Cruïlla de los últimos años; gentileza de viejos conocidos.

    Damien Rice arrastra... con permiso de Cat Power

    El plato fuerte del primer día, se supone, tenía que estar repartido entre un artista como la copa de un pino y un grupo cuyo éxito, si me preguntan, no se justifica por ningún lado: Damien Rice y Crystal Fighters eran los dos cabezas de cartel del viernes, día 1 del Cruïlla ’16, asentando así el retorno del primero, que ya pudo disfrutarse en el pasado Primavera Sound. Rice estuvo espléndido, su concierto fue un intenso contraste de emociones que iban desde los pelos como puntas gentileza de Blower’s Daughter o 9 Crimes, a atronadores volcanes de alegría cuando empezaba a combinar pistas y pistas con diversos instrumentos musicales a la conclusión de algún que otro tema de su nuevo y magnífico disco (My Favourite Faded Fantasy). Curiosamente, no sonó de éste su mayor single, I Don’t Want to Change You, sumándose a una lista de ausencias que capitaneó Delicate. ¿Quizá por la imposibilidad de tocarlas en directo sin una banda que apoyara al artista, que se presentó absolutamente solo en el escenario? Con todo, sí pudimos disfrutar de Cannonball o Volcano, y es de agradecer la intensidad que Rice sostuvo durante todo momento y pese a los murmullos constantes del público.

    Damien Rice. Foto de Meritxell Rosell

    De todos modos, antes de su concierto quien hubiese tenido a bien prestar la más mínima atención, se hubiese topado con dos agradables sorpresas: lo poco que pudimos ver de Esperanza Spalding fue una alegría para los amantes de los retos: un concierto-show rompedor, inquieto, con una artista de voz prodigiosa e histriónicos movimientos que en conjunto la catapultaron como el gran descubrimiento de la edición. No pudimos ver demasiado, tocará esperar a verla en una sala: al cabo de nada empezaba su performance Cat Power, con una Chan Marshall que esta vez tuvo un buen día: concentrada y entregada no se sabe del todo bien si a su público, a su música o a algún efecto alucinógeno, logró emocional a las primeras filas de espectadores a ritmo de New York, New York o de un sensacional Angelitos negros que dejó helados a sus fans. Impecable.

    Con Rice retirándose del escenario no fuimos pocos quienes empezamos a plantear la retirada, y ojalá: tocaba el turno de un Bunbury aguantable tan sólo por sus fans (tan relamido y excesivo como de costumbre presentando sus mutaciones) primero, y de Crystal Fighters después, un espectáculo electrónico tan hueco como ruidoso, musicalmente inexplicable a juicio de quien no sigue con fervor al grupo londinense. Los fans, más satisfechos que nunca con las ¿potentes? L.A. Calling o I Love London, así que dejémoslo en un contraste de opiniones...

    Vetusta Morla prácticamente repitió el mismo concierto de hace dos años en el mismo festival, pero esta vez no pasaron por el escenario grande (el Estrella Damm) y eso se notó: el escenario StubHub puso en evidencia sus carencias auditivas, culminando con un malfuncionamiento del micrófono justo cuando Pucho entonaba los primeros versos de Fuego. Nada que decir, amén de los vaivenes técnicos, de un grupo que sabe perfectamente a lo que juega y muestra una solidez envidiable en vivo. Copenhaguen, La deriva o Golpe maestro hicieron vibrar hasta a los más incrédulos. Rudimental con su variopinto estilo, progresión en positivo de Crystal Fighters, siguió con un espectáculo animado y amable que no pasará a la historia, y Digitalism echó el cierre con una sesión más que digna.

    Más contrastes imposibles, más motivos para la duda

    James. Foto de Meritxell Rosell
    Tocaba retirada para reponer fuerzas y emprender una segunda embestida que veía a un amable Xoel López en el escenario Time Out combatiendo contra un sol de justicia, para dar paso después a los músicos de Snarky Puppy, que brindaron un entregado pero desigual show acústico que se fue desinflando tras un arranque con tintes de blues, jazz y rock clásico que prometían mucho más. Fueron la antesala de una de una situación un tanto extraña: el grupo James hacía acto de presencia en el escenario principal presentando nuevo disco, Girl at the End of the World; un nuevo disco del que tampoco es que se conocieran del todo los temas, como quedó patente con los dos errores seguidos de uno de ellos (dos veces intentaron tocarlo, hasta que lo dieron por perdido). Tanto daba, el público del Cruïlla en lo último que se fija es en esta clase de cuestiones, y los feligreses del grupo de Manchester no iban a dejar que semejantes reveses entorpeciesen un concierto que llegó a lo más alto cuando a su estrella le dio por lanzarse al público.

    Justamente calidad fue la que sobró en el gran, mejor concierto de la presente edición del festival. Pese a los problemas de acústica del escenario Stubhub, Alabama Shakes apareció en escena cual torbellino, con los innumerables miembros de su banda absolutamente antológicos, capitaneados por una Brittany Howard en estado de gracia. Canciones como Gimme All Your Love o Don’t Wanna Fight reventaron cualquier expectativa y tal fue la magnitud del evento que hasta los más parlanchines entre el público llegaron a callarse aquí y allá, dejando al fin oír algo de música. Mezclando blues, soul y rock, este grupo, si no lo está siendo ya, va a ser the next big thing. Y como de una de cal, una de arena va la cosa, acabado el torbellino, vuelta al escenario grande para, ay, sufrir una de las grandes decepciones del año, suficiente como para hacer que más de uno y más de dos cambiaran de escenario a medias para acudir al show de Fermín Muguruza (en el Time Out): Robert Plant, ex Led Zeppelin, salí a escena con sus pelanas y su estilo de roquero desfasado y ofrecía un espectáculo... justamente eso: de rock desfasado. Las canciones originales de la banda fueron lo único que despertaron del sopor absoluto a una platea que ya había acudido con cierta desgana al show de un artista que se iba y volvía del estilo que lo parió, tirando de maracas y panderetas, de ritmos más bailables, y de repertorio propio. Suerte del Whola Lotta Love... Si el empacho de estilos no había sido bastante, aún vendrían por delante Love of Lesbian, omnipresentes en festivales de aquí y de allá para presentar su cuestionable nuevo disco (El poeta Halley) mediante un estrafalario directo sólo apto para fans, que concluyó insolente con una revisión de Purple Rain... Uno de esos momentos para no dormir que afortunadamente se vio contrarrestado de inmediato con el directazo de Skunk Anancie, ruidoso grupo que poco o nada tiene por descubrir ya, pero de factura y entrega siempre impecables. Vibramos como locos con Weak o Tear the Place Up; sólo los valientes y los que no querían saber nada de la música del Cruïlla se quedaron después para la conclusión de una más que irregular segunda velada, con broche a cargo del disco disco partisano Shantel.

    Brutal directo de Alabama Shakes. Foto de Meritxell Rosell

    El tercer y último día, ya más relajado, vio una enésima combinación imposible que frenó a más de uno: Elefantes antes, Calexico después. Pegarse el viaje hasta el Fòrum de les cultures para soportar hora y media del primer grupo antes del mucho más interesante segundo fue demasiado para muchas almas que en pena que acabaron agotados, sí. ¿Extasiados? Ni mucho, mucho menos. Bien haría la organización del festival a replantearse a fondo el mismo, buscando la fórmula con la que educar a sus asistentes y regalar, a sus fieles de verdad, ediciones como las de hace ya demasiados años...

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