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    jueves, octubre 27, 2016

    Los hombres que amaban la música

    The Young Fresh Fellows ya existían antes de que Seattle fuera Seattle y dudo que haya habido muchas bandas más divertidas, adictivas y vitales sobre un escenario. Vuelven, tras demasiado tiempo hibernando, a traer los fabulosos sonidos del noroeste del Pacífico a nuestro país, su país favorito...


    Con un título así ¿Quién se podría resistir?.

    Me refiero al recopilatorio que con tierna edad cayó en mis manos, gracias a algún amigo del cole. Lo sacaba Munster, garantía de exquisito gusto por aquél entonces y llevaba por título la rutilante afirmación "Somos los mejores", así, en castellano, pues era una edición especial para el mercado español. Por supuesto, semejante fanfarronada debía ser analizada de inmediato ante la atenta mirada de la aguja de mi tocadiscos. Dosis idénticas de expectación y escepticismo me embargaban al llegar a casa y abrir la carpeta doble de aquél disco, en la que encontré, en tonos verdes, la imagen de unos tipos bastante feos vestidos con trajes estampados de estrellas, sobre cuyas cabezas revoloteaba en letras grandes la arrogante frasecita del título.

    Como habréis supuesto ya, en el preciso instante en que el disco tocó el plato y empezó a sonar dio comienzo una de las relaciones de amistad (metafórica, para mi desgracia) más largas y fructíferas que como oyente de rock and roll he experimentado. Desde el bestial inicio con los guitarrazos de un tema de título tan estimulante como "two guitars, bass and drums" (¿¿se puede resumir mejor??) hasta que tras dar la vuelta al vinilo terminó la experiencia orgásmica de su escucha completa, lo que ocurrió en mi habitación no fue sino una sucesión de histéricos espasmos en señal de júbilo y explosión de vitalidad púber por mi parte, dado que sentía que en ese preciso instante, había encontrado la piedra filosofal, el origen y explicación de todo lo que me preocupaba.

    Evidentemente, esa sensación se ha repetido un buen montón de veces en la vida, pero lo de los Fellows tiene ese algo especial que también tienen Fleshtones, Jonathan Richman o Rubinoos. El simple hecho de que, además de alegrarte la vida sobremanera, sólo los conoces tú y otros pocos pirados, cosa que siempre mola mucho. De esta forma, te convences de que eres ese alguien que no sigue los dictados de la masa, que conoce cosas que los demás no tienen ni idea de que existen, de que eres el que parte el bacalao. Sandeces como pianos, al fin y al cabo, pero que causan que para esos pocos artistas "escogidos" guardes un cariño y fidelidad que con cualquiera de los otros "de manual" que pueblan tu estantería de discos no se crea.


    Mi vínculo con los Fellows siempre ha sido y será tan fuerte como la sangre. Pocas noticias me pueden alegrar tanto como enterarme de que vienen de visita a nuestro país. Si encima pasan por casa, es como si una de esas viejas amistades a las que uno siempre reencuentra con gran emoción te llamara para quedar a tomar unas birras y aunque hayan pasado años desde la última vez que nos vimos, la conversación y las risas siguen fluyendo. Con ellos, esto es así. 

    Y es que además uno no puede sino confraternizar con su historia, condición y forma de ver la música: desde el momento equivocado de su nacimiento en la ciudad que pocos años después, justo cuando ellos ya iban de capa caída, se iba a convertir en el puñetero ombligo del mundo musical, quedó claro que no se iban a comer un torrao. Nunca estaban en el momento ni el lugar adecuados, sus discos hacían gala de una variedad estilística demasiado alocada para unos EEUU que lo que requerían en ese tiempo era rock americano o hardcore y sus pintas tampoco es que fueran la panacea del glamour.

    Pese a todo ello, esa anomalía que en 1982 idearan en la ciudad de Seattle Scott McCaughley, Chuck Carroll y el primo de éste, el batería  Tad Hutchison (inicialmente eran un trío) nació para la más sana y sincera diversión a través del rock and roll, tanto la de sus artífices como la de los que se les acercaran. Su primer álbum, para el que se incorporó Jim Sangster a las cuatro cuerdas, es uno de esos grandes tesoros enterrados del pop. "The fabulous sounds of the pacific northwest" (1984), que así se llamó, planteaba, desde el máximo eclecticismo posible, uno de los ratos de jolgorio más desmesurado que con guitarras se fabricara en los 80. Sin dar tregua tras el cañonazo de salida con "Rock and roll pest control", es uno de esos debuts que deberían conservarse en el Smithsonian, tanto por su valioso contenido, altamente efervescente, como por una de esas portadas dignas de enmarcar.

    "Topsy Turvy" (1985), su siguiente trabajo, no hizo sino revalidar lo dicho del debut y lo mismo sucedió con la recopilación de singles "Refreshments" y el que quizá sea el disco que mejor les defina: "The men who loved music" (1987), con clásicos (lo serían en un mundo ideal) de la talla de "Get outta my cave", la gamberrada "Why I oughta" o lo más parecido a un hit que tuvieron jamás, la saltarina "Amy Grant", tonada dedicada a una  casposa cantante de música cristiana muy famosa en su país, que les hizo sonar bastante en aquellas "college radios" que tanto abundaron en la américa ochentera y alternativa.

    "Totally lost"(1988) supuso la salida de Carroll de la banda y para el siguiente trabajo -"This one's for the ladies" (1989)- se apuntó a la fiesta un viejo amigo: nada menos que Kurt Bloch, miembro de los también aclamados Fastbacks y, ya entonces, solicitado productor (aún hoy lo es), que contribuye a un endurecimiento de sonido, más acorde con los tiempos que corrían. Así, comienza una nueva aventura y queda patentada la formación más estable de la banda, pues es la que permanece hasta la fecha, de la cual quizá el mejor testigo sea el que podríamos citar como su otro disco sobresaliente: "Electric bird diggest"(1991). En él, encontramos a granel guitarrazos asesinos e himnos memorables como "Sitting on a pitchfork" o "Tomorrow's gone (and so are you)", pero ni siquiera la presencia a los mandos del productor de moda, Butch Vig (Nirvana, Smashing Pumpkins, Sonic Youth, Garbage), hace que su suerte cambie,

    Por eso "It's low beat time" (1992), si bien afianza el sonido de una banda en plenitud de facultades supone la antesala de el primero de muchos períodos sabáticos, que no separación, de los Fellows. Cinco años sin producir nada y sin tocar en directo, durante los que cada uno de los miembros se dedica a sus labores (McCaughley, sin ir más lejos, forma los nunca suficientemente ponderados Minus 5 y acompaña a REM como elemento fundamental de sus directos).

    Su silencio se rompería intermitentemente desde entonces, con pequeños períodos disco-gira, que asumían ante todo por diversión. Así en 1997 apareció "A tribute to music", al que seguirían "Because we hate you" (2001), el producido por Robyn Hitchcock "I think this is" (2009, con título y selección de canciones diferente en España) y "Tiempo de lujo" (2012). Todos ellos tan notables como de ellos cabía esperar, pues nunca, nunca decepcionan.


    Así que es toda una alegría enterarse de que, con motivo de su participación en uno de los festivales más interesantes del país, el Funtastic Dracula Carnival (Benidorm, 29 de octubre), se embarcan en una gira por la península que les lleva a Valencia (Loco Club, 2 de noviembre), Madrid (El Sol, 3 de noviembre), Bilbao (Kafe Antzokia, 4 de noviembre) y Andoin (Auditorio Bastero, 5 de noviembre), para la que, fieles a su costumbre, no acuden con las manos vacías. Un nuevo artefacto, de desternillante título, "Extintores y Txipirones", sirve de excusa, a base de rarezas antiguas y nuevas jamás editadas en cd, para que sus fans, que somos pocos pero fieles, nos rasquemos el bolsillo. Y así lo  haremos, porque se lo merecen y porque si ha habido una banda realmente divertida sobre un escenario en este mundo, con permiso de Zaremba y compañía, son estos hombres que amaban la música, que la siguen amando y que me tendrán bailando a lo loco frente a ellos cuando vengan a mi ciudad, como debe ser.



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