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    jueves, junio 08, 2017

    El Sultán gigante de Valencia

    Dylanita empedernido, escritor, líder de una de las bandas más longevas de la escena valenciana... Cisco Fran  es un personaje verdaderamente interesante que ahora, además se lanza en solitario con gran acierto. Conocer su figura es conocer un poco más Valencia. 


    Foto: Susana Godoy

    La ciudad del Túria es una ciudad a la que frecuentemente nos referimos a través de tópicos. Que si palmeras, que si sol, que si Miguelete, que si paella en la Malvarrosa... pero, parafraseando a Radio Futura, hay una "ciudad interior" oculta tras todo ese tapiz turístico (como pasa en casi todas las ciudades de España) que le atribuye una identidad clara y diferenciada de todo el resto de grandes urbes. Es el corazón de Valencia: el que forman sus barrios, su vibrante (sí, vibrante) vida cultural y sobre todo, sus personajes. 

    Porque si de algo está hecha Valencia -y más que ninguna, la Valencia musical- es de personajes. De gente que ha dedicado sus vidas a crear algo sólido entre toda la maraña de ideas que generan "los que hacen cosas". Pues es bien sabido que de gente "que hace cosas" está el mundo lleno, pero la gente que sabe concretar todo eso en un resultado, no abunda en absoluto. Francisco J. García, "Cisco Fran" para el mundo, es uno de esos personajes constructivos, esos dinamizadores de cultura que con su entusiasmo y esfuerzo han ido labrando el camino que los demás hemos seguido para hacer de esta una ciudad algo vivo y estimulante. 

    Y la verdad es que es curioso, porque en él, a simple vista todo recuerda a América. Desde el sombrero de vaquero con que se toca para salir a actuar, las camisas country and western que parecen compradas en el mismo Nashville, esa socarronería tan "Johnfordiana" con que salpica su innata simpatía y por supuesto, su Dylan, siempre Dylan, nombre que planea siempre que se pronuncia el suyo y personaje, sobre el que es un auténtico entendido, que le acompaña a donde vaya. 

    Pero sin embargo, bajo toda esa imagen de cowboy de ciudad, Cisco Fran es para mí una imagen de Valencia. De lo BUENO de Valencia, quiero decir. Un representante de esos personajes culturales que desde los 60 hasta aquí, han ido abriendo puertas, generando escena. Él es tan Valencia como pueda serlo Julio Bustamante, Julio Galcerá, Manolo Divago, Víctor Ortiz... Es tan Valencia como la Calle Quart, como la Plaza del Negrito, como Eugenia Viñes... Y lo es porque siempre está ahí. 

    No es nada raro encontrárselo en conciertos y en saraos de todo tipo, con su chica cogida de la cintura y con una sonrisa de oreja a oreja, mientras menea la cabeza al son de la música. Se ve claro el disfrute, el entusiasmo que le despierta, el chaval que sigue llevando dentro. Es un tipo auténtico, de verdad, de calidad. 

    Y lo más curioso es que toda la aventura que os voy a contar, no se originó en Valencia, sino en Palma de Mallorca. Allí, en 1986, tras los previos escarceos en su ciudad con bandas de poca monta y mientras hacía la mili, nació La Gran Esperanza Blanca.


    Federico Segarra (alias "Fede" o "Spagnolo Ferocce"), otro valenciano del que podríamos escribir un libro, y nuestro protagonista, estaban hastiados de las obligaciones y sinsabores del antiguo servicio militar y la única vía de escape era la música. Así pues, empezaron a ensayar y componer, incluyendo en sus filas poco después a dos compañeros más, importados a las islas desde su levantina ciudad: Lúis "Chiti Chítez" Vilanova y Jesús Almenara, más conocido como "Chuso Al", bajista y batería, respectivamente.

    Juntos crearon uno de los combos más longevos que la escena valenciana ha conocido. Pioneros en el uso de los lenguajes de la tan cacareada ahora "Americana" y expertos en autogestionarse y reinventarse cuantas veces ha hecho falta. Un ejemplo para todo lo que vino después, como se verá.

    Mucho ha llovido desde su debut en la Plaza del Mediterráneo de Palma, en un concurso de Pop-Rock en el que quedaron finalistas; desde aquél primer concierto en su tierra natal, alojado en la mítica discoteca Chocolate (Sueca); desde aquellas primeras grabaciones para su propio sello N.O.S.E. (Nueva oleada de sonidos del este); desde aquél EP titulado "New York blues", con el que empezaron a tener repercusión; desde las idas y venidas de miembros, incluido el desgraciado fallecimiento de otro colaborador habitual: Fiddler Paul; desde aquél "Bod Dylan revisitado: un tributo en la lengua del amor", que Cisco coordinó y que significa la primera aproximación a las canciones del de Minnesota en lengua de Cervantes; desde aquél “Hay Folk, Blues Y También Rock ‘n Roll” o aquél "Medicine show" (1998) con el que inciaron una serie más o menos regular de ofrecimientos discográficos, que continuaría con "Harry Dean" (2002), el rendido homenaje "Dylanita" (2006), "Derrota" (2013) o el último, "Tren Fantasma" (2015).

    Mucho ha llovido, sí, pero la cosa sigue intacta. Pocos grupos pueden vanagloriarse de seguir en la brecha tras 30 años con los miembros originales en sus filas. Sí, han habido idas y venidas, cambios de formación, pero al final han logrado completar el círculo y ahí siguen. Hace nada estaban celebrando un tributo a Dylan en la valenciana Sala Loco Club, el mismo lugar donde un año antes celebraran su treintañera onomástica y ello pese a la nueva carrera en solitario del cantante.

    Y es que, claro, es lo que tiene tantos años juntos. Uno intenta ser más introspectivo, más confesional en sus canciones y se encuentra con que la banda se le rebela. "Oye, Fran, eso que haces ahora, porqué no lo cantas tú sólo?". Y Fran pensó: "¿Porqué no?". Así, sin mosqueos ni malos rollos. Sencillamente, sintió la necesidad de dar salida a unas canciones más personales que, vaya usted a saber porqué, son lo que el cuerpo le pide ahora.

    La banda madre no está aparcada ni abandonada, más bien compaginada con un nuevo proyecto, bajo nombre propio, que ya está tomando más que forma, pues rodeado de compañías  ilustres ya ha dado luz bajo este concepto a dos artefactos sonoros.

    El primero de ellos fue "Gigante", aparecido en octubre del año pasado y urdido en su totalidad en Little Canyon Studios (Valencia), regentados por Luís Martínez. Para acometer la empresa tuvo a su lado a varios de los más granados músicos de la escena de la ciudad levantina: Santiago Serrano (batería), José Sala (bajo), Juanma Pastor (guitarra), Eduardo Hirschfield (teclado), Rebeca Ibáñez (voz), Gilberto Aubán (piano) o Txema Mendizábal (pedal steel), al margen de participaciones de sus inseparables Chiti Chítez y Chuso Al.

    Y el resultado fue como cabía esperar: un trabajo sincero y bonito, trabajado sin pretensiones ni ganas de trascendencia, pero ofrecido como algo descarnado y por lo tanto, digno de agradecer en este mundo tan de apariencias. Cisco Fran tal vez no tenga una gran voz, pero cada palabra que canta la dice de verdad, con convicción. Canciones tan quebradizas como "Desaparecer" o tan vibrantes como la dylaniana "Cielo" enternecen a la vez que enamoran.

    Su impaciencia quiso que esto fuera un simple mini-lp de cinco canciones, no podía esperar más. Y quizá fuera un acierto, pues la concreción y brevedad del disco es su aliada para dar forma a un trabajo bonito y vuelvo a decir, necesario.

    Esa misma impaciencia ha querido que la continuidad del proyecto no conozca el paréntesis. Poco después de presentar "Gigante" con su recién inaugurada banda de acompañamiento (formato trío: sólo José Sala, Santi Serrano y él) entra de nuevo en los estudios de Martínez y da forma a otra sorpresa. "Sultán", que así se llama el retoño, deja ver mucho más la separación entre estas canciones y las que suele fabricar con sus compañeros en LGEB. Se atreve con tonos vodevilescos y pop en la soberbia "La razón y el corazón", juega con las texturas en la extremadamente delicada "Sirenas" (quizá la más sobresaliente del lote) o incluso se atreve a aventurarse con la electrónica en la instrumental "Sultán", que titula el disco.

    Todo esto para alguien como él, con un bagaje grande tras de sí de muchos años de experiencia es totalmente inusual. Pocos a su edad se atreven con un salto al vacío, una salida de la zona de confort semejante. Da gusto contemplar cómo alguien se resiste con uñas y dientes a estancarse, a abandonar el entusiasmo adolescente y salir triunfal del intento. Francisco García sigue, igual que siempre, siendo todo un ejemplo a seguir, un faro de guía que es capaz de prestar lumbre a los que queramos navegar por las mismas aguas que él ha navegado. Es siempre muy de agradecer que existan personajes como éste. Centros de gravedad de ciudades ocultas dentro de otras ciudades, que pocos conocen, pero que son las que generan el corazón que bombea todo lo demás. Cisco Fran es un gigante, Cisco Fran es la Valencia que a mí me gusta

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