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    domingo, febrero 11, 2018

    La revuelta del 68: 50 discazos que cumplen 50 años (2ª parte)

    Seguimos destacando algunos discos que creemos interesantes para ilustrar un año importante tanto para la música pop, como para la historia del mundo en general. Como en la primera entrega, en esta encontraréis discos clásicos, algunos conocidos pero no tan clásicos y auténticas rarezas, fruto de mi opción y gusto personal. No buscamos por tanto una lista historicista ni hacer todas las muescas al revolver posibles, tan sólo destacar algunas piezas, en orden más bien aleatorio, que creemos magníficas, de la verdadera época dorada del formato lp. Y así, sin más preámbulos, ahí va la segunda parte...



    40. "The turtles present the battle of the bands", The Turtles (White Whale):

    Es una pena que la gente recuerde a los Turtles, como si de unos one hit wonders cualquiera se tratara, únicamente por "Happy toghether". Se pierden a una banda original, divertida y desinhibida como pocas. Todos los discos que hicieron para el sello White Whale son absolutas delicias. En éste, el cuarto, que llegaba tras el gran éxito comercial del single antes mencionado, decidieron, como tantos otros este año, aprovechar el formato lp como algo que fuera más allá de una colección de canciones inconexas, pero le dieron un giro tan especial y original, que fue bastante incomprendido (demasiado comercial para los hippies, demasiado raro para el público mainstream): el disco sería una "batalla de bandas", como aquellos certámenes tan de moda en la época para la caza de nuevos talentos. En la portada, la banda se presentaba sobriamente vestida con smoking, pero cuando se abría la bonita portada gatefold, les veíamos adoptar las más disparatadas personalidades, tantas como bandas ficticias intervenían en la batalla. Acuden así a los lugares más impensables: junto a maravillas pop como "Elenor" (una versión cómica de su éxito "Happy toghether") o la composición de los Byrds "You showed me", que fueron ambas éxito en formato single, encontramos el endemoniado surf de "Surfer Dan", una canción por cierto bastante adelantada a su tiempo en cuanto a sonido, la psicodelia instrumental de "Buzzsaw", la parodia country "Too much heartsick feeling" o la solemne y maravillosa "Earth anthem". Todas ellas conforman un fresco diverso, disfrutable y diferente, que no estaba al alcance de cualquier banda del momento. The Turtles estaban llenos de talento, tenían un gran sentido del humor y eran grandes compositores, todos ellos. Y son de esas bandas que conviene recuperar para saber que no todo en los sixties fueron Beatles, Kinks o Who.

    39. "Nancy & Lee", Nancy Sinatra & Lee Hazlewood (Reprise):


    Si me permiten el inciso, este es un claro ejemplo de que esta no es una lista que siga un orden estricto de preferencias. Está el 39, pero "Nancy & Lee" perfectamente podría ser el número 3, el 2 o incluso el 1 (aunque ese ya lo tengo pensado). Y podría serlo porque es un disco que ha representado mucho en mi vida, es todo un modelo de una forma determinada de contemplar el pop y sólo por ello, ya merece estar en el podio, pero bueno, está bien que todo esté repartido y al ser ésta una novela por entregas, todos los capítulos tengan de todo. Pero al lío: Lee y la hija de Frank habían probado con "These boots are made for walking" y el resto de singles y lp's que el primero compuso y produjo a la segunda que la combinación entre los dos era atómica. Además, tal como confesó Nancy muchos años después, ambos mantuvieron una relación sentimental que chocó frontalmente con el matrimonio de él. Todo eso se nota en esta combinación de la voz cavernosa de Hazlewood y el aterciopelado registro de la Sinatra, algo que se ha intentado imitar hasta la saciedad (Gainsbourg & Birkin, Mark Lannegan & Isobel Campbell, Dean & Britta...), pero nadie jamás se ha aproximado a ese romanticismo intoxicado, ese sentimentalismo barroco y recargado que pulula por todos los surcos del disco. A pesar de que predominan las versiones, como la espesa recreación de "You've lost that lovin' feeling" que inaugura el disco o la exitosa revisión que hicieron del "Jackson" de June Carter & Johnny Cash, es en las composiciones propias de Hazlewood donde el disco muestra realmente esa oscura brillantez pop que le hace merecedor del título de uno de los mejores plásticos de todos los tiempos, con maravillas como "Summer wine", "Sand", "Some velvet morning" o la final "I've been down so long (it looks like up to me)", que ofrecen una perspectiva psicodélica de la música country nunca antes vista, incluso teniendo en cuenta que el 68 fue el año fundacional del country rock. El peculiar sonido recargado, lleno de humo de bar, que lograba con su producción el crápula de Lee, por otro lado, un profesional plenamente experimentado ya en aquella época (Duane Eddy, Nancy etc.), ha sido una influencia clave para gente, por ejemplo, como Nick Cave, Tindersticks o Pulp, que han reivindicado la maestría del de Oklahoma. No en vano se dice de él que es "el Serge Gainsbourg de América", lo cual tiene mucho sentido si se piensa, puesto que sin el libertinaje europeo del francés, su vida y obra guardan cierto paralelismo en cuanto a innovación y desinhibición, que les sitúa a ambos en un plano parecido de influencia. En todo caso, un monumento de disco que desde aquí os animo a descubrir en todo su esplendor.

    38. "Spirit", Spirit (Ode):


    Tengo que reconocerlo: Spirit son una debilidad. Lo son porque tenían la rara cualidad de saber rubicar soberbias melodías en la maraña de lisergia con que abordaban sus canciones, así como sobre los guitarrazos que su portentoso líder, Randy California (un discípulo más que aventajado de Jimi Hendrix, pero curtido en jazz) metía a diestro y siniestro. Spirit eran eruditos, variados, inteligentes, arriesgados e imaginativos y nunca imponían la experimentación a la canción. Al contrario que otros hippies de la época, prácticamente nunca incluían en sus discos desarrollos instrumentales sin motivo, todos iban en función de la canción y éstas gozaban en su mayoría de la concreción que debe tener una creación pop. De todos sus discos, me gustaría destacar aquí su debut, incluso frente a otros como "The family that plays toghether", del mismo año y muy alabado por la crítica. ¿Por qué? Porque en este su primer asalto homónimo encontramos la vaporosa oda psicodélica "Fresh garbage", la instrumental "Taurus", que costaría un disgusto en forma de demanda a Led Zeppelin por haberse "inspirado" en ella para componer su archiconocida "Stairway to heaven"; Y también porque encontramos la delicada "Girl in your eye", una golosina rebozada en sitares que es una absoluta delicia, como lo es el resto del disco, un original y rotundamente desvergonzado amalgama de palos musicales que, al menos en mi opinión, les destaca enormemente respecto a muchos de sus compañeros de generación. Y es que Spirit son dignos de sumergirse en ellos, hay muchas bandas dentro de ésta.

    37. "Eternity's Children", Eternity's Children (Tower):

    El sunshine pop fue uno de los derivados de la era psicodélica que había encontrado carta fundacional en 1967. Así como otros, capitaneados por Hendrix, endurecían sus guitarras y texturas para añadir el prefijo “hard” al rock, otros muchos músicos y creadores prefirieron hacer de la sutileza melódica, las armonías vocales y las producciones de sentido regusto barroco su religión. El líder indiscutible de todo esto fue Curt Boettcher, un californiano de adopción procedente de Wisconsin que quiso ser Brian Wilson, pero le salió otra cosa. Sus producciones tenían un sello totalmente personal y su imaginación para los arreglos más disparatados y las filigranas vocales le sitúan en una posición paralela a la de un genio loco del otro lado del atlántico, Joe Meek, pero al contrario que éste, Boettcher sabía lo que quería, era un perfeccionista. Antes de llegar a los dos discos mayúsculos que editaría este mismo año junto a Sagittarius y Millennium, con los que sellaría definitivamente el manual de estilo de esta especie de subgénero, su campo de pruebas fue, al margen de su faceta como productor de los más comerciales The Association, una banda procedente de Cleveland que se hacía llamar The Eternity’s Children, en un alarde de hippismo de bachillerato y que estaba formada por chicas y chicos universitarios, que gracias a un afortunado single producido por Curt junto a su socio habitual, Keith Olsen (“Mrs. Bluebird”), obtuvieron luz verde por parte de su compañía, una subsidiaria de Capitol, para extenderse a todo un lp, que se grabó bajo la batuta del tándem y en el cual, pese a que la búsqueda del hit era más que evidente, encontramos gran parte de la genialidad del mago del sunshine, que usa al grupo como un instrumento más para construir su particular muro de sonido hecho a base de armonías vocales infinitas, varios tipos de teclados omnipresentes, ecos y más ecos en las percusiones o efectos extraños en los instrumentos de cuerda, todo perfectamente cuajado para conseguir el resultado deseado, que al fin y al cabo era tan psicodélico como lo de los Grateful Dead, pero en otra onda diferente, la que desprendían golosinas como “Again Again”, “Rupert White”, la original de Boettcher “You know I’ve found a way” (después retomada en el disco de Sagittarius) o la fantástica “Sunshine among us”. Un disco que no todo el mundo destacaría como importante de este año, pero yo sí, porque lo encuentro delicioso y creo que es un auténtico paradigma de eso que llamamos POP, escrito sea así, con mayúsculas.

    36. "At Folsom Prison", Johnny Cash (Columbia):

    "Hello, I'm Johnny Cash". Con esa sencilla afirmación el más grande cantante country de todos los tiempos comenzaba absolutamente todas sus actuaciones, no obstante, esta era la primera vez que esa frase abría uno de sus discos. Su trabajo número 26 fue su primer lp en directo, que tras esa introductoria frase que se escuchaba tras depositar la aguja sobre el vinilo acometía la canción más significativa que podía cantarse precisamente ante el auditorio que le escuchaba en ese recital: "Folsom prison blues" había sido escrita bastantes años antes, en el 55, pero su historia sobre un hombre que mató a otro en Reno "sólo para verle morir" cobraba pleno significado en aquellas cuatro paredes da la prisión estatal de Folsom (California). Johnny Cash, el rey del country de un país que trata ese género como una religión, había dado con sus huesos en la cárcel en más de una ocasión a causa de su tremenda adicción al alcohol y las anfetaminas, que le convertían en una auténtica bestia. Ahora, se había rehabilitado y junto a su productor, Bob Johnston, ideó algo que daría un completo giro a su carrera: grabar un disco en directo en una prisión ante algunos de los criminales más peligrosos de los Estados Unidos. Lo nunca visto. Y a juzgar por el resultado aquí plasmado, aunque seguramente al cantante le temblaran las piernas, consiguió dar un show tan incendiario que aupó a este álbum a lo más alto de las listas, siendo uno de los discos más populares en su país de aquél año, por no decir que gracias a él muchos descubrieron la música country, pues Cash cantaba canciones sobre criminales, cocaína, amores imposibles y oscuridad humana con una intensidad que tenía mucho que ver con el rock. Las revisiones de sus clásicos "Dark as a dungeon", "I still miss someone", "Orange blossom special", "I got stripes" o "Jackson" (junto a su compañera y futura esposa, June Carter) suenan aquí con una dimensión muy superior a sus originales, lo cual confiere al disco un valor más allá del meramente histórico. La última de las canciones, "Greystone chapel", era una composición de uno de los reclusos que el párroco de la prisión le hizo llegar al hombre de negro la noche antes del concierto. Se la preparó con su banda y la tocó. Así de grande era Johnny, tanto como este disco.

    35. "Eli and the thirteenth confession", Laura Nyro (Columbia):

    Se mire por donde se mire, Laura era un portento. Niña prodigio nacida en Nueva York de una familia inundada de música (padre trompetista de jazz y madre loca por la ópera), se curtiría, como tantos otros, escribiendo canciones en el Brill Building. Barbara Streisand, Blood Sweat and Tears, The 5th Dimension o Three Dog Night tendrían éxitos tremendos con sus canciones, pero ella tenía una voz prodigiosa, un estilo totalmente personal y tenía que grabar su propio material. Así lo hizo: "More than a new discovery" aparecía en 1967 para asombro de la crítica especializada, aunque no del público, que no entendía su mezcla entre música clásica, pop, jazz y soul. Esto por supuesto, no la desanimó, así que el disco del siguiente año, "Eli and the thirteenth confession" fue mucho más ambicioso, tanto que se salía  de prácticamente todo lo que sus coetáneos estaban haciendo. Arreglos vocales portentosos, orquestaciones exhuberantes que no conocían género alguno, canciones que abrían y cerraban mil puertas a base de cambios de ritmo imposibles...una maravilla absoluta. Sólo por escuchar un opus tan tremendo como "Eli's coming" ya merece la pena acercarse a este disco sin ningún temor, pero es que "Sweet blindness", "Luckie", "Stoned soul picnic" o la maravillosa "The confession" quitan tanto el aliento que parecen hechas por alguien sobrehumano y sin embargo, era una chica de 20 años la que estaba construyendo algo totalmente adelantado a su tiempo. Pese al poco impacto que en su voz (no en la de otros) tuvo su música, la Nyro fue el espejo en que se miraron muchas y muchos de los que luego reventarían las listas de éxitos (Joni Mitchel, Carol King...), pero nadie llegaría a generar piezas de arte tan rotundas como este disco.

    34. "Randy Newman", Randy Newman (Reprise):

    Otro totalmente adelantado a su tiempo fue Randy Newman. Es una pena que en la actualidad se conozca sólo por "Hay un amigo en mi" y su contribución a la industria del cine como compositor de bandas sonoras, cuando se trata de uno de los cantautores más personales, ácidos y demoladoramente críticos con el modo de vida americano que han existido. Quizá sea porque se ha mantenido siempre al margen de las modas que en cada momento imperaban en el mundo del pop, pero sus discos jamás han obtenido el reconocimiento que merecían, teniendo en cuenta que todos superan el notable y entre ellos hay auténticas obras maestras. Sin ir más lejos, en 2017 publicaba un disco magnífico, pero es que ya su debut, en este 1968, destacaba como el gran compositor e intérprete que es. Dueño de una voz nasal, aunque bien utilizada, Newman siempre ha usado este rasgo como una fuerza para la dramatización y la exageración de intenciones. Así, sus canciones, cuando él las interpreta, tienen siempre, igual que les sucede por ejemplo, a las de Ray Davies, una gran dosis de ironía que no siempre es digerible para el gran público. Quizá por eso éste, su disco de debut, ni siquiera entrara en el Billboard 200, llegando incluso Reprise, la compañía que lo editaba, a ofrecer públicamente a sus compradores su cambio por cualquier otro de su catálogo. El disco quedó rápidamente descatalogado y fue sólo cuando a través de reiterados éxitos de otros con canciones suyas y versiones de las que había grabado que se reeditó y su carrera dio cierto brinco hacia una sana regularidad en las listas. Pero este debut homónimo ha visto siempre relegada su importancia en pro de otros como "Sail away" o "Good old boys", lo cual es tremendamente injusto teniendo en cuenta que está a años luz de la mayor parte de discos de la época. Newman se había curtido en el jazz de New Orleans y la impronta que eso deja en sus canciones es plausible, pero de una manera totalmente personal. Al contrario que en el resto de su discografía, no usaba aquí la instrumentación típica del pop (bajo, guitarra, batería) para acompañar a su piano. La producción es orquestal, o si prefieren, de banda sonora (hay que recordar que además su familia estaba plagada de grandes compositores de música de cine), lo cual reviste de elegancia historias tan tiernamente tragicómicas como las de "Love story (you and me)", "living without you" o la monumental "I think it's going to rain today" o las algo más desenfadadas "bet no one ever hurt this bad", "laughing boy" o la políticamente crítica "the beehive state". Una obra original, tremendamente madura y brillante para ser un debut, que quizá debido a su inteligencia o al retrato demasiado ácido que de la sociedad hacían sus letras, no pudo ser entendida como merecía en su época. El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón a Randy y ahora, multimillonario gracias a su música, sigue haciendo lo que le viene en gana y riéndose de todos.

    33. "Introspect", Joe South (Capitol):

    Para la crítica especializada, 1968 fue el año en que el pop, a través de los Byrds (de esto seguramente ya hablaremos), se acercó al country, pero poco se habla del momento en que el country se acercó al pop, lo cual es perfectamente visible en un disco tan impresionante como este que os presento aquí. Joe South no era ningún novato: además de haber tenido un éxito "novelty" o cómico con su canción "The purple people eater" en 1959, había puesto su guitarra al servicio de clásicos de la altura de "The sounds of silence" de Simon & Garfunkel, "Chain of fools", de Aretha o todo el disco "Blonde on blonde", de Dylan. Y Dylan fue, precisamente, el que encomió a Joe para que escribiera lo que realmente pensaba en sus canciones, así, un buen día, cogió una guitarra Grestch, la afinó de una manera bastante marciana y con un sonido similar al sitar compuso la enorme "Games people play", la perfecta canción protesta para su tiempo. Esta canción, que ganaría el grammy a la mejor canción en 1969, fue el germen de todo un lp que el cantante, compositor y productor  denominó descriptivamente como "Introspect" y que contenía un montón de canciones perfectas, las cuales dieron éxito a un buen montón de artistas que acogieron el disco como si de un contendedor de hits se tratara. Y no era para menos, su sonido contaba tanto con sofisticación como con melodías capciosas, de una rara comercialidad. Eran diamantes de algo que podríamos denominar como "country soul", que partía de la música tradicional sureña en que estaba enraizado su autor, que no olvidemos que provenía de Atlanta, Georgia, y abrazaba a partes iguales tanto el rhythm and blues como la psicodelia imperante en aquél momento. Encontramos perla tras perla: "All my hard times", ese "Rose garden"-que tres años después sería un exitazo sin precedentes para Lynn Anderson y mucho más tarde sería adaptada al castellano por los donostiarras Duncan Dhu- la burbujeante e imaginativa "Mirror of your mind", la monumentalmente dramática "The greatest love", la reivindicativa "These are not my people" o la infecciosa "The birds of a feather". Con "Introspect", que él mismo produjo, South supo encontrar un sonido que aún hoy suena moderno, imponente, exhuberante. Lástima que tres años después de su edición su carrera se viera truncada por una severa depresión, a causa del suicidio de su hermano, que le mantuvo prácticamente fuera de combate hasta su muerte en 2012. Una lástima. De verdad tenía talento, el tipo.

    32. "Workin´ on a groovy thing", Barbara Lewis (Atlantic):


    He aquí un rescate que me parece necesario, de una de las grandes damas olvidadas del soul. Barbara Lewis es especialmente recordada, si es que lo es, por "Hello stranger", una canción que ella misma escribió y que ha sido retomada hasta la saciedad por otros artistas, incluso hace poco, sin ir más lejos, con la tremenda versión que hizo Julia Holter en su disco "Loud city song" (2013). Pero obviamente, la carrera de la Lewis, procedente de Ann Arbor, Michigan, no acabó ahí. De hecho cuenta con una discografía más que sabrosa, pero como el soul, fuera de sus grandes nombres, es ese gran desconocido, casi nadie ha caído en la cuenta. Uno de sus grandes álbumes es este "Working on a groovy thing", aparecido en la misma discográfica en que grababa Aretha, Atlantic, pero al contrario que en el caso de la reina u otros actos que la disquera editaba, lo que aquí encontramos es un rhythm and blues tremendamente sofisticado, que se entrelaza con el pop, casi acercándose a Motown, pero sin el regusto a producción en serie que en la época tenía todo lo que producía el sello de las Supremes. El productor habitual de Barbara, Ollie Mclaughlin, no repara aquí en arreglos orquestales para dar a las canciones que se ofrecían a la cantante, compuestas por gente como Deon Jackson, Richar Wylie & Tony Hester, Roger Atkins, Neil Sedaka, Grant Higgins o la misma Lewis (la final "Thankful"), esa elegancia indiscutible que da a este disco un carácter fuera de lo común. Empezando por la titular, todas las piezas que se suceden son seda para los oídos del oyente, tanto cuando juegan al romanticismo ("Make me your baby", "Love makes the world go round") como cuando brindan rompepistas northern soul como las magníficas "I'll keep believin'", "I remember the feeling"o "I'll make him love me". Un disco realmente maravilloso y que merece la pena buscar en vinilo, aunque no sea fácil, para disfrutar plenamente de su bonita portada y de su sonido multicolor.

    31. "Roger Nichols & The Small Circle of Friends", Roger Nichols & TSCOF (A&M):

    Seguimos con sunshine pop, ya que el 68 fue el año clave de este estilo. Si bien, en este caso no interviene para nada su gran guru Curt Boettcher. Otro que tal fue Roger Nichols, que sería mucho más recordado por las canciones que escribió junto a Paul Williams o Tony Asher para otros artistas, como los Carpenters o Paul Anka, que por sus contribuciones personales al mundo del pop, de las cuales esta que aquí os recomiendo es prácticamente su única representación. Nichols, junto a su "pequeño círculo de amigos", que básicamente eran los hermanos Melinda y Murray McLeod, a las voces; el productor Tommy Lipuma y otros amigos como Lenny Waronker, Randy Newman o Van Dyke Parks. El disco fue poco o nada promocionado por parte de A&M records y pronto se hundió en el olvido, dedicándose Nichols a la composición para otros, pero la magnífica labor arqueológica del sello Rev-Ola nos lo devolvió restaurado y en edición cuidada hace algunos años. Y es una gran recuperación, porque los suaves sonidos que esta maravilla alberga son de otra galaxia. La fina y barroca producción, las armonizadas voces que parecen proceder de un universo paralelo, la soleada atmósfera que consiguen los arreglos, hacen de "Roger Nichols and The Small Circle of Friends" una de esas delicias sesenteras, uno de esos tesoros ocultos, que merece la pena degustar con deleite de gourmet. Además de las consabidas versiones de Lennon y McCartney, Bacharach u otros que poblaban la mayoría de discos de este estilo, las composiciones propias de Nichols ya apuntaban a lo más alto, tanto en el trallazo inicial de "Don't take your time", todo un tour de force de melodía y orquestación, la satinada "I can see only you", la vertiginosa "Love so fine"o en las algo más folk-rock "Just beyond your smile" o "Can I go" se nos descubre un portentoso compositor que aquí tuvo su campo de pruebas para confeccionar el sonido que pocos años después haría archifamosos a los Carpenters. Una de esas golosinas pop que con los años uno aprende a descubrir y que demuestran que no todo está en las revistas y las enciclopedias. Hay que escarbar y escarbar para encontrar el oro. 

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