Una pequeña oración. - Alquimia Sonora

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martes, agosto 28, 2018

Una pequeña oración.

Grandes cantantes ha habido un montón, pero reina indiscutible sólo había una y nos ha dejado. Mucho más que planear por el mundo de la música negra y el soul que ella más que nadie ayudó a perfilar, la sombra de Aretha se extiende sobre toda la música para  reivindicar la figura de la mujer poderosa, de la mujer al mando. Me temo que somos poco conscientes de su importancia. Aquí intentaremos rendir un merecido homenaje y reivindicar su tremenda aportación a la cultura de nuestra era.


Es muy difícil expresarlo con palabras, por ello siempre me ha resultado mucho más sencillo resumir los motivos de mi amor infinito por la música y mi dedicación en cuerpo y alma a su escucha e interpretación, personalizándolos en determinadas figuras icónicas que han generado en mi tal pasión. No lo duden ni por un segundo: uno de los principales motivos de que siga aquí al pie del cañón, hablando de lo que me gusta, respirando cada nota que escucho, ha sido esta MUJER, esta diosa, este milagro de la naturaleza, cuya luz jamás se apagará, pero cuyo cuerpo nos abandonaba el pasado 16 de agosto, para nuestra desgracia y orfandad.

La magnitud del nivel artístico y humano de la persona conocida como Aretha Louise Franklin es algo tan inalcanzable para el resto de los habitantes del planeta tierra que hace pensar que se trataba de un ser extraterrestre. Pero no, nació en Memphis y se crió en Detroit, en el seno de una bastante acomodada y religiosa familia. Su padre era el mediático y poderoso reverendo baptista Clarence LaVaughn Franklin y su madre, Barbara Siggers Frankin, una conocida intérprete de gospel que harta de las infidelidades del primero, tomó la difícil determinación de abandonar el hogar cuando sus hijas Aretha, Erma y Carolyn eran aún pequeñas.

La madre de Aretha murió al poco tiempo de dejar el hogar conyugal, cuando ésta contaba tan sólo 10 años, pero dio tiempo a que aprendiera de ella la esencia de la música gospel, que gracias a la congregación y -sobre todo- a conocidas de sus padres como Mahalia Jackson o Clara Ward, logró perfeccionar. Sabía tocar el piano desde los 8 años y cantaba regularmente en el coro de la iglesia, en el que ejercía frecuentemente de voz solista. Precoz para todo, a los catorce años grabaría su primer disco, "The gospel soul of Aretha Franklin" y engendraría a su segundo hijo, pues al primero, llamado Clarence, como su abuelo, lo parió con la tierna edad de 12 años.


Nada de esto fue impedimento para que la luz de un portento como ella brillara más que ninguna. Con 19 años el poderoso sello Columbia se interesó por su prodigiosa voz, intentando orientarla hacia el jazz y posteriormente hacia el rhythm and blues o lo que empezaba a conocerse como música soul, en un tono quizá excesivamente pop. Aunque esta etapa de su carrera ha sido largamente eclipsada por lo que vendría después, bien es cierto que fue un comienzo de andadura lleno de calidad. Discos como "Running out of fools" (1964) o el directo "Yeah!" (1965) no lograban capturar en su totalidad el desmedido talento de esta artista, pero sí muestran el poderío vocal de una intérprete que merecía más que recrear estándares de jazz o éxitos recientes de soul.

El golpe de timón ocurriría con la finalización del contrato con Columbia. Ninguna de las partes había obtenido lo que esperaba de su período de colaboración y por tanto tocaba buscar nuevos horizontes. Aretha y su nuevo esposo a la par que manager, el infame Ted White, dieron con el sello perfecto: Atlantic Records, fundado por  Ahmet Ertegün y Herb Abramson llevaba desde 1947 lanzando talentos afroamericanos al estrellato más rutilante. Ray Charles, Wilson Pickett o el rey Otis Redding a través de Stax, sello con el que tenían un acuerdo de distribución, eran algunos de sus buques insignia, pero faltaba un talento femenino que coronara el elenco tras 20 años de existencia del sello.

Aretha y su marido firmaron contrato con Atlantic a finales de 1966. Inmediatamente el sello la puso a las órdenes del afamado productor Jerry Wexler, que venía de trabajar con artistas de la talla de Ray Charles, Ruth Brown o The Drifters. La primera y más sabia decisión que adoptó éste con la diva fue trasladarla desde las sofisticadas calles de Nueva York, donde había basado su relación con Columbia, a las rurales tierras de Muscle Shoals (Alabama), donde se encontraban las instalaciones de los estudios de grabación más importantes de la historia de la música soul: FAME (Florence Alabama Music Enterprises) permitía recoger de manera fidedigna toda la esencia de las raíces de la música afroamericana y encapsularla en grabaciones sublimes.

Cuando la Franklin llegó al estudio, nadie sabía quién era aquella muchacha tímida que llegaba acompañada por su bravucón marido. Pero se sentó al piano y con una voz rotunda, a la vez que golpeaba las teclas comenzó a cantar un tema que decía "You're a no good heartbreaker, you're a lier and you're a cheat" (eres malo, un rompecorazones, un mentiroso y un tramposo), eran palabras dedicadas a su cónyuge Ted White, con el que guardaba una más que tormentosa relación -se divorciarían un año después, tras un duro período de violencia doméstica- merced a la cual la sesión que prosiguió fue caótica, con White haciendo correr el vodka entre los músicos e intentando a la postre despedir a todo aquél que mirara dos veces a su mujer.

De hecho, la sesión fue cancelada antes de completar un álbum entero, pero esto no impidió que el resultado, el single "I never loved a man (the way I love you)" subiera rápidamente al número 9 de los charts y todo el mundo empezara a preguntarse quién era esa mujer que cantaba con semejante furia a un marido despreciable. No en vano el sublime álbum que todos considerarían su verdadera ópera prima y que fue completado al final en Nueva York gracias a un Wexler que consiguió que sonara como si hubiera sido registrado en el sur, comenzaba con un "robo" de una canción de Otis Redding llamada "Respect", un canto muy masculino en manos de éste que ella logró transformar en un grito feminista que a partir de entonces le serviría como buque insignia.

Todo aquél lp, titulado como el gran single que le precedió, constituía de hecho un antes y un después en la música soul. Prácticamente ningún artista de ese estilo -y mucho menos de género femenino- había logrado hasta entonces una obra tan cohesionada y plagada de aciertos como este estreno para Atlantic. Sobre todo, cuando casi todo el material, a excepción de la mencionada canción de Redding o un par de versiones de Sam Cooke, era original o escrito para ella. Se trataba de una obra maestra que además se encumbraría en la primera y segunda posiciones de las listas tanto negras como de pop estadounidenses respectivamente, y le haría ganar nada menos que dos Grammys.


La fórmula había sido hallada y por tanto, había que explotarla. Bajo la batuta de Wexler y un elenco de músicos que incluía a lo más granado de la profesión, junto a sus dos hermanas Carolyn y Erma a los coros, grabó una serie de álbumes magistral: "Aretha arrives" (1967), el impresionante, considerado su mejor álbum, "Lady soul" (1968), el predilecto del que suscribe"Aretha now" (1968), "Soul'69" (1969) o los también imponentes "Spirit in the dark" (1970) "Young gifted and black" (1972) o el gospel "Amazing grace" (1972), que supondría el final de su colaboración con Wexler y el inicio de una búsqueda de la reivindicación del éxito perdido poniéndose a las órdenes de diversos productores de renombre como en "Hey now hey (the other side of the sky)" (1973), con  Quincy Jones, o "Sparkle" (1976), con el inmenso Curtis Mayfield. Ni siquiera así cumplió su objetivo, de modo que la relación con Atlantic expiró en 1979.

Los años 80 la pillaron con el pié cambiado. Era difícil asumir todos los cambios que la nueva década prodigiosa traía consigo. Su colaboración en la película de los Blues Brothers le dio un nuevo brío a su popularidad, pero sus intentos de trasladarlo al campo discográfico fueron en vano. Tras una reunión fructífera con Clive Davis firmó contrato con su rutilante sello, Arista, pero los trabajos que fue produciendo rara vez cumplían las expectativas que generaba un pasado como el de ella. Sólo "Jump to it" (1982), a las órdenes de Luther Vandross, "Who's zooming who?" (1985) y "Aretha" (1986), con portada de Andy Warhol, lograrían algo de éxito y actualizar su imagen de acuerdo con los tiempos.

No obstante, mal final tendría la década: su padre murió en 1987 tras ser abatido de un tiro y pasar varios años en coma. En conmemoración Aretha grabó su segundo disco gospel "One lord, one faith, one baptism", que esta vez sí, puede considerarse un gran trabajo.

A partir de los 90  y tras su inducción al Rock and Roll Hall of Fame, su figura fue transformándose en la de una de esas divas semi-olvidadas que de vez en cuando salen a la palestra para recordarnos quién fueron. Discos como "What you see is what you sweat" (1991) o sobre todo la caja recopilatoria de su etapa dorada de explícito título "Queen of soul" (1992) tuvieron sin duda ese efecto, pero a partir de ahí sus apariciones se fueron espaciando más y más.


El nuevo milenio, sin embargo, trajo la reivindicación de su figura como lo que realmente era: uno de los mayores milagros de su país. Así, recibió la medalla presidencial de la libertad y fue la segunda mujer inducida al UK Music Hall of Fame, recibió su 18º Grammy por una colaboración con Mary J. Blidge y fue la encargada de cantar en el discurso inaugural del presidente Barack Obama. Así, con nuevos bríos, se las arregló para volver con éxito a los escenarios, fundar su propio sello discográfico y lanzar un par de decentes discos, uno de ellos "Sings the great diva classics" (2014) cobrándose las deudas con algunas de sus más relevantes pupilas. Y aún tuvo tiempo de dejar a medio mundo con la boca abierta con la TREMENDA interpretación de uno de sus mayores éxitos "You make me feel like a natural woman" (ver), que realizó en el homenaje que se le hizo en el Kennedy Center a su autora, Carole King.

Parecía que Aretha iba a existir hasta la eternidad, pero no, el cáncer de páncreas contra el que llevaba luchando varios años acabó postrándola y cuando el 12 de agosto se anunció la gravedad de su estado, la suerte estaba echada. El verano se tornó frío la mañana del 16 de agosto en que nos dejaba la auténtica reina de la música. No sólo del soul, de la música en general, porque ninguna mujer como ella ha sabido dar significado y posición a su género en un mundo cruel en que los hombres campan por sus respetos. Ella demostró que se podía tener el timón de lo que se hace y buena nota han tomado todas las que han llegado después, pero sólo había y habrá una Aretha. La reina indiscutible que convertía en oro cualquier composición que sus cuerdas vocales acariciaran, la sublime intérprete llena de carisma que silenciaba a todos cuando abría la boca. Por todo ello la música popular a partir de ahora queda maltrecha, sin prácticamente iconos vivos y con la falta de un faro femenino de la suficiente entidad. Pero no nos engañemos, es el signo de los tiempos. La época de las grandes estrellas pasó y es momento de tomar rumbo a otros horizontes, pero no olvidemos lo que algunos prodigios como esta mujer nos enseñaron. Su memoria debería vivir para siempre.

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