Tórtel, "Las tres tormentas" (Intromusica, 2018) - Alquimia Sonora

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viernes, septiembre 28, 2018

Tórtel, "Las tres tormentas" (Intromusica, 2018)

Jorge Pérez entrega su quinto disco bajo la marca Tórtel y destapa su lado más complejo e íntimo en un disco arriesgado, ensoñador y diferente a todo y a todos. 



"Creo que soy ese rey que perdió su voz...por mentir", eso dice Tórtel en "El rey podrido", canción de apertura de su poliédrico nuevo disco. Nada de eso es cierto, Jorge Pérez es incapaz de mentir. De hecho, se muestra en este disco más sincero y transparente que nunca.

Es curioso que tanto él como su colega Alberto Montero, junto al que ha presentado hace relativamente poco el EP colaborativo "Alucinados" (Intromúsica, 2018), hayan aprovechado sus respectivos lanzamientos en solitario para exorcizar momentos catárticos de sus vidas. Tal como ocurría en "La catedral sumergida" del saguntino (ver reseña aparecida aquí hace unos meses), el período de gestación de la obra que nos ocupa ha sido lo bastante intenso a nivel emocional como para que el disco signifique algo bastante más complejo que la sempiterna colección de canciones.

De hecho, aunque Jorge es incapaz de dejar de ser pop, esto viaja por derroteros bastante diferentes del resto de su obra. Es plausible el deseo de hacer las cosas de un modo diferente, de dejarse llevar a donde sea que le lleven las historias que tiene que contar. Y todo eso sin dejar de ser él mismo, por supuesto. O debería decir "ser ellos"? Porque esto además de ser un disco eminentemente personal es también una obra coral, en la que han colaborado, además de los habituales Enric Alepuz, Al Pagoda, Jesús Maciá o Abel Hernández, talentos afines como Rauelsson o Joaquín Pascual.

Portada y fotografías por Carlos Galaxia
Este "Las tres tormentas" -no sabemos si el título es una alusión metereológica o cinematográfica a aquél "Golpe en la Pequeña China" (John Carpenter, 1986)- es un disco que mira al interior de su autor, pero hecho codo-con-codo con sus amigos. Y puede escucharse perfectamente de cabo a rabo como un escape sonoro, como un fresco, un todo, alejado del concepto canción. Los diez momentos de que se compone el disco están sumidos en una espesa capa de ensoñación, como si el que nos habla escapara de una extraña bruma, como si su alma pesara. Se ha jugado con las texturas, se han aceptado riesgos, como nunca antes y se ha terminado en un lugar nuevo (curiosamente, como el título de su primera referencia como Tórtel), que no es para nada lo que se esperaba. En eso consistía el arte, no?

Lejos incluso del ya de por sí avanzado "Transparente" (Intromúsica, 2016) "Las tres tormentas" es una obra diferente a prácticamente todo lo que encontraréis a vuestro paso en este 2018. La época de los experimentos, de las reinvenciones, de pelear a la contra, ha pasado, pero aún nos quedan aventuras como ésta que reivindican el hacer personal de creadores que no pueden evitar dejar volar la imaginación y presentarnos mundos nuevos. Dimensiones desconocidas hacia las cuales uno puede dejarse llevar a ciegas cuando un verdadero artista nos tiende su mano para hacer de guía.

Eso es lo que pasa aquí, como en aquellos viejos discos de Ryuichi Sakamoto con la YMO, lo último de Tórtel tiene ese halo cinematográfico, ese de-principio-a-fin que, sin narrarla de manera explícita, nos ofrece una historia singular, o más bien, las tripas de su compositor en bandeja.

Y no se preocupen: nada ha cambiado realmente, el Jorge Pérez de siempre sigue estando ahí, en piezas tan exquisitas como "Capa oscura"; pero la idea que nos quiere explicar resplandece especialmente en piezas no tan concretas como la profundamente impresionante "Adelante", con ese mensaje de whatsapp hecho letra o con las ensoñaciones orientales de "Poder absoluto". Todo este puzle de paisajes es el que da forma a una especie de espíritu envasado al vacío. Todo un regalo, pues los ofrecimientos a corazón abierto nunca fueron cosa frecuente, y menos en los tiempos que corren, pasto de posturas impostadas.

En "Las tres tormentas" Tórtel ofrece su verdad desnuda, descarnada, carente de pretensión y con trazos de genialidad. Creo que nada más se puede pedir a un artista que se ha preocupado por dar siempre un paso más allá en cada uno de sus proyectos. Aquí el paso es de gigante. Y no sé si es demasiado prematuro decir que alcanza la condición de sublime, pero sí diré que a mi me ha dejado el sabor que sólo dejan las cargas de profundidad, las obras que tienen la vocación de perdurar, los discos que importan porque nos ofrecen un espejo en el que mirarnos, discos que son la vida misma, discos a años luz de todo lo que nos rodea. Discos estratosféricos.

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