Steve Vai - Córdoba. Teatro de la Axerquía, 16.7.16

Las razones por las que a un ser humano se le atribuyen supuestas virtudes de alienígena pueden variar en función de su peculiar ocupación, habilidades únicas o unanimidad de los que le rodean y al mismo tiempo admiran. Que te llamen –o que te llames a ti mismo- extraterrestre no es, teniendo en cuenta dichos factores, nada en absoluto peyorativo. Más bien, un indicador diferencial, una marca de distinción, una etiqueta que llevar con dignidad e incluso orgullo, hasta el punto de hacer de dicha condición una de las razones de ser de tu existencia artística. Porque eres de carne y hueso, claro, y no haces nada especialmente extraordinario ni hablas en lenguas desconocidas en la tierra, siempre que algo tan prosaico como tocar la guitarra se considere como algo dentro de la normalidad. Se ha oído tantas veces eso de de que cualquiera puede hacerlo con un poco de práctica e interés que casi se ha perdido la capacidad de sorpresa ante cualquiera que lo haga con una pericia muy por encima del resto. Como tantas otras cosas, todo es cuestión de perspectiva.

Asistir a ciertos conciertos conlleva una carga previa de mentalización y expectativas. Es factor fundamental en ello el conocimiento de la obra y objetivos de los protagonistas al enfrentarte a los primeros temas en escena. Esperar de un directo de Steve Vai algo nuevo a estas alturas no es algo que entrara en nuestros  pensamientos, sustituidos por la tenue excitación que supone ver a una estrella del rock duro, o heavy rock, o simplemente a un guitar hero que se esforzó desde pequeño para serlo, y que no quería hacer otra cosa en la música aparte de convertirse en eso mismo. Te sientas más o menos cercano a sus presupuestos, la primera vez siempre es la más emocionante, para bien o para mal, y los sentimientos encontrados ante lo que esperabas, lo que te ofrecen y lo que te llevas consigo intentan nublar tu habitual equilibrado entendimiento. Luchas por llegar a conclusiones parciales y antes de que te des cuenta, sabes que esta es una de esas ocasiones plenamente disfrutables, disfrutadas en esencia, pero que quedan lejos de ser irrepetibles y sobre las que te asaltan las dudas sobre tu posible reincidencia. Estás allí, sí, inundado solo por momentos de un potentísimo caudal de virtuosismo desalmado, y te asombras hasta el exceso y no cejas en tu empeño de zambullirte en el trance colectivo que te rodea, y no lo consigues, y piensas que encajas solo a medias en un entorno que exige tanta concentración. Y mira que lo intentas.
Era de recibo concluir un Festival de la Guitarra con una auténtica estrella del instrumento, en teoría el núcleo de un cartel que se adorna con otras de igual relumbrón en un espectro mucho más amplio. Por eso la presencia de Vai, el marciano, se hacía para muchos esencialmente necesaria. Arropado por un aura de infalibilidad y excusándose en la celebración del vigésimo quinto aniversario de la grabación de un álbum básico en su discografía, ‘Passion and Warfare’, se presenta envuelto en un capazo pseudogaláctico, gafas propias de rave barrial y fosforescencias en el mástil de una de sus preciadas Ibanez, un diseño tan provocador como inofensivo una vez desglosadas las primeras notas. La sucesión de escalas, mezcladas casi sin solución de continuidad, la mezcla de efectos y la explosión de exhbicionismo estallan para quedarse durante las próximas dos horas. La compañía del multipremiado bajo de Philip Bynoe y la elevada batería de Jeremy Colson no es estrictamente necesaria ante el excesivo protagonismo de las guitarras, casi una por tema, del galáctico dios que conmemora el cuarto de siglo de su más preciada criatura discográfica. 

Uno de los problemas del amigo Steve, al que tampoco le preocupa demasiado, es el de no dar el espacio suficiente a sus compañeros de disfrute, ni siquiera a la segunda guitarra de otro músico de impresión llamado Dave Weiner , el basar el noventa por ciento del espectáculo en lo vertiginoso de sus dedos, en el exhibicionismo puro y desbocado, en el egocentrismo de licra y empatía con los ya rendidos ante su egregia figura. Los que aún no lo estábamos y seguramente no lo estaremos nunca del todo nos basamos en otros elementos de juicio igualmente ponderables, como la valía intrínseca de unas piezas potencialmente exitosas en sí mismas (‘For the love of God’) ancladas en base sinfónica (‘Liberty’), plenas de ebullición (‘The animal’), especiadas en su brevedad (‘Ballerina 12/24’), abiertas a otros parajes igual de exigentes (‘Blue powder’) o más cercanas en pretensiones (‘Love secrets’), para intentar desentrañar los misterios de tanta admiración. Lo conseguimos solo a medias, pero es de bien agradecidos asegurar que una carrera mantenida en la cumbre durante tantos años no es fruto de flor de un día, y que el autodidactismo y la continua inspiración son la fuente del saber en cada una de las disciplinas elegidas.

Del atrezzo audiovisual no se ha dicho nada, pero se resume en pocos y elocuentes términos. En la pantalla se combinan imágenes de las que no parece avergonzarse, cuando la estética imperante en los ochenta lo obligaba a aparecer en todos los vídeos con la melena ondeante e impoluta, con sus aventuras profesionales junto a Brian May y su gran maestro e inspirador Frank Zappa, para el que solo tiene palabras de alabanza y de cuya música aseguraba no entender ni jota cuando ingresó en su equipo, así como el gran momento de masturbación colectiva (a las cuerdas ya las soba sobradamente por delante y por detrás, de seis en seis, lengüetazos de por medio incluidos) al alternarse a los riffs con otros dos catedráticos en la materia, tan brutos y fríos como él, que responden a los nombres de Joe Satriani y John Petrucci, virtualmente presentes y pasándoselo igual de bien con sus cuidadas criaturas. Lo de subir al escenario a dos de los más adelantados (por la posición) seguidores de la noche para tontear verbalizando wah-wahs y melodías y divagar acerca de la supuesta fantasía común de los allí presentes, que no era otra que la de tocar la guitarra con él aunque solo sea por unos segundos, es otro adorno más, el accesorio postrero con el que enarbolar la bandera de la autosatisfacción. La grandeza queda ahí, reducida a la enjuta estampa de un cincuentenario que ha dedicado media vida a aprender, educar, perfeccionar, practicar, inventar, profundizar y deleitar con un instrumento a esa gran parte de los melómanos que confunden espectáculo con alma y perfección con estilo. La música, en toda su magnificiencia e inabarcables paisajes, es otra cosa. Pero de eso hablaremos otro día, señor alienígena.




























Texto: JJ Stone
Fotografías: Raisa McCartney

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