Laura Cantrell. La Rambleta. 02/04/2017

Una perfecta tarde de domingo con la mejor tradición de Nashville, de la mano de una de sus más portentosas valedoras.


Laura Cantrell es grácil, majestuosa. Eso de entrada, pero a la vez, es también humilde, cotidiana. Uno, al verla salir a escena con esa media melena tan formal y esa rebequita que adecuadamente cubre busto y hombros, encima de un recatado vestido de lunares, perfectamente podría imaginársela preparando el desayuno para sus hijos antes de llevarles al colegio o a punto de entrar en la oficina a las ocho de la mañana. Se aleja de los estándares, del glamour de otras estrellas del country actual como, se me ocurre, Nikki Lane, otra gran dama que también nos premió con el placer de su visita hace poco. 

Lo mismo puede decirse de su música, en que esa cotidianidad, esa humildad del día a día, se encuentra siempre presente. Así lo atestiguaron ayer canciones como "Queen of the coast" o "Early years", en las que tal como las presentó ella misma, la cantante rinde tributo a sufridas esposas de artistas granujas como Buck Owens o Merle Haggard. Pequeñas historias de mujeres anónimas, amores incondicionales y adicciones peligrosas de las que está llena la historia del country, pero que ella sabe llevar a un terreno personal, un universo propio. Y eso es precisamente lo que la hace tan especial y sobre todo, tan importante: la Cantrell es una de las principales conservadoras de un museo imaginario dedicado a la preservación de las tradiciones de la música norteamericana, la misma que la entronca con su admirada Kitty Wells, así como con Johnny Cash, Hank Williams, Patsy Cline, Johnny Horton, Gram Parsons o Emmylou Harris, con cuya voz la suya, por cierto, guarda ciertos paralelismos. 

Y una vez hechas las presentaciones, vayamos al turrón: de nuevo la implacable enfermedad del catetismo hizo su aparición en una ciudad, para la cual el horario vespertino de un día festivo es momento ideal para apurar el gin tonic dominguero tras la tremenda ingesta de la paella familiar, para visualizar en el televisor desde el sofá y con encefalograma plano los highlights de la jornada deportiva; cualquier cosa menos acudir a disfrutar manifestaciones musicales poco habituales en nuestros escenarios y de una calidad indudable. Como siempre, margaritas a la piara y una afluencia de público más que discreta para recibir a una de las figuras más importantes de la canción americana en lo que va de siglo. Luego nos quejaremos de que aquí no pasan cosas. 


Si algo tuvieron de positivo, precisamente, la poca gente y la elevada edad de la misma, es que el silencio, la educación y el respeto reinaron para variar y eso benefició el disfrute de la gran calidad de sonido con que nos premió una sala perfecta (con el permiso de otras ilustres de la ciudad) para disfrutar de este tipo de eventos. Un recinto elegante e íntimo, que recibió a la de Nashville con la gran ovación que merecía, a la cual respondió ella tal como apuntaba antes, con humildad, una exquisita educación y una voz, que si bien lineal y no excesivamente dotada, sabe acariciar de tal manera las melodías de las canciones de su dueña, que encandila de inmediato a la audiencia. 

Y es que algo pasa cuando canta esta mujer. El mundo experimenta uno de esos parones que hacen que la vida se resitúe y que el arte cobre la importancia que debe. Porque tiene una de esas presencias solemnes que hacen calibrar cada una de las palabras que salen de su boca, apreciar cada nota que emiten ella y una banda soberbia, por cierto, que arropaba a la perfección todas esas canciones que han motivado que la prensa constantemente haya cantado sus glorias. 

Ya lo dijo John Peel acerca de su primer disco "Not the trembling kind": ·"es mi disco favorito de la década y quizá también de mi vida". El locutor de la BBC la introdujo en su país, que la ha querido a rabiar y por ello el motivo de su visita es la promoción del lanzamiento de su disco "At the BBC", con grabaciones para dicha emisora en el período 2000-2005 y por tanto, dar un repaso a la escasa discografía que ha logrado aglutinar desde principios de este siglo, que no por corta es menos impresionante y repleta de creaciones soberbias. 

Y son precisamente esas canciones las que cobraron el protagonismo desde el primer minuto del concierto: "Can't wait" o "All the girls are complicated", de su último ofrecimiento de material propio hasta la fecha, son dianas certeras y dinámicas que sirvieron de antesala a una completa muestra de la colección particular de esta autora, que es ante todo una consumada contadora de historias. No en vano, tal como contó, una antepasado suya, se dedicaba a recopilar canciones tradicionales en un cuaderno, el cual ha ido pasando de generación en generación y del que recuperó una de esas "Murder ballads" tan típicas del cancionero western. "Poor Ellen" cuenta la historia del asesinato de la joven Ellen Smith, a manos de su despiadada pareja, un tal Peter DeGraff, que le descerrajó un tiro en el pecho, dándole muerte. 


Todas esas historias, se fueron sucediendo una tras otra a lo largo de la impecable, extremadamente elegante, actuación con que premiaron al público asistente Cantrell y una banda, que como antes apuntaba dio perfecta cobertura a soberbias recreaciones de "All blue" (una de las rarezas que contiene "At the BBC"), "Churches off the interstate", "Big wheel", "Starry skies" o un "Not the trembling kind" con que dio por finalizado un set que el ovacional público se encargó de alargar a un triple bis con nada menos que "Kitty Wells dresses", del disco que dedicara a la artista que más la ha influenciado, así como la preciosa balada de su ópera prima "The whisky makes you sweeter" y una final y vertiginosa "Yonder comes a freight train", que causó el delirio de un público tremendamente agradecido por asistir, en clima de intimidad, a una de esos acontecimientos, desgraciadamente casi secretos, que uno guarda en el cofre de lo inolvidable. 

Lástima que, como bien dice el refrán popular, "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe". Esperemos que este entusiasmo que comanda el proceder de promotoras como Tranquilo Música no se acabe nunca. Podría ser que llegados a un determinado punto de frustración, se dediquen en exclusiva a los grupos festivaleros, los grandes nombres infalibles y el moderneo llena-salas y nos dejen sin estos bocados de cardenal que tanto nos gustan a muchos más de los que acudimos a la llamada en esta ocasión. Será necesario que todo acabe para que nos demos cuenta de nuestro error? 

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