Hay conciertos que se disfrutan. Y luego están los que se sienten como una grieta en el tiempo. Lo vivido el 25 de abril en Marenostrum Fuengirola con El Último de la Fila pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. No fue sólo un concierto, sino un ejercicio de nostalgia generacional, una vuelta a una juventud hecha de canciones que no sólo escuchábamos, sino que hacíamos nuestras y aprendíamos con una devoción casi litúrgica.
El arranque ya dejaba claras las intenciones. Las pantallas se encendieron con un inesperado guiño arcade: una cuenta atrás pixelada que nos llevó, sin pedir permiso, a aquellos bares de luces tenues donde alternábamos partidas y descubrimientos musicales que rara vez sonaban en la radio. Era más que un recurso visual, era una puerta de entrada emocional. Y cuando terminó la “jugada”, la instrumental de “Mar Antiguo” empezó a desplegar un oleaje suave que nos fue sumergiendo, poco a poco, en todo lo que vendría después.
El viaje, como no podía ser de otra manera, empezó mucho antes de El Último de la Fila. “Huesos” y “Conflicto armado” nos empujaron hacia atrás, hacia aquella etapa en la que Manolo García y Quimi Portet se hacían llamar Los Burros (tras el breve episodio de Los Rápidos). No fueron las únicas en aparecer, a mitad del setlist también rescatarían “Disneylandia”, pero sí el prólogo perfecto para un relato construido con memoria y coherencia.
A partir de ahí, el repertorio se convirtió en una sucesión de himnos, aunque con esta banda, la palabra himno pierde exclusividad. “Querida Milagros”, “Aviones plateados”, “Dios de la lluvia”, “Canta por mí”, “Sara” o “Lejos de las leyes de los hombres” fueron recibidas con una mezcla de emoción contenida y catarsis colectiva. No había distancia entre escenario y público, había comunión y una cercanía que se palpaba desde la primera fila de pista hasta la última de las gradas.
Parte de esa conexión tuvo mucho que ver con la actitud de los propios protagonistas. Comunicativos y visiblemente cómodos, Manolo García y Quimi Portet se dirigieron al público con la naturalidad de quien vuelve a casa. Portet, micrófono en mano, recordó aquellos primeros conciertos ante apenas 150 personas (cifra que hoy muchos grupos emergentes firmarían sin dudar) y cómo Manolo despedía al público con un “Id y multiplicaos”.
La profecía, tres décadas después, se había cumplido con creces: 18.000 personas abarrotaban el recinto para presenciar el primer capítulo de esta esperadísima vuelta. Junto a ellos, una banda solvente y bien curtida entre la que también pudimos ver a Sara García en varios instrumentos.
Treinta años han tenido que pasar para que este reencuentro se materialice. Y lo cierto es que no pudo estar mejor cuidado. Desde el trato exquisito de la banda hacia la prensa hasta la impecable organización del recinto Marenostum, entrada escalonada, salida fluida, atención constante al detalle, todo contribuyó a que la experiencia fuese tan cómoda como memorable.
El tramo final, como manda la tradición, llegó en forma de bises. “Ya no danzo al son de los tambores”, “Los ángeles no tienen hélices”, “Como un burro amarrado en la puerta del baile” y la inevitable “Insurrección” elevaron la temperatura emocional hasta el límite.
Pero aún quedaba una última sorpresa: una versión de “El Rey”, de José Alfredo Jiménez, que terminó de justificar la presencia de mariachis en el recinto antes del inicio del show. Un guiño final que cerraba el círculo con inteligencia escénica dos horas de show de alta intensidad emocional.
Lo de Fuengirola no fue un simple regreso. Fue una declaración de intenciones. Un espectáculo pensado de principio a fin para ser inolvidable. Y, sobre todo, el primer paso de una vuelta que, por suerte, no ha hecho más que comenzar.
Fotos: Jacques-Marie Bat





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