Hay conciertos en los que el músico interpreta un repertorio y otros en los que el repertorio parece un pretexto para que el músico cuente quién es. El de Ara Malikian pertenece claramente a la segunda categoría. En su gira Intruso 2026, el violinista convierte el escenario en una especie de territorio sin fronteras donde caben Paganini y Jimi Hendrix, Piazzolla y Paco de Lucía, Charles Aznavour y la música clásica. Y, entre pieza y pieza, también caben un niño llamado Cairo, una estancia en Alemania dedicada ,según el propio Malikian, a no hacer absolutamente nada y algún que otro «destrozo» musical. Porque si algo demuestra Malikian es que el virtuosismo no tiene por qué ser solemne.
El concierto arranca con “Renacer”, una declaración de intenciones que sitúa desde el principio el violín en el centro de todo. Malikian no toca simplemente las notas, las persigue, las araña, las estira y, cuando hace falta, parece enfrentarse físicamente a ellas. Su particular manera de tocar tiene algo de gesto teatral, de danza y hasta de combate. El arco se convierte en una extensión del cuerpo y el instrumento adquiere una expresividad que desborda cualquier frontera entre lo clásico y lo popular.
Después llegan “Krikor Aklot” y “Niño rata”, y es precisamente aquí donde aparece una de las grandes virtudes del espectáculo, la capacidad de Malikian para romper la distancia que suele existir entre el intérprete y el público. Antes de que la música se imponga, aparece el contador de historias.
La explicación del título de “Niño rata” es uno de esos momentos que explican mucho mejor al artista que cualquier biografía. El nombre, cuenta, no responde a una sesuda decisión artística ni a una estrategia de marketing, fue su hijo, Cairo, quien decidió que la canción debía llamarse así. Y ahí está Malikian, uno de los grandes virtuosos del violín de nuestro tiempo, aceptando con naturalidad que una composición termine llevando un nombre que podría haber salido perfectamente de una conversación doméstica. La anécdota provoca la risa, pero también revela algo importante, detrás del personaje escénico hay un músico que no se toma a sí mismo demasiado en serio.
Ese sentido del humor funciona como contrapunto perfecto a la extraordinaria exigencia técnica de la música. El bloque central del repertorio se adentra en el universo de Intruso con “Concerto Grosso Nº 2 Intruso”, “Karma” y “Mi Capricho 24”. Y si hay una palabra que define la interpretación de Malikian es precisamente exceso. Exceso de energía, de velocidad, de teatralidad y de imaginación. Pero un exceso controlado por una técnica formidable.
Especialmente revelador es el momento en que anuncia el “Capricho nº 24” de Paganini. En lugar de presentarlo como una pieza intocable del repertorio violinístico, Malikian habla de hacer un “destrozo”. Es una forma muy suya de enfrentarse a la tradición, no desde la reverencia paralizante, sino desde el respeto que permite jugar con ella. Paganini no aparece como una pieza de museo, sino como un territorio de aventura. Y el supuesto “destrozo” acaba siendo, naturalmente, una exhibición de dominio.
La diferencia está en que Malikian consigue que el público no perciba la dificultad como una barrera. La técnica está ahí , en cantidades abrumadoras, pero nunca parece existir para demostrar que el intérprete puede hacer algo que los demás no. Está al servicio del espectáculo, de la emoción y, sobre todo, de la narración.
En “Fuga y misterio”, de Astor Piazzolla, el concierto cambia de color. El tango nuevo aporta una sensualidad distinta, una tensión más contenida, y permite comprobar que el violín de Malikian no necesita correr para resultar vertiginoso. Hay momentos en los que basta con una frase sostenida para llenar el escenario.
Luego llega “Zyryab”, el homenaje a Paco de Lucía, y con él otra de las constantes de esta propuesta, la fascinación de Malikian por las músicas que viven fuera de las etiquetas. Su violín puede dialogar con el flamenco con la misma naturalidad con la que antes se había enfrentado a Paganini. Esa es, en realidad, la esencia de Intruso, la condición de quien no termina de pertenecer a ningún lugar y, precisamente por eso, puede entrar en todos. En el escenario deja de serlo. Malikian entiende que el rock no es solamente una cuestión de guitarras eléctricas, también es actitud, ataque, riesgo y libertad. Su violín adquiere aquí una personalidad casi eléctrica y vuelve a demostrar que su gran habilidad no consiste únicamente en.
El salto hasta “Foxy Lady”, de Jimi Hendrix, podría parecer imposible sobre el papel. En el escenario deja de serlo. Malikian entiende que el rock no es solamente una cuestión de guitarras eléctricas: también es actitud, ataque, riesgo y libertad. Su violín adquiere aquí una personalidad casi eléctrica y vuelve a demostrar que su gran habilidad no consiste únicamente en tocar cualquier repertorio, sino en hacer que cada repertorio parezca susceptible de ser tocado por él.
Hay también espacio para la canción y la memoria con “La Bohème”, de Charles Aznavour, y para una dimensión más íntima con “Pisando flores” y “Nana arrugada”, que conduce el concierto hacia su tramo final. Y entre todo ello aparecen las historias. Malikian recuerda su paso por Alemania con una sinceridad deliberadamente caricaturesca, estuvo allí, cuenta, sin hacer nada. La frase funciona como gag, pero vuelve a aparecer el mismo mecanismo que recorre todo el espectáculo, rebajar la solemnidad del personaje para elevar la humanidad del músico. El violinista virtuoso, el artista internacional, el hombre capaz de enfrentarse a Paganini o Hendrix, también puede reírse de sí mismo y de sus propios recuerdos.
Ahí reside buena parte de la eficacia de este concierto. Malikian no utiliza el humor como descanso entre las piezas, lo utiliza para construir el espectáculo. Las bromas, las anécdotas y las explicaciones de los títulos crean complicidad. El público deja de contemplar a un virtuoso desde la distancia y empieza a acompañar a una persona que le cuenta por qué toca lo que toca. El resultado es un concierto deliberadamente mestizo y profundamente personal. Hay música clásica, rock, tango, flamenco, canción francesa y composición contemporánea, pero no parece una colección arbitraria de estilos. Todo pasa por el mismo filtro, el violín de Ara Malikian.
Cuando el concierto termina, queda la sensación de haber asistido a algo más que a una demostración de virtuosismo. El virtuosismo, por sí solo, impresiona. Lo difícil es conseguir que el público se emocione, se sorprenda y se ría al mismo tiempo y en ese sentido, Ara Malikian es único.







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