[Crónica] María José Llergo dinamita las fronteras del flamenco en Granada (09/10/2026)


María José Llergo no necesita elegir entre tradición y vanguardia. En su universo conviven el quejío, los sintetizadores, el reguetón y el drum and bass sin que ninguno desplace al otro. Así lo demostró en el Palacio de Congresos de Granada, dentro de 1001 Músicas – CaixaBank, con El Juego Tour, la gira de su tercer álbum. Tras su paso por el Teatro del Generalife hace dos años y una reciente gira europea, la cordobesa regresó para desplegar una propuesta donde la experimentación sonora nunca eclipsa lo esencial: una voz descomunal y una manera de interpretar que atraviesa cualquier artificio.


Con una escenografía geométrica bañada de azul, María José Llergo puso en marcha la maquinaria junto a Mario Coloma (teclados y sintetizadores), Carlos Sosa (percusión y samplers), Nin Vargas (violín) y Lluís Borrel (bajo). Traicionero y Espina clavá abrieron un repertorio marcado por el desamor, mientras las bases electrónicas dibujaban un paisaje tan cercano al club como a la raíz flamenca. Pero es su voz la que manda: quiebros, melismas y cambios de intensidad que se imponen a la producción y mantienen intacta la tensión incluso en los pasajes más desnudos.


La artista confesó sus nervios por cantar en la tierra de Morente y Lorca antes de recuperar el vínculo con Granada a través de Juramento, nacida, según explicó, en el Sacromonte de sus amores. Desde ahí, el concierto transitó por el R&B y el trap de La celda hasta la seguiriya descompuesta de Me miras pero no me ves, denuncia de la invisibilidad de las mujeres que trabajaron toda su vida en el campo. Las primeras palmas espontáneas surgieron entre el público, prolongándose en los aires de alegrías electrónicos de La luz. Tradición y revisión, sí, pero sin convertir la mezcla en un simple ejercicio de estilo.


El desamor encontró distintas salidas en Olvídame, donde la ruptura se transforma en liberación; Veneno, con su reguetón engañosamente festivo; la bachata de inspiración andalusí de Otros besos, y las atmósferas oscuras de Mala mía. En Superpoder, la contundencia electrónica acompañó un relato más íntimo sobre las dificultades económicas y los prejuicios que marcaron sus comienzos. Llergo reivindicó entonces la sensibilidad como una fortaleza, una declaración que encaja con una trayectoria empeñada en hacer de la vulnerabilidad una forma de resistencia.


El gran paréntesis emocional llegó con Mediterráneo. Acompañada únicamente por el piano, abandonó el escenario y cantó entre los asistentes la emblemática pieza de Joan Manuel Serrat. Sin el respaldo de la banda, su interpretación dejó al descubierto todos los matices de una voz capaz de sostener por sí sola la canción. Fue uno de los momentos más intensos de la noche y la ovación posterior confirmó que, por encima de cualquier despliegue tecnológico, el impacto de Llergo reside en su capacidad para emocionar sin intermediarios.


Después, Agua negra recuperó el vértigo del drum and bass para hablar de relaciones dañinas, antes de que Rueda rueda devolviera al auditorio la energía festiva. Bien de amores, reivindicación de una forma de querer libre de sufrimiento y toxicidad, cerró el concierto con el público en pie.

María José Llergo salió de Granada sin pedir permiso para mezclar códigos ni rendir cuentas a los guardianes de ningún género. Su mérito no está únicamente en acercar el flamenco a los lenguajes de la música urbana, sino en conseguir que esa transformación tenga sentido, personalidad y emoción. Cuando la electrónica se apaga, queda una intérprete con recursos de sobra para sostener el silencio. Y cuando vuelve el pulso, su raíz sigue ahí, indomable.


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