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    martes, noviembre 11, 2014

    DEL POP Y OTRAS OBSESIONES: "¿PERO QUÉ LE PASA A PRINCE?"

    Es la gran pregunta que todos a los que en algún momento nos pareció un genio deberíamos hacernos.

    Prince, “the artist” o como quiera que ahora prefiera que le llamen, acaba de volver a Warner Brothers -discográfica con la que vivió sus años de máximo esplendor artístico y de la que se fue dando un portazo mientras clamaba que le habían convertido en un esclavo- y acaba de editar simultáneamente dos nuevos trabajos: uno más acorde a su sonido de siempre titulado “Art official age” y otro muy hard-rock, junto a su nuevo grupo Third Eye Girl, titulado “Plectum electrum”. Para lanzar ambos discos se ha desplegado una maquinaria de promoción bastante importante, en la que destaca la actuación que el pasado 1 de noviembre llevó a cabo junto a su banda de chicas rockeras en el mítico programa Saturday Night Live de la NBC y que la mayoría de medios coinciden en calificar de “histórica”.

    Y sí, desde luego, en ese show hay que reconocer que el despliegue de talento musical y de capacidad de espectáculo es indudable. En sólo 8 minutos Prince y sus chicas literalmente quemaron el escenario entre guitarrazos, humo, destellos púrpura, pasos de baile que harían palidecer a James Brown y chicas guapísimas con vestidos ajustados haciendo posturitas. Pero, tras verlo en su totalidad el otro día, uno no puede evitar decirse a sí mismo: “muy bien, pero ¿dónde están las canciones? ¿son necesarias esas gafas redondas tan horteras con tres lentes? ¿qué le pasa a este hombre?”

    Por supuesto que pocos serían capaces de comerse el escenario de la forma en que Prince y su banda lo hizo el otro día en TV, pero las cuatro canciones que sonaron son poco menos que un batiburrillo de mal defendido r’n’b, rebozado con sintetizadores ochentenos al principio y luego transformado en una maraña de funk metal de solos de guitarra interminables, que no hace si no ser el fiel reflejo de los dos discos que presenta Prince. Ni en “Art oficial age” ni en “Plectum electrum” encuentra uno, tras mucho buscar, el más mínimo reflejo de lo que este hombre llegó a ser. ¿Dónde está el genio? ¿Es esto todo lo que puede hacer desde su estudio-fortaleza de Paisley Park? No hay temas que hagan defendibles unos discos que son meros despliegues de virtuosismo aburrido y sin sentido, por no hablar de sus horripilantes portadas que asustan al miedo. Eso, viniendo de un hombre que lo fue todo durante un período largo de tiempo y que fue paradigma de modernidad durante una larga época, lleva a pensar si no ha llegado a su edad de jubilación.

    Año 1980: tras dos discos más que interesantes (“For you” y “Prince”) en que el enano de Minneapolis empieza a dar muestras de que en él hay un talento totalmente fuera de lo común, llega “Dirty mind”. Con él, si bien no alcanza altos puestos en las listas de Billboard, empieza a ser considerado por la crítica como “el elegido”. Aquél que habrá de unir en un solo artefacto musical los mundos de los negros y los blancos, un nuevo rey del rock, del funk y del pop al mismo tiempo, que comienza un ascenso meteórico hacia el estrellato. Se suceden el atrevido “Kontroversy”, el doble y trascendental “1999” y por fin “Purple rain”, disco y película que le catapultan finalmente al trono de los 80, sólo compartido con Jacko, Madonna y Springsteen. Prince se convierte en el artista referencial capaz de aunar los gustos de la crítica más exigente y el público, el artista vanguardista cuyos vídeos, ropa y estilo todo el mundo intenta imitar. Un ser magnético e inteligente que vuelve locos a todos, hombres y mujeres.

    El ascenso culmina con el psicodélico “Around the world in a day”, el sensacional “Parade” (otra vez, disco y película) y su obra maestra, otra vez en formato doble: “Sign ‘O’ the times”, trabajo en que por lo visto echó el resto, puesto que a partir de él comienza un pronunciado descenso: disuelve su banda, los increíbles Revolution y ni “Lovesexy”, ni la BSO de “Batman”, la nueva película “Graffiti bridge” o los aires soul-blues de “Diamonds and pearls” logran capturar la belleza perdida de una música que va perdiendo fuelle mientras se suceden cada vez más y más discos, sin casi respiro entre uno y otro. Rompe su contrato con Warner Brothers, la compañía que le ha arropado en sus éxitos tras aparecer en diversos medios de comunicación con la palabra “slave” escrita en la mejilla.

    Logra su independencia y comienza a autoeditarse, pero eso sólo hace que el destarifo sea aún mayor: desde su mansión de Paisley Park, un lugar destinado casi por completo a la creación audio visual, no cesa de editar música. Discos dobles o hasta triples, repletos de música incomprensible. Publica absolutamente todo lo que sale de su cabeza, sin filtro alguno. Por supuesto, entre todo eso hay cosas perfectamente salvables y hasta magistrales, pero el primar la cantidad antes que la calidad es lo que tiene: que se resiente el conjunto.

    Aun así, a principios de la anterior década comienza a mostrar signos de recuperación: su proyecto sinfónico-funk “The rainbow children” le proporciona otra vez buenas críticas y vuelve a las listas con su más que decente disco “Musicology”, tras lo cual su carrera se ve más o menos relanzada: es introducido al Rock and roll hall of fame, gana un grammy y hasta es elegido para amenizar el famoso descanso de la superbowl. Otra vez se suceden los discos, que hasta regala con ediciones dominicales de periódicos de gran tirada y llegamos al ya citado regreso a Warner y al momento actual.

    Qué duda cabe de que este hombre es perfectamente capaz de sentarse un día cualquiera y componer un gran disco. Uno sin florituras y sin inventar nada, pero con grandes canciones como sólo él sabe componer. Pero no lo hace. Ni siquiera el hecho de que estos dos nuevos discos hayan tenido el mayor período de gestación (4 años) que haya tenido ninguno de los previos ha logrado obrar el milagro. Son discos terriblemente aburridos, donde las canciones se convierten en simple relleno, simple despliegue de recursos musicales, sin llegar jamás a comunicar una emoción más allá del enorme bostezo. No puedo creer que estemos ante el mismo hombre que grabó “I Could never take the place of your man”, “Take me with u”, “kiss” o “Little red corvette”. ¿Qué demonios le pasa a este señor?

    La explicación supongo que será tan compleja como ha demostrado ser siempre su personalidad. Esa que su carácter hermético con la prensa y su vida reclusa en esa mansión de las afueras de Minneapolis, parecen empeñarse en ocultar. Pero claro, tantos años de excentricidad no pueden dejar de salir a la palestra y la prensa ya empieza a saber de qué pie cojea. No puedo evitar acordarme de un vídeo que circula por youtube en que el director Kevin Smith (“Clerks”, “Dogma”, “Chasing Amy” etc) explica ante el auditorio de una conferencia sobre cine su experiencia cuando “el artista” quiso contactar con él para proponerle un proyecto conjunto. Al parecer, tras un auténtico laberinto de intentos por parte de su oficina de management de poner al pobre Kevin en contacto telefónico con su majestad, cuando consiguió al fin hablar con él, Prince, tras confesarle su gran admiración por la película “Dogma” le propuso, con razonamientos bastante extraños que no hacían presagiar nada bueno, hacer un documental en Paisley Park sobre su nuevo disco. El incauto de Kevin fue hasta allí y lo que descubrió es que nuestro héroe es un ser megalómano que vive en un mundo totalmente ajeno a la realidad y que para colmo alberga en su cabeza una importante maraña de espiritualidad barata (por lo visto, desde hace años se unió a los testigos de Jehová y ha encontrado a Jesús). Un ser al que es imposible seguir el hilo de lo que piensa o dice y que exhibe un comportamiento errático y desconcertante. El vídeo se puede ver subtitulado en youtube y es, a parte de un monólogo muy divertido, bastante esclarecedor acerca de lo que estamos hablando.

     
    Así las cosas, parece que es difícil imaginar algo de coherencia en la obra de este hombre. Pero la cuestión aquí, si me lo permiten, se convierte en algo todavía más grande y general: ¿Qué les pasa a los músicos cuando dejan de tener gran éxito?

    El mundo paralelo en que comienzan a vivir cuando empiezan su ascenso a la fama parece no dejar de girar nunca y ni por asomo se quieren apear de él, ni siquiera cuando su valía artística se pone en entredicho. Hay un muro que les impide ver la realidad a su alrededor y piensan que cada una de las ideas que salen de su cerebro es oro puro, cuando en la mayor parte de casos en realidad es abono para el campo. La edad de jubilación no debería existir sólo para los currantes de a pie, debería ser obligatoria para todos los U2, Stones o Princes de este mundo, que se empeñan una y otra vez en demostrarnos que siguen teniendo la varita mágica del rock en su mano. Prince ha tenido una inmensa valía artística impregnada en una parte de su obra, que perdurará mucho tiempo. Quizá siga manteniendo parte de esa valía, pero el no saber canalizarla hace que se pierda y se desperdicie. “Quien tuvo retuvo”, sí. O al menos eso dicen. Algunos demuestran que la arruga es bella, como Dylan (a veces), Elvis Costello o Leonard Cohen, pero en el caso de este hombre dudo que su personalidad bizarra le permita llegar a valorar algún día si su mensaje realmente merece la pena o si quizá debería replantearse su forma de enviarlo.

    Nadie sabe lo que le pasa a Prince, pero está claro que algo le pasa. Y no es algo bueno.

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