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    domingo, mayo 17, 2015

    Vetusta Morla + Rufus T. Firefly - Feria de Muestras, Valencia. 16-05-15

    Vetusta Morla se corona como la banda "indie" nacional con mayor poder de convocatoria, logrando una excelente entrada en su paso por Feria Valencia en una parada más de su gira por grandes recintos. 

    Y llegó el día. "La Deriva" de  Vetusta Morla recalaba de nuevo en Valencia, sin agotar el papel pero con una excelente entrada un tanto deslucida por la enormidad del espacio que la albergaba. De enormidades y gigantismos, no siempre necesarios, hablaremos más tarde, pero lo que está claro es que los de Tres Cantos ostentan casi en solitario el número uno, en lo que a bandas nacionales se refiere, en poder de convocatoria y llamada al brazo en alto. 

    Un concierto de esos que ya apenas se ven en nuestra ciudad; de colas interminables a pleno sol llenas de impaciencia y ganas, de carreras por alcanzar las primeras filas y de la inabarcable expectación por disfrutar de una banda a la que seguramente ya habrás podido ver en otras ocasiones. Pero el placer anticipado de lo ya conocido, del disfrute seguro, también es un factor que atrae a las masas. 

    Feria Valencia, una vez alojados los más apresurados, se antojaba un recinto demasiado grande incluso para lo que allí se esperaba. Las alternativas en nuestra ciudad para acoger eventos de tal entidad son escasas, pero quizá habría que pensar que no todo es tamaño; la acústica, incapaz de contener semejante despliegue de medios, resultó más que deficiente para cualquier oído mínimamente entrenado. Una especie de olla sonora en la zona más cercana al escenario, ensordecedora en ocasiones, con un sonido que se perdía irremediablemente en los laterales y que atronaba en la parte trasera. 

    Los principales afectados por esta circunstancia fueron los invitados de la noche, los madrileños Rufus T. Firefly. Más allá del análisis de su propuesta, muy encarrilada hacia los seguidores del anfitrión, queda la duda de cómo habrían sonado en un recinto de dimensiones más ajustadas y en un entorno más íntimo. Probablemente sus melancólicas melodías hubieran cobrado diferente dimensión; todo se antojaba grande. La iluminación, cegadora, el sonido atronador, formando una envoltura excesiva e innecesaria que tapaba las virtudes de la banda. Pero nada de eso importa cuando el público fija su mirada y corea tus canciones, cuando suena “(Escribe aquí el nombre de la persona a la que más quieras)" y cientos de mentes garabatean en el pensamiento el nombre elegido.

    Temas como “Pompeya” son prueba del cambio en su sonido, al que han añadido capas más profundas y sonoridades más densas y compactas, creando atmósferas más adultas y consistentes. El pop-rock de melodías cristalinas deja paso a ambientes más oscuros, no tan impolutos y distorsionados, que encajan bien en esta evolución. 

    Llegaba por fin el momento esperado. Vetusta Morla irrumpían en el escenario y una simple oscuridad anticipatoria desataba los aplausos del público. Los primeros acordes de “La Deriva”, con Pucho a la percusión, daban pie al coreo sin fin en el que se iba a resumir la noche. Sin sorpresas, en un continuo de efectividad absoluta, y una entrega impagable del respetable durante dos horas en las que los madrileños desgranaron toda su trayectoria en una sucesión imparable, en una carrera en la que todos los hitos son grandes y no existe canción pequeña o segundona. Del primer disco, del segundo, del más reciente. No importa, todos los temas se celebran y cantan por igual, en un maremagnun de voces que a veces hacía difícil escuchar la usualmente protagonista voz y líder de la banda. 

    Los papeles están claros; la doble percusión se erige en protagonista en ocasiones, menos de las deseables, sumida entre las brumas del escenario. Tan solo en “Copenhague” el Indio asoma a primera fila y destila uno de los momentos más emotivos de la noche, precedida por “Al respirar”. Faltan los mecheros pero sobran los palos de selfie

    Pucho es el centro indiscutible; la iluminación recae sobre él, su menuda figura se hace grande y las canciones se ven atrapadas por su personal escenografía, llena de ademanes que de algún modo coreografían las letras y emociones que transmiten. Una guía espiritual y musical que lleva al público en volandas de principio a fin, sin necesidad de llamadas a la acción más o menos efectistas. Todo el mundo conoce su papel, la dinámica del momento y del puño en alto, de la palma acompasada o no, de la descarga de adrenalina y de la épica contenida. Administrando los instantes y las intensidades con el bagaje que traen consigo los incontables momentos sobre las tablas para una de las bandas más engrasadas y efectivas en directo. 

    Es difícil destacar un tema sobre otro, los papeles aquí están excelentemente repartidos y dosificados. En “La Cuadratura del Círculo” (tema que cierra la primera parte), la espera y el crescendo anticipan la explosión final que manejan con soltura. “Fuego”, uno de los mejores cortes que forman “La Deriva”, encaja a la perfección con un “Rey Sol” suavemente colocado entre medias y que hila una continuidad y un tono similares. “Saharabbey Road” corre la misma suerte y nos recuerda a aquellos conciertos de la gira de “Un Día en el Mundo”, en la que todo era otra cosa, corrían otros tiempos, pero el entusiasta karaoke final era el mismo, con Pucho dirigiendo cual maestro de ceremonias entre los graves y los agudos del público. 

    En el bis, ya la descarga final, entre “Año Nuevo”, “Valiente” y “El Hombre del Saco”. Y, cuando parecía que todo acababa, los suaves acordes del comienzo de “Los Días Raros” para dar el culmen definitivo a la épica del grito y de los brazos arriba. Un final más efectista de lo deseable pero al fin y al cabo esperado, con la metáfora en sus cotas más altas pero aun así compartidas. 

    Una conclusión que dejaba entre el público la sensación de haber asistido al mejor concierto de su vida, al mayor bolo de Vetusta Morla, a la noche con mayúsculas. Objetivo cumplido, pues. Porque de eso también trata la música, y hay ocasiones en las que todo se resume en ese cúmulo de sensaciones que quedan en la memoria hasta el próximo concierto.


    Texto: Susana Godoy
    Fotografías: María Carbonell 

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