Hay conciertos que se programan y hay conciertos que suceden. Lo del 14 de febrero en Copera fue lo segundo. Mientras fuera Granada se debatía entre el frío y las parejas con cena romántica, dentro se respiraba esa electricidad densa que precede a las grandes noches. Rufus T. Firefly volvía a una ciudad que siempre les ha entendido bien, y lo hacía con un setlist volcado en su último trabajo, Todas las cosas buenas, un disco que en directo crece hasta desbordarse.
Desde los primeros compases quedó claro que la banda atraviesa uno de esos momentos de comunión total. Las nuevas canciones, sostenidas sobre esa psicodelia elegante y emocional que ya es marca de la casa, encontraron en Copera un hábitat natural: capas de sintetizadores envolventes, guitarras que no cortan sino que acarician y una sección rítmica que late con precisión quirúrgica. El público, lejos de esperar los clásicos, abrazó cada tema reciente como si llevara años en el repertorio.
Aun así, hubo espacio para mirar atrás. Cuando sonaron Magnolia y Nebulosa Jade, la sala respondió con ese rugido colectivo que solo provocan las canciones que han acompañado vidas. No fueron concesiones nostálgicas, sino recordatorios de un camino recorrido con coherencia, donde cada etapa dialoga con la siguiente. Rufus no vive de rentas; construye sobre lo ya sembrado.
Uno de los momentos más hermosos de la noche llegó cuando Víctor Cabezuelo se quedó solo en el escenario, guitarra acústica en mano. La sala, que minutos antes era pura expansión sonora, se convirtió en un susurro compartido. Entonces sonó Océanos, de Lori Meyers, interpretada con una delicadeza que desarmaba. Antes y después de la canción, Víctor fue nombrando bandas y canciones granadinas que le han marcado, trazando un mapa emocional que unía generaciones y escenas. Fue un gesto sincero, casi doméstico, que recordó que antes de ser referente hay que ser fan. Y Granada, en silencio reverencial, devolvió el cariño multiplicado.
Si aquello fue intimidad, lo que vino después fue pura catarsis rítmica. El solo de batería de Julia, intenso, hipnótico, técnicamente impecable, elevó la temperatura varios grados. No fue un alarde vacío, sino una declaración de carácter: su forma de tocar es músculo y sensibilidad al mismo tiempo, sostén y vértigo. Cada golpe parecía empujar a la banda hacia un clímax compartido que terminó por estallar en un final expansivo, casi ceremonial.
Rufus T. Firefly no ofreció un concierto para celebrar San Valentín; ofreció una experiencia para celebrar la conexión. Con su último disco como columna vertebral y el pasado como raíz firme, demostraron que están en ese punto exacto donde la madurez no resta riesgo, sino que lo afina. Y la Copera, una vez más, fue testigo de ello.





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