1979: cincuenta discos cuarentones (tercera parte) - Alquimia Sonora

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domingo, febrero 10, 2019

1979: cincuenta discos cuarentones (tercera parte)

Continuamos el countdown con la tercera entrega de lista de 50 discos que ahora cumplen 40 años. Este tramo está todavía más diversificado que el anterior. Encontramos música brasileña, flamenco, pop, reggae, ska, disco, vanguardia y hasta electrónica. Como siempre, todos los discos profusamente revisados y con un enlace de escucha al final de cada reseña. ¿Quién da más?



30. Cinema Trascendental, Caetano Veloso (PolyGram): La vasta discografía del bahiano da para varios libros. Siempre ha sido y será un artista inquieto como pocos, rico tanto en musicalidad como en capacidad de adaptación al tiempo y al medio. Su álbum número 20, sorprendente cifra teniendo en cuenta que el primero había aparecido sólo 12 años antes, es uno de sus discos más sencillos, más desnudos y también más hermosos. Dejó a un lado la experimentación y se dedicó a explorar los diferentes palos de músicas brasileñas, para adaptarlos a su personal forma de componer. El resultado es absolutamente birllante. La luminosidad, la serena calma que transmiten estas canciones llenas de sentimientos humanos puros, sólo puede generarla un creador genial y sincero como él. Es algo que nos anuncia desde la portada, en que el curioso título de Cinema Trascendental se ve ilustrado por una foto de su autor de espaldas, mientras contempla el encuentro entre cielo y mar en la playa. Hay un deseo de mostrar las cosas elementales, la claridad de lo sencillo: "no me ata el dinero, sólo la belleza", dice en Beleza Pura, destinada a ser uno de los elementos básicos de su repertorio. No es la única, el disco está lleno de momentos fundamentales del cantante, como la mayestática Lua De Sao Jorge, que lo abre,  Trilhos Urbanos, que rememora los tiempos de su infancia en Santo Amaro de Bahía o Cajuína, que está dedicada su compadre, el poeta Torquato Neto, fallecido por suicidio años antes. Toda esta música fantástica, pese a su parquedad, está arropada por la contribución de una de las mejores bandas que jamás hayan acompañado a Caetano. A Outra Banda Da Terra, capitaneados por el famoso Vinícius Cantuaria, entendían a la perfección el espíritu de estas canciones y supieron darles la ambientación adecuada para que funcionaran. Y funcionaron: el disco fue un éxito de ventas sin precedentes en la carrera de Veloso e inauguró su primera etapa como celebridad masiva, dando la entrada a unos años ochenta de grandes aciertos artísticos y éxito a nivel mundial. Atrás quedaba una década desigual en lo personal, aunque no así en lo artístico, marcada por sus dificultades con la dictadura de su país. Puede decirse que Cinema Trascendental construyó al Caetano que hoy todos conocemos. Es, por tanto, un disco importantísimo.

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29. Regatta De Blanc, The Police (A&M): Cualquier disco que empiece con un single aplastante como Message In A Bottle es merecedor, sólo por ello, de la más seria de las consideraciones. Pero es que aquí hay mucho más. Tanto, que quizá esa canción sea su detalle menos importante. The Police eran sospechosos, en su primera época y a simple vista, de ser una banda prefabricada para encandilar a quinceañeras, aprovechando los vientos favorables para ello que soplaban gracias a que la nueva ola había lavado y peinado al punk. Todos eran rubios, guapos y quedaban muy monos en los vídeos haciendo posturitas y riendo mucho. Nada más lejos de la realidad: Andy Summers, Gordon Sumner -alias Sting- y Stewart Copeland daban forma a un trío de veteranos y virtuosos instrumentistas, a cada cual mejor, que combinaban su pericia con un talento especial para generar texturas asombrosas empleando sólo los elementos que tenían a mano, que abrazaban las impresionantes canciones que componían entre Copeland y Sting, cada uno por separado (se llevaban como el perro y el gato) y muy ocasionalmente juntos, con alguna ayudita del más veterano del conjunto, un Summers que no componía demasiado, pero elaboró para ellos alguno de los pasajes de guitarra más bonitos y asombrosos de la historia del rock. Sting, claro, se lleva la palma siempre a base de singles como puños, como el citado mensaje en la botella o Walking On The Moon, cada una abriendo inteligentemente una cara del vinilo y ambas número uno en formato siete pulgadas en su país. Las que firmaba Copeland en solitario no eran tan infalibles, pero sí aportaban ese necesario peso de excentricidad que inclinaba la balanza hacia el arte en contra del mero producto comercial. Eso, y que cuando se juntaban las melodías y la sinergia instrumental entre ellos era óptima, la cosa saltaba por los aires: la manera en cómo se entrelazan los arpegios vertiginosos de Summers, el bajo sintético pulsado a modo marcial de Sting y los sutiles platos de Copeland en Bring On The Night, sin duda una de las más altas cotas del conjunto, es de otro mundo. Y cuando llega el estribillo... ufff, monumental. Algo así pasa también The Bed's Too Big Without You. Ambas además constataban el paso evolutivo de gigante que daba la banda en este segundo disco, atiborrado de influencias étnicas, con respecto al primero, Outlandos d'Amour en que saltaba demasiado a la vista que eran unos tipos que tocaban demasiado bien para ser punks. Quizá en su siguiente disco, Zeniatta Mondatta, es donde redondean esa fórmula infalible que les valió ser durante unos años la formación más exitosa del planeta, pero sin duda es aquí donde despejaron la incógnita de la ecuación y hallaron su particular piedra filosofal.

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28. Aux Armes Et Caetera, Serge Gainsbourg (Phillips): Un día, mientras su cara se perdía en el humo de uno de sus queridísimos Gitannes y ya llevaba, como era habitual, varias copas de más, Serge pensó: "y porqué no hacer una versión reggae de la Marsellesa?". Claro, ¿porqué no? Total, sólo iba a cabrear a la mitad de sus compatriotas (la otra mitad le aplaudiría masivamente) por tocar de manera profana algo que les era sagrado. Le llovieron tantas críticas por ello que algunos hasta le llegaron a acusar de cultivar el antisemitismo. ¡A él, que era judío! Definitivamente, lo nunca visto, como tantas cosas en Gainsbourg y como también lo era, por supuesto, todo el álbum en que venía incluida esa sacrílega versión. Para grabar Aux Armes Et Caetera, se trasladó a donde debía: un Kingston efervescente, aunque todavía peligroso, que empezaba a beber las mieles del éxito cosechado por grandes nombres de su escena como Jimmy Cliff, Peter Tosh o por supuesto, Bob Marley. Además, nada de medias tintas: precisamente los músicos que habían contribuido en primera persona a que la música rastafari fuera conocida en todo el mundo fueron los que ayudaron a Serge a cagarse en la bandera francesa. Poca cosa: "sólo" Sly Dunbar, Robbie Shakespeare, Sticky Thompson o las I Trees, con Rita Marley al frente. Además, era pionero: sólo Mick Jagger había sido el primer blanco en ir a grabar a Kingston para hacer un dueto con Peter Tosh, pero esto era todo un lp. ¡Y qué lp! Si no fuera porque su autor no era jamaicano, quizá hablaríamos del mejor disco de reggae de todos los tiempos. Tremendamente roots, con una comprensión total de la esencia de la música que había ido a tomar prestada, aquí no hay nada que rechine. Nada oportunista, ni falso. Gainsbourg se mueve en estas canciones como pez en el agua. Su voz aguardentosa marida a la perfección con la cadencia caribeña y da forma a un soberbio ejercicio de honestidad, que se convirtió en su primer éxito real en Francia, despachando la salvajada de 1.000.000 de copias. No nos engañemos, como siempre, le ayudó el escándalo, pero hay que reconocer que el disco es una obra maestra, quizá su mejor obra junto a Melody Nelson, que además de incluir el himno nacional, atacaba también una versión del viejo tema de folk americano You Rascal You (retitulada Vielle Canaille) y una renovada La Javanaise, uno de los primeros éxitos del cantante. Todo lo demás iba en consonacia: Lola Rastaquore, Relax Baby Be Cool, Des Laids Des Laids... el mejor Gainsbourg, que no necesitaba acomodarse en ningún sonido para ser él mismo.

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27. The Pleasure Principle, Gary Numan (Beggars Banquet): Después habrían muchos más ejemplos, pero sin duda ésta fue la primera vez en que la electrónica maridó a la perfección con el rock. Una vez desvinculado de su banda, Tubeway Army, Gary Numan decidió profundizar en el uso de los sintetizadores, aunque con aquellos ya los había usado en los dos discos que editaron, Tubeway Army y el exitoso Replicas. Desechó por completo el uso de guitarras, acentuó el uso del mini-moog y comenzó a utilizar el poly-moog, además de percusión electrónica que combinó, eso sí, con el pulso firme de la batería ejecutada por Cedric Sharpley, elemento más que fundamental del sonido de esta etapa. De esta forma, lograron dar a la marcada referencia a Kraftwerk que tenían las canciones una contundencia que les confería un halo rock  del que carecían el resto de bandas que habían recogido esa influencia. La voz de Numan, que podríamos calificar como un cruce entre las de Bowie y de Syd Barrett, además tenía ese componente robótico que junto a la instrumentación sintética generaba un sentimiento futurista, de ciencia ficción y de misterio. Las melodías eran simples y machaconas, insistentes a más no poder y pese a ello, tremendamente infecciosas. Sobre todo la célebre Cars, que subió rápidamente a los primeros puestos de las listas a ambos lados del atlántico, lo tenía todo para ser el single perfecto de la nueva era del pop: un riff  de teclado cargado de demagogia y aplastantemente repetitivo que incitaba irremediablemente al baile, una letra tan simple que daba risa y una melodía vocal a tono con ello, es decir, la canción-hamburguesa perfecta. Comida rápida, pero no por ello carente de visión: en el futuro sería incansablemente imitada. El éxito de este single se tradujo también en un número uno en Inglaterra y otros países para el disco, que contenía además otros clásicos como Metal, Complex, Films o M.E. y sirvió para catapultar definitivamente al estrellato a un Newman que poco supo mantenerlo: dos años después había perdido el encanto y el público se fijaba en otros productos menos originales, pero también menos despistados. No supo rentabilizar su éxito con nuevos aciertos y comenzó a padecer una falta de inspiración aguda que le acabó hundiendo en el olvido.

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26. Cool For Cats, Squeeze (A&M): Se les reconoce demasiado poco, por lo que no está nunca de sobra afirmar que Squeeze fueron en su momento (y lo son todavía, que aún siguen en activo) una de las mejores cosas que podían pasarle al pop inglés. Con un tandem de compositores, integrado por Chris Difford y Glenn Tilbrook, a situar sin miedo entre los mejores de la historia, su cancionero está lleno de rutilantes gemas llenas de inteligencia, imaginación y elegancia. Sabían jugar con el formato de bolsillo de la canción pop-rock de manera que cada uno de sus temas daba forma a un pequeño universo, una pequeña opereta que decía mucho con muy poco. Tras un primer disco producido por John Cale que quizá por ello no terminó de explotar del todo esta cualidad, fue con este su segundo esfuerzo, con el que llegaría la obtención de un sonido reconocible, una marca de fábrica a partir de la cual sabrían evolucionar en una transición de cuatro o cinco discos impecables, a cada cual mejor, para dejar su marca en la historia, que repito no es suficientemente grande como albergar el talento que reunía una banda formada en clubs y hecha a sí misma, que hacía lo que quería a la hora de dar forma a las canciones perfectas que le suministraba la talentosa pareja de compositores que tenían al frente. Con constantes giros de lenguaje que jugaban con las jergas callejeras, mostraban una perspicacia a bastante distancia de casi todos, excepto quizá de otros actos también llegados desde los pubs como Nick Lowe o Elvis Costello. Herederos de una forma de hacer las cosas que venía de décadas atrás y bebía de todas las fuentes posibles, aprovecharon el empujón del punk para dar valor a su sonido, pero no tenían nada que ver con él. La melodía era todo lo que importaba en unas canciones estructural y armónicamente perfectas. No es necesario acudir aquí a los singles de éxito que fueron la titular o Up The Junction para reivindicar una obra inmensamente rica en dianas: la muy beatle Revue, la marrullera Slap & Tickle, la absolutamente perfecta Goodbye Girl o la rocanrolera Hop Skip And Jump son razones sobradas para afirmar que estos tipos, entre los que también se encontraba a las teclas el posteriormente archifamoso personaje televisivo Jools Holland, estaban tocados por una varita mágica. Lástima que, aunque entraron varias veces en listas, nunca se les bendijo con una fama digna de su talento. Squeeze son la hostia y hay que decirlo más.

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25. We Are Family, Sister Sledge (Cotillion): No hay que olvidar que 1979 fue el año de colofón de la disco music. Y muchos pretenderán ignorarlo, pero que bajo esa marca se alumbraron una serie de discos mayúsculos, de los que encontraréis nada menos que cuatro en esta lista, es un hecho. Gran parte de la responsabilidad de la puesta de largo de ese sonido que electrizó todas las discotecas del mundo, la tuvo un muchacho proveniente del ghetto de Nueva York, llamado Neil Rodgers, que tras curtirse en la banda residente del teatro Apollo de Harlem, uniría fuerzas con otro músico de similares características proveniente de Carolina del Norte, Bernard Edwards. Juntos, tras intentarlo con el rock y ser rechazados por el color de su piel, idearon Chic. Una banda fantasma de la que ellos eran los mayores responsables y que definió una manera de producir pop que les generaría una demanda masiva de su toque por parte de otros artistas y discográficas, que se peleaban por una producción Rodgers-Edwards. Este que nos ocupa quizá sea el más brillante de todos sus trabajos para otros. De hecho, es casi un disco de Chic, sólo que cambiando las voces femeninas habituales en la banda por las de esta formación de cuatro hermanas de Filadelfia, a las que tras años de éxito descafeinado, al fin les tocó la lotería con la oportunidad de trabajar con el dúo de moda. Neil y Bernie compusieron para ellas una colección de canciones de esas que sólo pueden hacerse por amor al arte: la secuencia que forman los éxitos irresistiblemente tórridos que son He's The Greatest Dancer, Lost In Music, We Are Family y Thinking Of You es difícilmente superable. Los compositores y productores auparon así a un cuarteto de mujeres absolutamente desconocidas para ellos al más rutilante estrellato. Es curioso, porque toda la inspiración les vino de una simple conversación con el capitoste de Atlantic, compañía que las acababa de contratar y que tenía en ellas (muy acertadamente) depositadas todas sus esperanzas. Fue tan entusiasta que los chicos se sacaron de la manga uno de esos discos, que como decíamos al principio, dan hoy  todo el valor del mundo a una música tan denostada como la disco, que trajo muchos más aciertos de los que la inteligencia rockista en un principio pretendió ver y que hoy es un verdadero placer revisitar, pues no suenan en absoluto trasnochados.

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24. The Specials, The Specials (Two Tone): Me sorprendo gratamente hoy con la noticia de que el retorno, tras 40 años de su debut, de The Specials en formato álbum está a un paso del número uno en UK. Difícil pensar que una banda de estas características y edad pueda ser hoy día un éxito, si es que el escaso nivel de ventas discográficas de hoy día da para tal calificativo, pero es que la banda que formara en Coventry allá por 1977 un joven teclista llamado Jerry Dammers, sin duda tenía algo especial. Y es que el chaval era un visionario: no sólo consiguió dar forma a la primera banda interracial que alumbraría el punk (antes había otros ejemplos como Foundations o Equals, pero eso es otra historia) en Inglaterra, dando visibilidad, por tanto, a una realidad social plausible en muchos de los barrios de Londres y alrededores, si no que además fue de los primeros valientes que se atrevieron a autoeditarse, lanzándose a la siempre incierta aventura de fletar una discográfica. En este caso, Two Tone resultó ser una más que rentable maniobra, que albergaría en su seno en un futuro exitosos combos como Bad Manners, The Beat, Madness o The Selecter, dando por tanto salida a la nueva tendencia, a caballo entre el punk, el movimiento skinhead y el mod, de recuperar los sonidos de blue beat, rock steady y ska para hacer algo fresco, juvenil y acorde con los tiempos. Su alianza con Terry Hall, Neville Staple, Roddy Radiation y compañía daría notables frutos en seguida. El single basado en la canción Al Capone de Prince Buster, que titularon Gansters, tomó al asalto y de improviso las listas de la isla nublada para certificar que la hermandad de rude boys, tanto de ojos azules como jamaicanos, era una realidad. Llegado el momento de hacer un disco largo, ni siquiera tuvieron que recurrir a la inclusión del dichoso single: llamaron nada menos que a Elvis Costello para que debutara como productor con ellos y juntos elaboraron una convincente muestra de la fiesta que debía ser un concierto de The Specials en aquélla época. Junto a versiones atómicas de temas de Toots & The Maytals, Prince Buster o Dandy Livingstone (el famoso A Message To You Rudy), se juntan originales tan indispensables comoToo Much Too Young, Concrete Jungle, It's Up To You o It Doesn't Make It Allright, revisitada por los vascos Kortatu tiempo después como Hay Algo Aquí Que Va Mal. Un disco absolutamente infalible y un buen foco para comenzar a escarbar en el apasionante filón de esta porción de la música Jamaicana.

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23. New Values, Iggy Pop (Arista): Tras la experiencia berlinesa a la sombra de David Bowie saldada con dos discos tan fundamentales como The Idiot y Lust For Life, Iggy decidió aprovechar el tirón que le proporcionaba ser reivindicado por toda la generación punk como su padrino para volar solo. No en balde el esfuerzo creativo que le había impuesto el duque blanco había inyectado en él la suficiente confianza como para considerarse compositor y afrontar la tarea de lanzarse al fin a hacer el disco que realmente quería hacer. No sabemos si este es ese disco, pero lo que es seguro es que hubo cierto retorno a las formas y gentes que poblaban los tiempos de su mítica banda, The Stooges, sobre todo en su época tardía. No sólo el multi-instrumentista Scott Thurston, aquí ocupado básicamente como guitarrista, si no que el mismo James Williamson, compinche de otros tiempos y con el que había acabado bastante mal, retornó a la palestra como productor, tras la conveniente reconciliación. El disco quizá no sea el mejor de Iggy, pero a mi siempre me ha encandilado gracias a ese sonido crudo pero a la vez estilizado que lograron imprimirle sus colaboradores y a unas canciones que se cuentan entre las más inspiradas que nuestro querido James Osterberg compuso jamás. O si no, porqué el mismo Bowie recurrió a Don't Look Down para paliar uno de sus momentos de mayor bajona creativa en Tonight? Porqué The Church hicieron lo propio con Endless Sea? Porqué Frank Black (O Black Francis, como prefieran) lo cita como uno de sus discos favoritos? Algo tendrá, sin duda. No se me ocurre nadie salvo él que pudiera propinarnos eructos punk del calibre de I'm Bored o Five Foot One y a la vez momentos de delicadez a macarra como Angel, absolutas locuras como African Man o retazos de rock capcioso como How Do You Fix A Broken Heart. Todo muestras de un creador que comenzaba a descubrirse a sí mismo. El problema es que tardaría en encontrarse del todo. Su carrera aquí alcanzó un pico (de calidad, que no comercial) que no recuperaría ni capitalizaría hasta los noventa, pero esa es otra historia.

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22. La Leyenda Del Tiempo, Camarón (Polygram): El alcance del salto de gigante, la revolución auspiciada por esta obra de arte, es algo que sólo ahora empieza (y sólo empieza) a entenderse. José Monge Cruz, al que su tío cuando era pequeño apodó "Camarón" por lo rubiales que era, había pasado de cantar siendo chinorri para sacarse unas pesetas en la Venta de Vargas a alcanzar la fama en Madrid grabando discos en compañía de su compadre Paco de Lucía y bajo las órdenes del padre de éste, Antonio Sánchez. Con ellos conoce el éxito del flamenco puro y la disciplina que impone el productor tanto en el estudio como en los conciertos. Pero Camarón, que empieza a quitarse el "de la isla" de encima y pasa a llamarse sólo eso, Camarón, quiere ser otra cosa, quiere ser moderno. Y su entorno, claro, no lo entiende. Paco deja de hablarle y él deja Madrid, se casa con la Chispa, forma una familia y se traslada al sur. A su paso por Sevilla empieza a conocer a todos los personajes clave de este gran puzle que es La Leyenda Del Tiempo. Empieza por Lole y Manuel, pareja que está revolucionando el flamenco y con los que quiere colaborar, pero pronto conoce al productor Ricardo Pachón, el responsable tanto del primer disco de la mencionada pareja como del ciclón desatado por el primer disco de Veneno, cuyos protagonistas, los hermanos Amador y Kiko Veneno, también juegan aquí un papel crucial. A base de juntarse mucho con toda esta gente y de escuchar toda esa música rock que a ellos les enrrolla tanto y que a un gitano flamenco es tan ajena, comienzan a diseñar lo que puede ser el disco que el de San Fernando quiere que  le ponga en órbita como el gran renovador del cante. La grabación es todo lo contrario de cualquiera de los diez discos que ha grabado con Paco y su familia: una fiesta contínua donde entra y sale todo el mundo, así como todo tipo de líquidos y sustancias. Un mundo hippy de creatividad infinita en el que también están presentes musicazos como Gualberto, de Smash, que aporta su sitar, los hermanos Marinelli, del grupo Alameda, o sobre todo, un chavalillo que terminaría siendo crucial en la carrera de Camarón: el Tomatito, que no entendía mucho todo lo que pasaba aquellos días a su alrededor pero se dejó, muy acertadamente, llevar. El disco se construyó temáticamente al rededor de la poesía de Lorca, a la que Pachón era tan aficionado y que ayudó a dar una perspectiva todavía más monumental a toda esa libertad creativa que se respiró durante la gestación de esta obra. La canción titular, unos jaleos que saben tanto a flamenco como a jazz o rock, es una puerta de entrada a otro universo. Desde las primeras notas, el aire se absorbe y somos invitados a participar de la fiesta que había en la cabeza de todos los implicados aquí. Las bulerias, palo tan querido por el cantaor, de Romance Del Amargo y Homenaje A Federico hacen volver algo las aguas a su cauce, pero luego llega la adaptación de La Tarara, canción tradicional completamente prostituída aquí y sobre todo, Volando Voy, una rumbita que es la gran contribución de Kiko Veneno a la carrera de Camarón y una de las grandes, grandísimas canciones de la historia del pop (al fin y al cabo) español. La ausencia de miedo a la hora de mezclar, de generar libertad de pensamiento y reírse de los ortodoxos queda así totalmente patente. Suenan las fieras guitarras eléctricas de los Amador y la sección rítmica ejecuta un groove que da ganas de volar. Todo el disco es una oda a la expansión, a la revolución cultural. A la modernidad de una España que al fin empieza a ver la luz tras años de oscuridad. Pero nadie lo comprende. El fracaso es rotundo. Su público de siempre, los flamencos, se rasgan las vestiduras al oír aquello y el público en general tampoco está preparado para esto. El disco no vende nada y Camarón vuelve al redil, cabizbajo. No obstante, su valentía no caería en saco roto. Con los años las mentes se abrirían y él continuaría su camino de revolución para llegar a ser lo más grande que ha habido jamás en el flamenco, poco menos que dios en la tierra para los Gitanos y un mito absoluto de nuestro país. El disco es constantemente reivindicado como una de las grandes obras de arte que ha dado la piel de toro a la cultura universal y perfectamente, por tanto (y quizá así debiéramos haberlo hecho en justicia) podríamos haberlo colocado en la cima de esta lista como disco más importante de 1979.

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21. Lodger, David Bowie (RCA): Con la última parte de su trilogía berlinesa, tocaba capitalizar lo alcanzado en estos años de aprendizaje, en los que había dejado atrás el maquillaje glam o el phillysoul americano y al fin , con la ayuda del siempre esencial Brian Eno, había obtenido el estatus de referente cultural de la modernidad. Si bien las dos anteriores piezas de este puzle, Low y Heroes, navegaban  entre las aguas de la vanguardia, reservando prácticamente caras enteras de ambos elepés  a extraños escapes sonoros de carácter instrumental que contrastaban con otros tramos reservados a singles clarísimos como Heroes o Sound And Vision, aquí todo se condensaba en el formato canción, pero no sin demostrar todo lo aprendido. Lodger, a la vez que finalizaba una etapa, mostraba un nuevo camino a seguir, que Bowie coronaría del todo con su siguiente disco, Scary Monsters. Y aunque siempre aparezca como ese hermano pequeño desfavorecido entre los colosos que lo cercan y de hecho fuera menospreciado -dentro de los estándares de Bowie- tanto por público como por crítica en la época, su recuperación como punto culminante de la carrera del duque blanco se antoja necesario, pues aunque no cuente con canciones referentes en su carrera, no hay duda de que su contenido es de lo más original y avanzado que logró jamás. Los experimentos auspiciados por Eno desde lo que él llamaba "estrategias oblícuas", que ayudaban a vencer bloqueos creativos mediante el empleo del pensamiento lateral y que más tarde redondearía junto a David Byrne y sus Talking Heads, dieron como resultado una simple colección de canciones, que al contrario de gran parte de su discografía no albergaban ningún concepto grandilocuente que las uniera, simplemente eran canciones, pero cada una de ellas contenía un universo. Dejando al margen los ejercicios más estándar de composición, como DJ o Boys Keep Swinging, que serían usados como singles, el grueso de las canciones despliega un amalgama de sonidos que vislumbraban el futuro y serían usados cual manual por generaciones venideras. Este es el Bowie visionario, en la cima de todo su aprendizaje, capaz de mezclar rock con músicas étnicas, con la electrónica de la que disponían los modernos estudios Hansa de Berlín, con su capacidad para la melodía capciosa. Es un disco algo indigesto en un primer momento, pero tiene esa cualidad que sólo tienen las grandes obras de crecer y crecer conforme uno escucha y va descubriendo los entresijos que se ocultan entre los surcos. El barullo de Look Back In Anger, una canción excesiva se mire por donde se mire, en la que el guitar-hero Adrian Belew, que nuestro David robó para la ocasión al mismísimo Zappa, brilla por encima de todo, contrasta con la placidez de la ensoñadora canción que abre el disco, un Fantastic Voyage que inicia la tónica temática de la primera mitad del disco, los viajes, que están presentes en Assassin, Move On, African Night Flight o la marciana Red Sails, otra de esas piezas cercanas al concepto rock en la que la capacidad electrificante de Belew marida a la perfección con la lírica del otro guitarrista que participa, el no menos genial Carlos Alomar. Pese a que fue un disco nacido más o menos de la inercia, pues Bowie y Eno comenzaban, no a discutir, pero sí a no sentirse tan estimulados el uno por el otro, este es uno de esos trabajos que discretamente enamoran tanto, que acaban convirtiéndose en favoritos.

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