Cuando Dusty fue a Memphis - Alquimia Sonora

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domingo, marzo 31, 2019

Cuando Dusty fue a Memphis

Esta es la historia de un fracaso estrepitoso en las listas de éxitos y en las relaciones personales, pero también de un triunfo indiscutible para la historia del pop. Uno de los acercamientos más acertados entre las culturas blanca y negra y sobre todo, uno de los mejores discos jamás editados. Esta es la historia de Dusty In Memphis, el quinto disco largo de Dusty Springfield, que hoy mismo cumple 50 años.

Primero, el contexto: en los años 60 del siglo pasado el éxito era algo muy efímero y Dusty Springfield, pese a poder perfectamente ser considerada una de las mejores voces de su generación (lo que la convierte en una de las mejores de la historia), en 1968 ya no era la que antaño reventaba las listas a base de The Look Of Love, You Don't Have To Say You Love Me o I Only Want To Be With You. Su carrera se encontraba en un dique seco, necesitaba un nuevo éxito que la volviera a poner en la brecha o desaparecería sin remisión.

Además, estaba la compleja personalidad de Dusty. A la vez que una mujer aparentemente dueña de su carrera, al contrario que casi todas las demás, que aunque en su momento no se acreditara produjo muchos de sus discos  y ayudó, gracias a su visión musical, a introducir en Inglaterra a muchos artistas de soul americanos, por no hablar de que fue la que recomendó a Atlantic el fichaje de Led Zeppelin, la británica padecía una inseguridad enfermiza, entre otras cosas por una homosexualidad constantemente en boca de la prensa que en la época podía costarle su carrera y también por una fuerte adicción al alcohol y escarceos con drogas, que determinaban que su personalidad fuera doble, quebradiza y en definitiva, difícil.

Así estaba Dusty en 1968. Protagonizaba un exitoso show en la televisión británica llamado It Must Be Dusty, en el que llegó a colaborar con Jimi Hendrix, pero sus dos últimos discos, Where Am I Going (1967) y el fantástico Definitely...Dusty (1968), se habían hundido sin remisión en los charts. En ellos, sobre todo en el segundo, la cantante apuntaba claramente en dirección a la música soul, de la que era amante y ferviente seguidora de todo lo que apareciera en el mercado con tal sello. No obstante, su sonido, del cual ella era en parte responsable como productora, no acababa de capturar el nervio y la calidad de las grabaciones de los artistas americanos.

Casualmente, su discográfica en los USA pasó a ser Atlantic, el sello que había lanzado a artistas como Wilson Pickett y su adorada Aretha Franklin y que contaba con los mejores productores y músicos para estos menesteres. Si Dusty quería encauzar su carrera en aquel momento de grandes cambios y sobre todo, triunfar en América, debía sonar como se suena en América.

Así pues, Dusty y su manager Vicki Wickham se pusieron en contacto con el equipo de productores de Atlantic, nada menos que Jerry Wexler, Tom Dowd y Arif Mardin, los hombres que esculpieron el sonido del soul. Todo se dispuso para las sesiones de grabación de la diva en los emblemáticos American Studios de Memphis, propiedad de Chips Moman, en las que además intervendrían las míticas coristas de Elvis, las Sweet Inspirations, los fantásticos Memphis Horns y claro, la banda de la casa, los experimentados Memphis Cats, capitaneados por titanes como el guitarrista Reggie Young o el bajista Tommy Cogbill.

Nada podía salir mal, pero cuando esta elegante y sofisticada señora inglesa llegó al polvoriento sur de los Estados Unidos, todo se torció.

De entrada, el plantel de canciones sugerido por los productores, que incluía nada menos que canciones de Cynthia Weil y Barry Mann (Just A Little Lovin'), Randy Newman (Just One Smile), Burt Bacharach y Hal David (In The Land Of Make Believe) y un buen montón de Carole King y su entonces marido Gerry Goffin (So Much Love, Don't Forget About Me, No Easy Way Down y I Can't Make It Alone). Según Wexler, no le gustó ninguna de ellas, pero la cantante rechaza tal afirmación. Sí que le gustó una. Una que la mismísima Aretha había rechazado: Son Of A Preacher Man, de John Hurley y Johnnie Wilkins demostró su buen ojo, pues a la postre sería el único éxito que produciría el disco y con los años se ha convertido en un single eterno.

Pero las canciones no fueron la única dificultad: descontando el hecho de que Dusty no estaba habituada a trabajar con otros productores que no fueran ella (y aquí había nada menos que tres), tampoco lo estaba a tener sólo una banda al uso como apoyo instrumental a su voz. Ella era más de orquesta y por eso, pese a la extrema calidad de los músicos de Memphis que grababan las pistas, no se sentía cómoda con aquellas bases tan parcas. Por si fuera poco, Dusty se sentía más insegura que nunca al pensar que en esos mismos estudios y con esa misma gente, su ídolo Aretha había grabado gran parte de los discos que adoraba.

Una vez completadas las bases con los arreglos orquestales y de viento que diseñó Arif Mardin, los productores no lograron que la diva cantara una sola nota en los American Studios. Hubo que trasladarse a otros estudios en Nueva York y allí sí que obtuvieron lo que querían, no sin esfuerzo, pero con óptimos resultados, huelga decirlo. Como dato curioso, cuenta Wexler que se sorprendió por el volumen al que la cantante tenía los auriculares. Normalmente la técnica en estos casos es reducir al máximo el sonido de las pistas que los vocalistas escuchan al grabar para que no fuercen la voz, pero Dusty quiso todo lo contrario: no ser capaz siquiera de escuchar su voz mientras cantaba, de este modo, el ímpetu fue abrumador. No hay más que escuchar interpretaciones como la de Don't Forget About Me, simplemente estratosférica.

Dusty tuvo que esperar bastante, una vez acabado el trabajo, para ver su disco editado. Por fin, el 31 de marzo vio la luz Dusty In Memphis, un soberbio compendio de magia negra con piel blanca, elegante en facturas y potente en acabado, que no logró despegar lo más mínimo en las listas ni británicas ni americanas. Un fracaso estrepitoso que malogró tanto esfuerzo, aunque el single que se extrajo del álbum, Son Of A Preacher Man, la canción que Aretha no había querido grabar, sí que fue un éxito a ambos lados del Atlántico (#10 en USA y #9 en UK), lo cual significó un nuevo tirón en la carrera de la artista, pese a que el trabajo entero no destacara de igual forma.

Como álbum, In Memphis es soberbio. Las pistas instrumentales que tan cuidadosamente se esculpieron en los American Studios son de una elegancia sólo comparable a la voz de la Springfield, que en esta ocasión canta como los ángeles. Su afinación e intensidad controlada son sobrehumanas y la forma en que interpreta piezas tan melodrámaticas como The Windmills Of Ýour Mind o I Can't Make It Alone, junto con otras tan calientes como Breakfast In Bed o Son Of A Preacher Man, lleva todas estas piezas a otra dimensión, la de una intérprete fuera de serie, de las pocas que podía mirar frente a frente a las vocalistas negras como si hubiera mamado esa música.

Y cómo no, pese a que el disco fue ignorado en su época, sucesivas recuperaciones del mismo lo han situado donde se merece. Rara es la lista de mejores discos de la historia que no lo contiene y no hace falta recordar la inclusión de Preacher Man en la banda sonora de Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, que la encumbró definitivamente a la categoría de inolvidable estándar. Y es que sin duda estamos ante uno de los momentos más brillantes del pop. Un hermanamiento perfecto entre lo británico y lo americano, lo blanco y lo negro, que hoy mismo cumple 50 años. Sirva todo esto como humilde homenaje tanto a este monumental trabajo, como a una de las vocalistas más increíbles que haya pisado un escenario, que nos dejaba, desgraciadamente, también un 3 de marzo de 1999, hace ahora exactamente 20 años.

Para escuchar el disco: clic aquí


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