Mark Knopfler and Band en la Plaza de Toros de Valencia 26/04/2019 - Alquimia Sonora

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sábado, abril 27, 2019

Mark Knopfler and Band en la Plaza de Toros de Valencia 26/04/2019

El mítico cantante y guitarrista de Dire Straits entona el "hasta siempre" ante su público valenciano con un emotivo concierto lleno de honestidad y guiños al pasado. 

Foto: Susana Godoy

Mark se despide. Así es. Y lo hace -tal como dijo, en un momento no exento de emoción del set- porque siente que está demasiado mayor para hacer esto. Ustedes dirán: ¿mayor, 70 años? Mira los Rolling Stones... Bien, dejando al margen el hecho de que sus majestades llevan arrastrando sus traseros por los escenarios del mundo más de lo necesario, esto se me antoja algo diferente. Me explico: la forma en que se movía, la torpeza de sus dedos en determinados solos cuando antaño eran mágicos, su necesidad de permanecer sentado gran parte del concierto, no hacen presagiar nada bueno. Me van a permitir que haga uso de mi instinto, pero me huele a que esto es una despedida en toda regla. No da para más y esperemos que todo quede ahí.

Foto: Susana Godoy

Eso quiere decir que debemos coger todas las canciones que tocó anoche, todo el esfuerzo que le costó afrontarlas, todo el enternecedor cariño que puso en ello y tirarlo directamente a la papelera? En absoluto, Mark vino a despedirse, pero a despedirse a lo grande. Y además en una ciudad que le quiere, que le adora, desde siempre. No pasarían demasiados minutos de concierto hasta que el guitarrista descubriera, a base de ovaciones descomunales, que los 36 años que había dejado pasar entre aquella visita de Dire Straits al estadio del Levante y ésta quizá habían sido demasiados. Por algún motivo, se había pasado por alto València en todas las no escasas giras que con su archifamosa banda o en solitario había hecho por nuestro país. Lo de esta noche, por tanto, se revestía de una especialidad de tintes históricos para muchos de los presentes.

Foto: Susana Godoy
Eso se palpaba en el ambiente de un recinto taurino cubierto, como suele decirse, hasta la bandera. El sold out que hace semanas había logrado la promotora no hacía sino poner de relieve la devoción de la que hablábamos y la expectación era máxima en un público de edad mayoritaria entre los 45 y 65 años, que esperaba ansioso a su héroe de los 80. También en eso se nota que esto tuvo mucho de despedida, de colofón, pues así como en anteriores ocasiones el músico escocés hubiera decepcionado dichas expectativas, dedicándose a desgranar el repertorio del disco que viniera a presentar en ese momento con muy pocas concesiones al pasado, aquí fue más que generoso dando a la gente lo que quería.

Viejo zorro, vino con una banda enorme, en pericia y magnitud, que llegó a todos los lugares a donde él no pudo llegar y tapó huecos que de quedar al descubierto hubieran resultado alarmantemente titubeantes. Él, consciente de sus carencias, supo jugar con la épica de su cancionero, tradicionalmente tan dado a las versiones extensas, para no asumir sobre si todo el protagonismo sin necesidad de estafar a nadie. Todo lo contrario: si bien el ritmo funky de la inicial Nobody Does That sonó algo falto de fuelle, como también pasó con Corned Beef City, sí que sirvieron para ir calentando los motores de una perfectamente engrasada formación de 10 instrumentistas.

Con Sailing To Philadelphia y sobre todo, Once Upon A Time In The West, aquél viejo clásico de su banda que abría el disco Communique (1979), que con sus refrescantes arreglos a cargo de la sección de vientos arrancó la primera de esas ovaciones descomunales que durante la duración del concierto hicieron peligrar los cimientos de la vieja Plaza de Toros de València. Después, un Romeo And Juliet que por supuesto causó delirio y que fue el momento aprovechado por Knopfler para dar a conocer su decisión de abandonar los escenarios, algo especialmente emotivo para todos cuantos entendimos lo que estaba diciendo (obviamente no incluyo aquí a la persona que le espetó en voz en grito "habla en español").

Con el público ya metido en el bolsillo, continuó con la divertida My Bacon Roll, tras lo cual acompañó, como viene a ser habitual cuando toca en España, los oeoés del público junto a su banda, lo que dio simpática entrada al tramo menos intenso del repertorio, en que los músicos aprovecharon para lucirse con algunos instrumentos tradicionales de folk británico, que alumbraron las interpretaciones de temas como Done With Bonaparte y sirvieron de antesala para de nuevo levantar al público del asiento a base de uno de los recuerdos al que seguramente constituye el único de los discos del artista que tendrá en su casa más de la mitad de los presentes, un Brothers In Arms (1985), del cual un magnífico solo de saxo sirvió de introducción a una bonita versión de Your Latest Trick.


Foto: Susana Godoy
Traca final: Silvertown Blues, Sailing To Philadelphia, On Every Street y un Speedway To Nazareth que coronó la noche con uno de esos finales que ponen la carne de gallina, como también lo logró la interpretación de la que probablemente sea la mejor de sus canciones, una película de más de quince minutos llamada Telegraph Road, emoción pura hecha rock americano para narrar cómo se funda una nación y de paso dar muestras, al fin, del gran guitarrista que siempre ha sido su autor. Porque a veces lo olvidamos, pero Mark Knopfler, además de adaptar a su estilo el laid-back creado por J.J. Cale, tiene una lírica en su ejecución totalmente intransferible, algo portentoso que en esta interpretación brilló especialmente, porque si bien no pudo tocarla tan rápido como solía, sí lo hizo con la maestría debida y supo emocionar como sólo él sabe hacerlo.

No, no tocó Sultans Of Swing (ya no creo que pueda), pero sí que salió a cumplir con la obligación de dar una buena propina a sus fieles. Esa propina fue Money For Nothing, que a base de solos de batería y pirotecnia rockera causó todo el delirio que era de esperar. De hecho, parecía como si el equipo de fútbol de turno hubiera ganado tres ligas a la vez. Tras ella, una más: Piper To The End sirvió para decir adiós, parece que para siempre, a un público que se lo ha dado todo y que por tanto, merece todo. No fue el Going Home (Theme From Local Hero) que se marcó en Barcelona la noche antes, pero sirve igual.

Es fácil tachar a este tipo de artistas de marchitos, institucionalizados, excesivamente orientados a adultos, pero lo que uno no puede apartar de su pensamiento es que cuando contempla a un más que importante número de músicos, cada uno con pericia de maestro en lo suyo, desgranar un imponente repertorio, es que la grandeza de la música no sabe de constreñimientos sociales, barreras culturales o de estupendismos intelectuales. Es lo que es, una magnífica manifestación de belleza. Y punto. Eso lo sabe perfectamente Mark, que con sus años es tan honesto como para reconocer que ya no puede dar el máximo y toca retirada a los cuarteles de invierno. Y es que la palabra que mejor define todo esto es precisamente ésta: honestidad. La honestidad de despedirse tan a lo grande como lo hizo anoche este hombre y dejar a su público con la sonrisa eterna en la boca. Hasta siempre, Mark. Gracias por todo.

Galería fotográfica (Susana Godoy):










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