La segunda jornada del Degusta Fest tuvo algo de travesía emocional y generacional. Un cartel construido con inteligencia, de la reverberación fronteriza al evangelio psicodélico, que fue creciendo en intensidad hasta desembocar en una madrugada de comunión colectiva. No hubo grandes artificios: bastaron canciones, actitud y un público dispuesto a dejarse arrastrar por el viaje.
La apertura correspondió a Los Coronas, veteranos de la carretera y guardianes de un sonido que parece nacido para acompañar películas imaginarias. Su directo sigue teniendo una cualidad física, guitarras que cabalgan entre el surf, el spaghetti western y el rock fronterizo, con esa mezcla de precisión y desenfreno que convierte cada tema en una persecución cinematográfica. El grupo madrileño no necesitó demasiadas palabras; dejó que hablaran los reverbs, los cambios de ritmo y la complicidad de una banda que toca de memoria emocional. Fueron el aperitivo perfecto, instrumental, sí, pero nunca frío.
Después llegó el estallido desvergonzado de Redd Kross, probablemente el concierto más divertido de la jornada. Los hermanos McDonald aparecieron como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa en los noventa, glam, power pop, punk melódico y sentido del humor adolescente mezclados en una coctelera imposible. Lo admirable de Redd Kross es que convierten el exceso en elegancia pop. Sonaron afilados, veloces y contagiosos, enlazando melodías luminosas con riffs de garage sucio mientras el público oscilaba entre el pogo y la sonrisa nostálgica. Su concierto tuvo algo de celebración secreta para iniciados, pero acabó arrastrando incluso a quienes llegaban sin conocer el repertorio.
El tono cambió con The Charlatans, que aportaron la primera gran descarga emocional de la noche. Tim Burgess sigue poseyendo esa mezcla de carisma relajado y melancolía británica que convierte cada canción en una postal de la Inglaterra obrera y psicodélica de los noventa. El sonido del Hammond volvió a ser el corazón del grupo: cálido, hipnótico, elegante. Hubo momentos de auténtica suspensión temporal cuando enlazaron himnos de su repertorio más clásico, y el festival pareció transformarse durante una hora en un pequeño club mancuniano al aire libre. The Charlatans no buscaron épica; encontraron algo mejor: profundidad.
A continuación apareció La M.O.D.A., y con ellos cambió también el lenguaje emocional del recinto. Si hasta entonces la noche había transitado entre la nostalgia alternativa y la psicodelia eléctrica, los burgaleses introdujeron una intensidad mucho más cercana, casi tabernaria. Su mezcla de folk, rock y canción popular funcionó como un puente perfecto entre generaciones. Hay algo profundamente honesto en La M.O.D.A.; canciones construidas para ser gritadas colectivamente, letras que hablan de derrotas pequeñas y resistencias cotidianas. El público respondió con una entrega inmediata, coreando estribillos como si fueran himnos heredados. Fue uno de esos conciertos donde la conexión pesa más que la perfección técnica.
Y entonces llegó Primal Scream para clausurar la jornada con una ceremonia pagana de rock, soul y hedonismo electrónico. Bobby Gillespie apareció ejerciendo de chamán elegante, mitad predicador decadente, mitad estrella glam superviviente. Primal Scream entendieron perfectamente el pulso del festival, no se trataba solo de tocar canciones, sino de construir una atmósfera. Y lo hicieron alternando pulsión bailable, ruido psicodélico y momentos de mística eléctrica. Cuando atacaron sus himnos más reconocibles, el recinto entró en combustión emocional. Había gente bailando con los ojos cerrados, otros abrazándose, muchos simplemente dejándose atravesar por ese groove narcótico y eterno que la banda escocesa lleva décadas perfeccionando.
Lo más interesante de esta segunda jornada fue precisamente su coherencia interna. Cada grupo ocupó un lugar distinto dentro del mapa del rock contemporáneo, pero todos compartieron una misma defensa de la música como experiencia física y comunitaria. En tiempos dominados por la hiperproducción y la inmediatez digital, el Degusta Fest reivindicó algo mucho más simple y más difícil: el placer de ver a bandas reales tocando canciones reales frente a un público dispuesto a vivirlas. Reseñable, sin dudas, la evolución del festival, que entre ambas ediciones, ha corregido las pequeñas deficiencias que pudo haber en la primera, haciéndolo todo más fácil y cómodo pero igualmente gourmet para los que prefieren un festival menos masificado y más disfrutable.
Foto Primal Scream: Javier Rosa.
Resto fotos: María Villa
Redacción: María Villa





0 Comentarios
¡Comparte tu opinión!
Esperamos tu comentario