Hay artistas que repasan su carrera. Y hay artistas que la ponen en marcha. Sting pertenece a la segunda categoría. Anoche, 15 de julio, con la Plaza de Toros de Granada completamente agotada no recibió una lección de historia del pop, sino una descarga de canciones que siguen respirando con una naturalidad asombrosa.
A las diez de la noche, la silueta del músico británico apareció para abrir el concierto con “Message in a Bottle”. No hubo preámbulos ni necesidad de explicar nada. El primer acorde bastó para que miles de voces reconocieran de inmediato aquel mensaje lanzado al mar hace casi medio siglo. Sting no necesitaba conquistar Granada: Granada ya estaba rendida.
La noche avanzó con “I Wrote Your Name (Upon My Heart)” y “If I Ever Lose My Faith in You”, dos canciones que situaron desde el principio el territorio del concierto: la mirada de Sting sobre su propia obra, siempre elegante, siempre en movimiento. Después llegó “Englishman in New York”, y la plaza se convirtió durante unos minutos en una ciudad imaginaria, cosmopolita y nocturna. Sting cantó a su personaje con la misma mezcla de ironía y sofisticación que ha convertido la canción en un clásico.
Pero si algo quedó claro anoche fue que The Police sigue siendo una parte esencial del ADN de Sting. “Every Little Thing She Does Is Magic” levantó una primera gran oleada de entusiasmo. Más tarde, “Wrapped Around Your Finger” y “Driven to Tears” recordaron que detrás de aquellos éxitos había también una banda capaz de tensar el pop hasta convertirlo en algo extraño, urgente y profundamente moderno.
Entre ambos mundos, el solista encontró espacio para la intimidad. “Fields of Gold” fue uno de los momentos más delicados de la noche, una canción que parece detener el tiempo y que anoche encontró en la plaza granadina un escenario perfecto. “Never Coming Home” y “Mad About You” prolongaron ese tono más personal, antes de que “A Thousand Years” volviera a demostrar la capacidad de Sting para construir canciones de una belleza casi cinematográfica.
La segunda mitad del concierto fue un auténtico desfile de memoria colectiva. “Can't Stand Losing You” y “Shape of My Heart” convivieron con la precisión instrumental de un músico que no parece interesado en reproducir el pasado de forma literal. Sting no actúa como un arqueólogo de sus propios éxitos. Los revisita, los desnuda y vuelve a ponerlos en circulación.
Y entonces llegó “Brand New Day”, una declaración de principios escondida dentro de una canción. Después, “So Lonely” disparó la energía de la plaza. El público cantó, saltó y convirtió la canción en una celebración compartida. La soledad, al menos durante esos minutos, era un concepto completamente ajeno a Granada.
“Desert Rose” aportó el pulso hipnótico que ya forma parte del imaginario de Sting. Y cuando sonaron los primeros compases de “Every Breath You Take”, la Plaza de Toros entera pareció transformarse en un gigantesco coro. La canción, tantas veces escuchada, recuperó su condición de acontecimiento: una melodía universal, reconocible en cualquier lugar del mundo, interpretada por el hombre que la escribió.
El bis no podía ser más significativo. “Roxanne” volvió a encender la llama de The Police y dejó a Sting frente a uno de los grandes himnos de su carrera. Después, “Fragile” cerró la noche con una emoción distinta, más contenida, casi suspendida. Una despedida sin artificios y, precisamente por eso, especialmente poderosa.
Sting dejó Granada después de 19 canciones y de un concierto que no necesitó nostalgia para hablar del pasado. La fórmula fue otra: canciones que han sobrevivido a las décadas porque todavía tienen algo que decir y un intérprete que sigue sabiendo cómo decirlo. En una Plaza de Toros llena hasta el último rincón, el británico demostró que la edad puede cambiar el calendario, pero no necesariamente la autoridad sobre un escenario.
Anoche, Sting no vino a recordar quién fue. Vino a demostrar que todavía está aquí.






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