[Crónica] Sun&Thunder 2026 — Primera jornada: el trueno empieza a despertar (27/08/2026)

 



Hay festivales que empiezan cuando suena la primera banda y otros que necesitan un poco más de tiempo para entrar en combustión. El Sun&Thunder, en esta primera jornada en el Marenostrum Fuengirola, pertenece de momento a la segunda categoría. Las cuatro de la tarde es una hora complicada para convocar al público metalero en la Costa del Sol, mientras algunos ya ocupan las primeras filas, otros todavía apuran los últimos espetos en la playa y esperan a que el sol pierda algo de fuerza antes de entregarse al ruido.

Y, al menos, este año el calor concede una pequeña tregua respecto a la edición anterior. El viento de poniente refresca ligeramente el ambiente durante las primeras horas y hace que la espera sea bastante más llevadera.

El recinto de Marenostrum vuelve a demostrar por qué es uno de los escenarios más privilegiados de la Costa del Sol. El mar al fondo, el castillo dominando la escena y ese paisaje que parece diseñado para que cualquier concierto tenga una postal de fondo. Pero también revela su principal inconveniente cuando el metal empieza a sonar a plena tarde, está pensado, sobre todo, para conciertos nocturnos. Hay pocas sombras en las que refugiarse durante los cambios de banda y el sol se convierte en un invitado más, aunque nadie lo haya incluido en el cartel. Quizás ahí, la primera parte del nombre, “Sun” le viene como anillo al dedo.

La organización ha introducido este año una mejora importante, no hay solapes y tampoco es necesario afrontar la ya célebre cuesta del castillo para cambiar de escenario. La contrapartida está en los tiempos muertos. Los cambios previstos entre las bandas grandes rondan la hora, lo que deja a los grupos de menor tamaño apenas media hora para defender su propuesta. En un festival en el que descubrir bandas debería formar parte del atractivo, treinta minutos saben inevitablemente a poco.



Airos: empezar jugando en casa

Con el público todavía entrando a cuentagotas, fueron los encargados de poner las primeras notas a la jornada. No era precisamente el contexto más sencillo: las cuatro de la tarde, el escenario todavía con buena parte de la audiencia por llegar y una temperatura que, aunque más benigna que la del año pasado, invita antes a buscar una sombra que a plantarse delante de un escenario.



Pero Airos salió a cumplir. Voluntariosos, compactos y con una puesta en escena basada en nada menos que tres guitarras, los malagueños jugaron además con una ventaja que no siempre tienen las bandas que abren un festival, contar con su propia parroquia. Entre el público había un pequeño pero ruidoso grupo de seguidores que conocía las canciones, coreaba determinados pasajes y dejaba claro que aquello no era para ellos una actuación cualquiera.



La conexión con la audiencia fue creciendo poco a poco. En temas como “Dogma”, “Bajo presión” o “Flor marchita”, algunos asistentes demostraron saberse las letras y acompañaron a la banda desde abajo. Ese tipo de respuesta, especialmente cuando todavía no hay una gran masa de público frente al escenario, tiene un valor añadido, convierte un concierto de apertura en algo más parecido a una presentación entre amigos que a un simple trámite de festival.

Airos también tuvieron tiempo para reivindicar su tierra con “Andalucía”, uno de los momentos más reconocibles de su actuación, en el que la bandera andaluza ondeó sobre el escenario. Y hubo colaboración femenina: Noe Benítez se sumó a la banda, aportando otro color a un repertorio que encontró en el directo una energía que las circunstancias iniciales no invitaban precisamente a esperar.

Quizá no era el momento del día destinado a las grandes multitudes, pero sí uno de esos conciertos que recuerdan que un festival no empieza realmente cuando llegan los cabezas de cartel. Empieza cuando una banda se sube al escenario prácticamente con todo en contra y consigue que los primeros asistentes dejen de mirar el reloj, el sol o la playa. Airos lo intentaron con ganas. Y, al menos para los que ya estaban dentro, consiguieron que el trueno empezara a escucharse.



Tempest Saints: la difícil hora de la siesta

Después de la representación local de Airos llegaba el turno de Tempest Saints, procedentes del Reino Unido y ganadores del polémico concurso de bandas (algunos seguidores del festival reclamaban un concurso similar para grupos españoles) del Sun & Thunder celebrado en Inglaterra. Una credencial que, inevitablemente, coloca sobre sus hombros cierta expectativa antes incluso de que empiecen a tocar.



El comienzo invitaba a pensar que la cosa iba a ponerse seria. El primer tema apuntaba a un concierto trallero, de esos que reclaman movimiento en las primeras filas y una respuesta inmediata del público. Sin embargo, esa energía inicial no terminó de transformarse en conexión con la audiencia española. También hay que tener en cuenta el contexto, a esas horas, con el festival todavía desperezándose y buena parte del público haciendo tiempo fuera del recinto, resulta complicado encontrar esas primeras filas entregadas que necesita una banda para que el directo crezca.

Tempest Saints tampoco ayudaron demasiado a construir una identidad visual definida. Su estética resultó bastante desigual, sin que terminara de percibirse una imagen conjunta que acompañara a la propuesta musical. Entre los miembros de la banda llamó especialmente la atención el bajista, y no solo por su presencia sobre el escenario, en esta ocasión el instrumento estaba en manos del propio manager de la banda. Una circunstancia curiosa que añadía una pequeña particularidad a una actuación que, pese a arrancar con intenciones contundentes, terminó pasando de puntillas por una franja horaria especialmente complicada.

Quizá Tempest Saints necesitaban otro momento del día y, sobre todo, otro volumen de público dispuesto a dejarse la garganta en las primeras filas. El festival todavía estaba calentando motores y ellos no consiguieron terminar de encenderlos.



Siddharta: conocidos de la escena local

La tercera parada de la tarde tenía también acento malagueño. Siddharta son ya una presencia habitual en los eventos metaleros de la ciudad, una de esas bandas que, por su participación constante en la escena local, ofrecen cada vez más oportunidades de encontrarse con ellas sobre un escenario. Y eso tiene una doble lectura, por un lado, cuentan con la ventaja de ser una formación conocida por buena parte del público, por otro, cada nueva actuación deja menos margen para la sorpresa.



Su paso por el Sun & Thunder fue, en líneas generales, correcto. La banda cumplió con solvencia, aunque la puesta en escena volvió a dejar un cierto sabor a oportunidad perdida. La estética resultó pobre y poco trabajada, especialmente teniendo en cuenta que en un festival la imagen también forma parte del espectáculo y puede ayudar a diferenciar a una banda dentro de un cartel amplio.

Musicalmente, el concierto comenzó con “Títere” y “No te rindas”, asentando desde el principio una propuesta que el público local ya conoce bien. La actuación fue ganando enteros a medida que avanzaba el repertorio y encontró sus mejores momentos en “Octubre” y “Sueña”.



Fue precisamente con esta última, “Sueña”, con la que Siddharta decidió poner punto final a su actuación. Un cierre que dejó buenas sensaciones y confirmó la solvencia de una banda que conoce perfectamente su terreno, aunque en esta ocasión tampoco terminara de convertir su presencia en el festival en uno de esos conciertos que permanecen en la memoria una vez que empiezan a sucederse los nombres importantes del cartel.



Débbler Eternia: un espectáculo de principio a fin

La siguiente banda en subir al escenario fue Débbler Eternia, y desde los primeros compases quedó claro que lo suyo iba mucho más allá de interpretar canciones. La banda convirtió su actuación en un auténtico espectáculo, cuidando al detalle tanto la parte musical como la imagen y la puesta en escena. El estupendo vestuario, la actitud de los músicos y una propuesta visual muy trabajada hicieron que fuese imposible apartar la mirada del escenario.



Con Rubén Kelsen al frente, Débbler Eternia desplegó un repertorio lleno de temas pegadizos y contundentes, demostrando además el buen nivel de sus músicos. Canciones como “Polvo de estrellas”, “Mi oscuridad”, “Eterna soledad” o “Nada nos podrá parar” fueron dando forma a un concierto dinámico, en el que la banda supo mantener la atención del público y transmitir una energía constante.

Pero uno de los elementos que más llamó la atención fue, sin duda, la dimensión escénica del espectáculo. Cada integrante aportaba su propia presencia y personalidad, formando un conjunto visualmente muy potente. El vestuario encajaba perfectamente con la estética de la banda y contribuía a crear esa atmósfera característica, haciendo que cada canción tuviera también su correspondiente impacto visual. No se trataba simplemente de salir al escenario y tocar, había una clara intención de ofrecer al público una experiencia completa.



Además, con Débbler Eternia aparece por primera vez una mujer sobre el escenario durante esta parte del festival, Juwdix, que forma parte de la propia banda como corista y no como artista invitada o colaboración puntual. Su presencia aporta otro elemento más a una puesta en escena ya de por sí muy cuidada.

El concierto fue avanzando entre melodías reconocibles, estribillos que invitaban a acompañar a la banda y una ejecución sólida por parte de todos los músicos. Rubén Kelsen llevó el peso vocal con una presencia escénica acorde con la propuesta del grupo, mientras el resto de la formación construía una base musical compacta que permitía que las canciones funcionasen tanto a nivel sonoro como visual.

Y si había una manera de cerrar el espectáculo dejando al público con ganas de más, Débbler Eternia la encontró con “Afrodissia”, el tema elegido para poner el broche final a su actuación. Un cierre que resumió perfectamente lo que había sido su paso por el escenario, música, imagen, actitud y espectáculo.

En definitiva, una actuación muy completa y especialmente cuidada en su apartado visual. Débbler Eternia demostró que un buen directo no consiste únicamente en tocar bien, sino también en saber crear una atmósfera, transmitir una identidad y convertir el escenario en parte fundamental de la propuesta. Y ellos, durante su actuación, lo consiguieron con creces.



Eivør: la pausa hipnótica que necesitaba la jornada

Y llegó el momento de la cabeza de cartel: Eivør. Por fin, una mujer al frente de una banda. Y lo hace, además, en el momento perfecto. cuando un respiro de la tralla que todavía queda por delante viene como anillo al dedo. Desde las Islas Feroe llegaba una propuesta completamente diferente a buena parte de lo que había sonado durante la jornada, un auténtico punto y aparte en un día que, pese a contar con algunos nombres imprescindibles en su cartel, estaba acusando una asistencia algo floja.

Pero bastaron los primeros minutos para que todo aquello pareciera secundario. Eivør posee una de esas voces que no necesitan artificios para imponerse. Su capacidad vocal, unida a una presencia escénica absolutamente carismática, consiguió llenar el recinto y crear una atmósfera casi hipnótica.

Multiinstrumentista y protagonista absoluta de la actuación, Eivør fue alternando instrumentos y recursos con una naturalidad sorprendente. Especialmente llamativo fue su manejo del bodhrán, que aportó una dimensión orgánica y ancestral a una propuesta musical difícil de encasillar. Su voz, por momentos delicada y envolvente y en otros poderosa y sobrecogedora, se convirtió en el verdadero eje de un espectáculo construido más desde la atmósfera que desde la contundencia.

La música de Eivør parte del folk nórdico y de las tradiciones musicales de las Islas Feroe, pero no se queda ahí. Sobre esa raíz aparecen elementos de jazz, rock, pop, música clásica y electrónica atmosférica, creando una combinación tan personal como difícil de comparar con cualquiera de las bandas que habían pasado anteriormente por el escenario. Lo ancestral y lo contemporáneo conviven constantemente, y esa mezcla se hace especialmente evidente en directo.

Había algo casi ceremonial en su manera de ocupar el escenario. Sin necesidad de una puesta en escena excesivamente recargada, Eivør conseguía que cada gesto, cada cambio de instrumento y cada interpretación tuviesen un peso especial. La iluminación y el sonido contribuían a reforzar esa sensación, envolviendo al público en una atmósfera que por momentos parecía transportar el festival mucho más al norte, hasta los paisajes de su tierra natal.

Y ahí estuvo precisamente una de las grandes virtudes de su actuación. no necesitó recurrir a la fuerza para hacerse enorme. En una jornada marcada en buena medida por la contundencia, las guitarras y la intensidad, Eivør consiguió llenar el recinto desde otro lugar. Su voz era suficiente. Una voz capaz de proyectarse sobre todo el espacio y de mantener al público completamente pendiente de ella. Hipnótica, elegante, poderosa y magnética, Eivør ofreció uno de esos directos en los que el tiempo parece detenerse y en los que cuesta, literalmente, apartar la mirada del escenario. Un auténtico oasis dentro de la jornada y, sin duda, uno de los momentos más especiales del festival.



Harakiri for the Sky: el último asalto antes de la noche

Y para poner el punto final a la sucesión de bandas, antes de que el DJ tomase los mandos del escenario —y que suponemos que mantendría la fiesta hasta altas horas de la madrugada— llegaba Harakiri for the Sky. Los austriacos no estaban dispuestos a que el cansancio acumulado de la jornada hiciera mella en el público y salieron con la clara intención de despertarlo a base de intensidad, contundencia y una buena dosis de tralla.

Y vaya si lo consiguieron. Tras los largos tiempos de cambio entre bandas, que habían provocado más de un momento de letargo entre el público, Harakiri for the Sky apareció como un auténtico revulsivo. Desde el primer momento, el escenario se convirtió en un torbellino de sonido y movimiento, con J. J. recorriéndolo de un lado a otro en un despliegue físico constante, entregándose por completo a cada tema y convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas visuales de la actuación.

Su propuesta no entiende de medias tintas. Canciones largas, densas y de enorme intensidad, construidas sobre capas de guitarras y cambios de dinámica que llevan al oyente de momentos de mayor recogimiento a auténticas explosiones de fuerza. Una música que exige atención y entrega, pero que en directo adquiere todavía más dimensión gracias a la energía de la banda.

El contraste con Eivør, que había ofrecido poco antes un concierto hipnótico y atmosférico, no podía ser mayor. Si la feroesa había conseguido detener el tiempo y envolver al recinto con su voz, Harakiri for the Sky llegó para volver a ponerlo todo en movimiento. Gritos, cabezas agitándose y una banda completamente volcada sobre el escenario fueron la receta perfecta para afrontar el último tramo de la jornada.

La intensidad fue creciendo con cada canción, y aunque los temas de la banda requieren desarrollos largos, lejos de hacerse pesados, funcionaron como auténticos viajes sonoros. La combinación de melodía, oscuridad y explosiones de contundencia encontró una respuesta cada vez mayor entre un público que parecía recuperar las fuerzas justo cuando más falta hacía.

Harakiri for the Sky ejerció así de último gran golpe de la jornada, antes de dejar el escenario en manos del DJ. Un cierre contundente, físico y sin concesiones que consiguió sacar al público del letargo y recordar, una vez más, que todavía quedaba energía para afrontar la madrugada.

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