Hay conciertos que parecen diseñados por el destino para que
las canciones encuentren el escenario perfecto. El de Ariel Rot en el Ciclo 1001
Músicas, en el Palacio de los
Córdova, dentro del ciclo 1001 Músicas – CaixaBank, fue uno de ellos. A los pies de la Alhambra, en ese espacio
idílico donde la historia parece formar parte del decorado, una generosa
asistencia de público se entregó a un viaje por varias décadas de rock en
castellano, de canciones que han sobrevivido al paso del tiempo y que, esta
noche, volvieron a sonar con una vigencia sorprendente.
Rot apareció
sobre el escenario acompañado por una banda impresionante, de esas que no
necesitan demostrar nada porque la experiencia se escucha en cada compás. Hay
una solvencia que únicamente se alcanza después de muchos años de carretera,
escenarios y canciones compartidas. Y ahí estuvo también Chilo Chiloé,
aportando su sello personal desde la batería y contribuyendo a ese engranaje
preciso que permitió que cada tema respirara con naturalidad. No es casualidad,
Chilo ya había formado parte de la banda de Rot en diferentes proyectos y de la formación que acompañó a
Tequila en su última etapa.
El repertorio comenzó dibujando un recorrido por la trayectoria de Ariel Rot con "Vals de los recuerdos”, “Hasta perder la cuenta”, "Hoja de ruta”, “El mundo de ayer” y “Colgado de la luna” fueron abriendo el camino hacia una noche en la que pasado y presente iban a convivir constantemente.
Y entonces llegó “Dulce condena” y el Palacio de los Córdova
se transformó. El público, que hasta entonces había escuchado con una mezcla de
atención y complicidad, se animó definitivamente y convirtió el concierto en
una celebración colectiva. El público tomó el relevo y cantó a solas las
últimas estrofas. Durante unos instantes, Ariel Rot dejó que fueran las voces
de quienes estaban frente al escenario las que terminaran de contar la
historia.
Era imposible no intuir, bajo la piel de aquel guitarrista, al Ariel Rot de Tequila y Los Rodríguez, dos capítulos fundamentales de la historia del rock en castellano que siguen latiendo en su manera de tocar, de frasear y de entender una canción. No como una reliquia del pasado, sino como una parte inseparable de su ADN musical.
La noche continuó con “Bruma en la Castellana”, “Confesiones”,
“Geishas en Madrid”, “Quiero besarte” (la única que cantó de su etapa Tequila), “Vicios caros” y “Milonga”, antes de
desembocar en “Baile de ilusiones”. Un repertorio que no necesitó artificios
para mantener la atención, bastaron las canciones, una banda extraordinaria y
un público que conocía buena parte de aquel mapa sentimental.
Pero todavía quedaba un último regalo. Tras la pausa, en los bises llegaron “Me estás atrapando” y “Mucho mejor”, y en esta última el concierto alcanzó uno de esos momentos que justifican por sí solos una noche de música en directo.
Y quizá ahí estuvo la verdadera esencia de esta noche, en
comprobar que las canciones no pertenecen para siempre a quienes las
escribieron. Con el tiempo pasan a formar parte de quienes las escuchan, las
viven y las incorporan a sus propios recuerdos.
Bajo la Alhambra, entre los muros y jardines del Palacio de los Córdova, Ariel Rot volvió a demostrar que algunas canciones no envejecen. Se hacen mayores con nosotros. Y cuando una banda las toca con la experiencia, la elegancia y la solvencia de esta noche, vuelven a parecer exactamente lo que siempre fueron, canciones destinadas a quedarse.
Crónica: María Villa
Fotos: Proexa.
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