Hay grupos que envejecen y grupos que, simplemente, maduran. Teenage Fanclub pertenece a esa segunda categoría. Anoche, en el Teatro CajaGranada, la banda escocesa demostró que casi cuatro décadas de trayectoria no han erosionado su identidad, sino que han convertido su manera de entender el pop en algo parecido a un refugio. Guitarras luminosas, melodías que parecen conocidas desde siempre, armonías vocales y canciones capaces de atravesar generaciones sin necesidad de actualizarse.
La cita, que abría la programación de octubre del ciclo 1001 Músicas - CaixaBank, llegaba además en un momento especialmente significativo ya que Teenage Fanclub se encuentra presentando su nueva etapa alrededor de Do Not Dare To Dream, decimotercer álbum de estudio, cuya publicación está prevista para el 9 de octubre. Pero antes de que Norman Blake, Raymond McGinley y compañía ocuparan el escenario, Granada tuvo la oportunidad de reencontrarse con un viejo conocido de la familia Fanclub, Euros Childs.
Y entonces llegó la banda. Teenage Fanclub nació en Bellshill, cerca de Glasgow, en 1989, y su primera etapa poco tenía que ver con la luminosidad pop que terminaría convirtiéndose en su sello. A Catholic Education y, especialmente, canciones como “Everything Flows”, mostraban a un grupo más áspero, ruidoso y cercano al indie-rock de guitarras de finales de los ochenta.
Después llegaría Bandwagonesque (1991), el disco que les situó definitivamente en el mapa internacional. Firmado por Creation Records en Reino Unido y Geffen en Estados Unidos, convirtió aquella mezcla de guitarras heredera de Big Star, The Byrds o los Beach Boys en una fórmula extraordinariamente personal. El álbum llegó incluso al número uno de la lista Heatseekers de Billboard y dejó clásicos como “The Concept”, “Star Sign” o “What You Do to Me”.
Dos años después llegaría Songs from Northern Britain, probablemente la otra gran piedra angular de su trayectoria. El disco alcanzó el número tres en las listas británicas y confirmó que la banda podía hacer pop de guitarras sin someterse ni al grunge estadounidense ni al britpop que dominaba el Reino Unido. Quizá por eso lo de Teenage Fanclub nunca fue exactamente una moda. Nunca necesitaron estar en el lugar adecuado del momento adecuado. Su música parecía pertenecer a otro calendario.
El concierto de Granada fue precisamente un recorrido por ese calendario. “Tired of Being Alone” abrió la noche y, desde los primeros compases, quedó claro que no estábamos ante un ejercicio de nostalgia arqueológica. La banda no se presentó como un grupo de los noventa intentando reconstruir su pasado, sino como una formación plenamente viva que ha decidido seguir haciendo aquello que mejor sabe hacer.
“Foreign Land”, “Tomorrow People” y “Day in the Sun” fueron ampliando ese territorio luminoso, antes de que “Alcoholiday” recuperara otra de las constantes históricas del grupo con canciones aparentemente despreocupadas que esconden debajo una cierta melancolía. La parte central del repertorio fue especialmente reveladora. “Falling Into the Sun”, “There Was You”, “I Don't Want Control of You” y “Everything Is Falling” demostraron que el grupo sigue moviéndose con naturalidad entre pasado y presente. La nueva música no aparece aquí como un peaje obligado para promocionar un disco, sino integrada en una trayectoria que ya no necesita justificar nada.
Y entonces llegó uno de esos momentos en los que el tiempo parece doblarse “What You Do to Me”. Después, “My Uptight Life”, recuperada de Howdy! (2000), demostrando que el repertorio de Teenage Fanclub va mucho más allá de sus dos o tres discos canónicos. “Metal Baby”, “It's a Bad World” y “The Concept” terminaron de convertir el concierto en una clase magistral de power pop sin nostalgia impostada.
Especialmente significativo fue escuchar “The Concept” en este contexto. Una canción que pertenece a aquel momento de principios de los noventa en que Teenage Fanclub pasó de ser una banda escocesa de culto a convertirse en uno de los grandes nombres internacionales del rock alternativo. Y, sin embargo, décadas después, sigue sonando extrañamente contemporánea.
La recta final fue un pequeño homenaje a la identidad profunda del grupo: “The Cabbage”, “Endless Arcade” y, finalmente, “Everything Flows”. Si Bandwagonesque fue la consagración y Grand Prix la confirmación de una fórmula propia, Endless Arcade representa otra cosa, la demostración de que Teenage Fanclub ha sabido llegar hasta aquí sin renunciar a su lenguaje. El título de la canción parecía incluso una metáfora involuntaria de la noche, un recorrido circular en el que las canciones avanzan, retroceden y vuelven a encontrarse.
Y cuando sonó “Everything Flows”, aquella canción que ya estaba allí desde los primeros tiempos de la banda, resultó imposible no pensar en todo lo que había sucedido entre aquel Teenage Fanclub de Bellshill y el que anoche ocupaba el escenario del Teatro CajaGranada. Lo extraordinario de Teenage Fanclub no es haber sobrevivido. Es haber conservado intacta una determinada idea de belleza pop mientras todo alrededor cambiaba.
Han atravesado el grunge, el britpop, el post-rock, la electrónica, las sucesivas revoluciones del indie y las mutaciones de la industria musical. Han perdido miembros fundamentales (Gerard Love abandonó la formación en 2018), han cambiado de discográfica, han atravesado distintas épocas creativas y han seguido grabando discos como Shadows, Here, Endless Arcade o Nothing Lasts Forever. Y todavía siguen ahí.
Porque quizá esa sea la verdadera razón por la que Teenage Fanclub continúa teniendo sentido, sus canciones no parecen pertenecer a una época concreta, pertenecen a quienes las han escuchado. Y mientras haya alguien dispuesto a dejarse llevar por esas guitarras y esas armonías, Everything Flows seguirá fluyendo.
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