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    jueves, abril 30, 2015

    Martin Carr. 28-4-15. Loco Club.

    En el escenario del Loco Club de Valencia, Martin Carr demostró que la perfección pop existe y lleva su nombre. 



    Uno se cansa de repetirse cual mantra lo agradecidos que deberíamos estar en esta ciudad de que se programen artistas sobresalientes en recintos más que adecuados y encontrarse con la falta de transformación de ese agradecimiento en afluencia de público a sus conciertos. ¿Es que ya no existe público potencial para este tipo de propuestas? ¿Es que no hay dinero para pagar entradas? ¿Es desidia? ¿O es sencillamente que ayer era martes?

    Realmente, no sé cuál es la respuesta a esas preguntas, pero lo que sí es cierto es que ayer Martin Carr y su banda brindaron un espectáculo musical de una calidad a años luz de muchos de los que sí que llenan recintos y somos pocos los que podemos contarlo. Y es una pena, porque en un mundo perfecto hoy todo el mundo debería estar hablando de lo que anoche ocurrió en el Loco, pero lo cierto es que esa imagen y esos sonidos se quedarán en la cabeza de cuarenta o cincuenta personas, que eso sí, podemos considerarnos muy afortunados.

    Ni siquiera el reclamo de un disco soberbio como es "The breaks" (2014, Tapete Records), ni la nostalgia que tanto nos gusta por aquí, garantizada con el recuerdo de sus días como capitán de ese buque de pop imaginativo y arriesgado que fueron The Boo Radleys, ni la mera, aunque esencial, cuestión de que nos encontramos ante un músico realmente dotado, un verdadero fuera de serie, obraron el milagro de que por una vez un espectáculo de estas características recibiera la atención que realmente merece. Ya digo, una verdadera pena...

    Y lo es porque tras una a ratos hilarante (más que nada por el morro que le echaba) a la par que anecdótica actuación de JEID, alias del one-man-band Jacobo Eid, el que otrora fuera miembro de los desaparecidos Supernova, a caballo entre  el crooner de crucero, la caspa made in Benidorm, maneras de latin lover, el casiotone y el pop sesentero , la salida de Carr y su banda no dio concesión alguna y dejó claro y sentado desde el segundo cero de su espectáculo que lo que se desarrollaría en los minutos siguientes sería memorable. 

    Un sonido absolutamente perfecto de sala (por el que, sin desmerecer el buen hacer de la banda, hay que aplaudir una vez más a su técnico de sonido titular, Octavio Hidalgo) abrazó en todo momento a una banda que además de un Martin Carr poderoso con la guitarra, con la que supo teñir acertadamente de rock un repertorio que grabado suena mucho más pop, contaba con un trío de músicos veteranos (teclado, bajo y batería), que además de  aportar maestría y entusiasmo cada uno por su lado a un sonido compacto y sobrecogedoramente vibrante, arropaban a la perfección con magníficas armonías vocales la solvente voz del protagonista de la noche. 

    Fue una de esas ocasiones en que lo que sucede en el escenario te explota en la cara. El despliegue musical alcanza tal nivel de sublimidad que uno no es capaz más que de rendirse y contemplar con la boca abierta lo que tiene delante, con la vaga esperanza de que no termine nunca, o por lo menos, que se quede grabado en la memoria. Así de fuerte fue lo que vimos anoche. Un repertorio basado, porqué no, en su inmensa mayoría en un disco reciente que es una verdadera maravilla, con pocas concesiones a la nostalgia de éxitos de los Boo Radleys (aunque cayeron los necesarios) o incluso a su pasado más reciente, bajo el proyecto de Brave Captain. Abrieron con un "St, Peter in chains" y un "Senseless apprentice" tan efectivos que hicieron despegar al infinito un setlist que no frenó ni un segundo, tanto si se buscaba el lenguaje electrizante ("The Santa Fe Skyway", "Mandy get your mello on" o "The dead of winter", de su primer largo en solitario) o la delicadeza de la orfebrería pop que destella en joyas tan impresionantes como "Mountains", "Sometimes it pours", "no money in my pocket" o la maravillosa "Mainstream", quizá una de las mejores canciones jamás escritas por su autor; como si se recurría a la vaselina de algún que otro viejo y necesario hit como "Reachin our from here" o la inevitable "Lazarus", que precedió a un pequeño descanso, tras el cual, un Martin Carr sólo y armado de una guitarra acústica con un precioso dragón chino dibujado en su bandolera color azul, atacó con sinceridad y algunas trazas de improvisación algún esperado clásico más como "Find the answer within" o "Wish I was skinny"


    No, no sonó "Wake up boo", ni falta que hacía. Realmente ante algo así, da un poco lo mismo que suenen los hits o no. La dosis de música sublime, de la que engrandece el corazón, de anoche fue tan grande que creo que los pocos asistentes a este (inolvidable) concierto tendremos la sonrisa petrificada en la cara durante una buena temporada. 

    Y vosotros os lo perdisteis. 












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