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martes, julio 09, 2019

Bette Smith: el ciclón de Brooklyn vuelve a España

Decidida a conquistar nuestro país, tras la gira que la trajo por algunas de sus principales ciudades en abril, la cantante de rock y soul de Brooklyn vuelve de nuevo para ofrecer nada menos que cinco nuevas fechas de presentación de su celebrado álbum Jetlagger, que dan comienzo hoy en el marco de la Semana Negra de Gijón, continuando con Santander, Valencia, Cazorla y Canarias


Escasos han sido los ejemplos en la historia en que el soul de los negros se ha aproximado de una forma plausible al rock de los blancos. Quizá el ejemplo más relevante sea Tina Turner, que supo aplicar la energía que en los 60 y 70 desplegaban bandas como los Rolling Stones o Creedence Clearwater Revival a sus cimientos en el rhythm and blues, ya fuera con su marido Ike o de manera todavía más visible en sus años de éxito en solitario. Quitado de ella, la verdad es que ha sido bastante infrecuente ese acercamiento, aunque últimamente sí que ha ocurrido más veces, de manera más o menos underground, con gente como Curtis Harding, Nikki Hill, The Bellrays o The Alabama Shakes.

Justo sería que apareciera al fin un personaje que aunara de una vez por todas la aspereza blanca con el calor negro de una manera natural. No sabemos, realmente, si una figura como Bette Smith puede cargar sobre sus hombros tal responsabilidad, pero sí que es cierto que su primer disco, Jetlagger (Big Legal Mess Records, 2017), reúne, en tan sólo sus tres primeros cortes, todo un huracán de sensaciones al límite, de esas que sólo el rock más puro y el soul más negro consiguen arrancar. Tanto la monumentalidad psicodélica de I Will Feed You, el sudor de Memphis que supura la titular o el extasiante hit de rock en-tu-cara que supone I Found Love (canción original de Lone Justice y compuesta por Maria McGee y Steve Van Zandt), conforman, además de uno de los comienzos de disco más alucinantes de los últimos años, uno de los cruces más acertados entre ambos mundos.

Eso es responsabilidad, principalmente, de una soul-woman como las de antes, de las que ya no quedan. Un huracán que arrastra consigo todo lo que encuentra. Da igual raza, religión, credo musical o adscripción política, todo lo pone patas arriba y logra lo que casi nadie: que toda esa mezcla suene natural y pertinente. Además, ha contado con la ayuda de un productor de altura que la ha sabido entender y aupar: Jimbo Mathus es un cotizado músico, miembro de los prestigiosos Squirrel Nut Zippers y acompañante de gente como Buddy Guy o Elvis Costello, que la llevó consigo a los estudios Dial Black Sound de Mississippi para registrar, a base de tomas en directo y un contacto con el sur de EEUU que según cuentan, la cantante jamás había experimentado, una ópera prima que no lo es tanto, en realidad.

Esto lo decimos porque Bette de recién llegada tiene poco, aunque alguien se haya preocupado de hacerla aparecer como una artista novel. Nacida Sharon Smith en una familia férreamente adventista, su padre era el director del coro de la iglesia de Brooklyn a la que asistían y en el que ella empezó a cantar con la tierna edad de 5 años. Pese a que su padre prohibía rigurosamente todo acercamiento a la música secular en casa, a Sharon la tenían rendida Etta James, Isaac Hayes  o Bill Withers, de modo que fue cuestión de tiempo que cogiera el petate y saliera por ahí a buscar fortuna. No lo consiguió, al menos inmediatamente, pero fue labrándose una reputación como cantante de blues bajo el nombre de Bette Stuy, apelativo bajo el que grabó un par de álbumes, llegando a ser incluida en el Salón de la Fama del Blues de Nueva York. En esas, alguien la descubrió cantando en la calle, llegó el contrato de grabación, el productor, etc, etc...

En su anterior visita a nuestro país, hubo disparidad de opiniones a cerca de si su acto de directo es más propio de una cantante de bar, que de una primera figura de la música negra, como parece ser que se la está vendiendo (algo así como una nueva Sharon Jones). Por supuesto, para llegar a determinado estatus hace falta una reputación a prueba de bombas en directo. Tal vez sea esa la razón de una vuelta tan repentina de Bette a nuestros escenarios. Quizá viene a reclamar un lugar en el corazón de un público, el español, con el que si uno se entrega como es debido encuentra una fidelidad prácticamente eterna. Yo tengo fe, por lo que he podido escuchar en su disco y ver en redes, en que su directo nos va a dejar de todo menos indiferentes. Pero claro, de momento es sólo una conjetura. Habrá que verla en sus salsa para corroborarlo. Y yo no me lo pienso perder.


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