The Divine Comedy, La Rambleta (València) 03/11/2019 - Alquimia Sonora

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lunes, noviembre 04, 2019

The Divine Comedy, La Rambleta (València) 03/11/2019

Neil Hannon y sus Divine Comedy convirtieron la resacosa tarde de un domingo post-puente en un sábado noche a base de toda la elegancia, efervescencia y diversión de que el pop es capaz.

Susana Godoy

Domingo.

Domingo tras fin de semana de puente.

Domingo tras fin de semana de puente especialmente movidito.

Podría seguir, pero en fin, esas eran las estrategias en forma de mensaje taladrante que usaba mi cerebro para minar mi ya de por sí maltrecho ánimo festivo-musical ayer por la tarde, poco antes de que mi mujer y yo dejáramos a la niña y cogiéramos el coche para dirigirnos a la otra punta de la ciudad a ver un concierto que sí, a ambos nos hacía muchísima ilusión en el momento en que compramos las entradas con unos amigos allá por el mes de mayo, pero no hay ilusión que pueda con el bajonazo que le entra a uno el domingo por la tarde siguiente a tres días de puente de todos los santos saltando de barbacoa en barbacoa y bebo porque me toca. Ni el precio pagado por las entradas ni el hecho de que se tratara de una de esas bandas de-toda-la-vida que siempre le han sido esquivas a uno en directo y aún se encuentran en el punto justo de degustación, lograban alejar de mí una negatividad que lo único que traía a mi resacoso cerebro eran gruñidos del tipo “el último disco no mola tanto como los anteriores”, “ya verás con tanto sintetizador cómo la cagan” o el más recurrente “por qué puñeta tienen que llevar teloneros?”.

Sí, es curioso lo engañosa y maligna que puede ser la mente de uno en esas circunstancias. Un poco más y regalamos nuestras entradas al primero que pasara por la calle… Pero no, a uno le puede el fanatismo acumulado durante años de admirar la elegancia de Neil Hannon, atesorar la opulencia de sus canciones, convertirlas en himnos personales, soñar con ver alguna vez en vivo uno de esos shows tan impresionantes que has visto 200 veces en youtube. Así que al final, pese a todo, la razón se impone, aunque cueste.

Y menos mal.
María Carbonell

Mi cara comenzó a resplandecer cuando comprobé que València, que seguramente renqueaba igual que yo, había sin embargo respondido a la llamada de The Divine Comedy. No era un sold out, pero cerquita andaba y la verdad, me alegro por Neus y Jota, los responsables de Tranquilo Música, la promotora, que de forma tan abnegada y entusiasta nos regalan a sus conciudadanos estos eventos que hace años eran tan difíciles de ver por aquí. Sin ellos esto no sería posible y eso debería ser motivo suficiente para salir del sofá.

Así que empezamos a olvidar que era domingo.

Teloneros: una forma estupenda de dilatar la duración de un evento que quieres que acabe pronto porque mañana madrugas. Y mucho. La cosa, a modo de venganza, estaba entre tomar otra cerveza en el bar donde habíamos pegado un bocado o entrar a ver a la banda encargada de abrir el show. A Man & The Echo los había escuchado muy de pasada en casa y, en mi onda negativa de domingo, no me habían dicho gran cosa, no obstante decidimos hacer caso omiso a los demonios interiores que tanto nos pedían esa otra -y por otro lado tan innecesaria- cerveza vengativa y entrar a tiempo de ver desde su salida al escenario a este combo de Warrington (Lancashire) que venían a presentar su segundo disco en el pequeño espacio dispuesto para ellos dentro del escenario del teatro, ocupado en su mayoría por la escenografía de la banda a la que teloneaban, a la sazón tapada con sábanas blancas para no desvelar el misterio.

Susana Godoy
Pues bien, hasta en esas circunstancias adversas en cuanto al espacio (y también algún problemilla de sonido) en mi vida he visto meterse tan bien y tan pronto en el bolsillo a una audiencia inicialmente indiferente, de dispersión dominguera y tan preocupada siempre por la socialización como la valenciana. Toda esa gente había venido a ver a los del cartel, pero estos chavales, dueños de un sonido reminiscente de XTC, Orange Juice, Joe Jackson o -sobretodo- Aztec Camera, exhibiendo actitud y unas canciones coloristas que entraban a la primera, lograron salvar todos los obstáculos posibles y ser una de las grandes sorpresas de una noche que no había hecho sino comenzar.

María Carbonell
Dejaron con ganas de más (que alguien les traiga de vuelta, por favor) tras media hora de set equilibrado y divertido, tras el cual dió tiempo de sobra para apartar sus bártulos y que el misterio de la escenografía de los de Hannon se desvelara. Al hilo de su último disco, el algo desigual Office Politics, el escenario estaba dispuesto como si fuera una oficina, repleta de toques orwellianos. Los teclados tenían teléfonos encima, había una mesa con su ordenador y su flexo, una fría puerta de entrada a la izquierda servía de acceso a un sitio en el que, en general, todo era muy blanco, aséptico y frío.  Encima de todo ello, presidía un gran reloj de imponente presencia. El ojo opresor del gran hermano del capital nos vigilaba. A todos.

Cumpliendo horario a rajatabla, a las 22h salió la banda, toda ataviada con trajes negros. Cinco piezas: los habituales batería, bajo y guitarrista y ahora también, dado el carácter algo más electrónico de las nuevas canciones, un par de teclistas a los sintetizadores. Poco después aparecía un elegantísimo Neil Hannon, ataviado con un bonito traje de cuadros escoceses, corbata y gafas oscuras que sin más dilación dio entrada a la primera sorpresa de la noche: la recuperación de Europop, canción perteneciente a su segundo disco Liberation nada frecuente en directos de otras giras, pero que aquí fue una suerte de cierre de un círculo que entronca los inicios de la banda con esa aparentemente nueva querencia por la influencia del triunvirato Human League-OMD-Heaven 17.

Queuejumper inició el tránsito por las nuevas canciones que la verdad, quedan mucho mejor paradas en directo. El disco es quizá demasiado largo, disperso y difumina la efectividad de esos pequeños perfectos singles pop que Hannon sabe componer como nadie y de la que ésta  Queuejumper era un gran ejemplo. No obstante, enseguida llegaron dos recuerdos a uno de sus discos más celebrados, un Fin De Siecle del que desgranaron la archiconocida Generation Sex, que despertó la primera ovación de la noche y una preciosa Commuter Love, tras la que llegaron más nuevas: Office Politics y el single, Norman & Norma, probablemente la canción que más permanecerá en el futuro en su repertorio del nuevo paquete.

Momento de quiebro emocional para el que suscribe: To The Rescue es probablemente la canción que más he escuchado en los últimos diez años. Desde que apareciera como single de su anterior disco, Foreverland, es una canción que se ha pegado a mi vida de una forma tan intangible como inseparable y que aquí ellos ejecutaron de forma emocionante, estratosférica, homérica… aunque bueno, no me hagan demasiado caso. No soy objetivo. ¿Alguien tiene un pañuelo?

María Carbonell

Secadas las lágrimas de emoción, más leña para el fuego: To Die A Virgin es otra de esas fabulosas canciones en las que Hannon ha puesto todo el poder de su chamber pop y ha sido todo lo británico que puede ser un irlandés de Derry, creando un pequeño himno al sexo adolescente. La gente no aguantaba en sus asientos y con razón, es difícil hacerlo cuando lo que suena es tan irresistible.

No obstante, aguantamos.

Neil aprovechó para sacar sus maquinitas, con una tríada de su nuevo álbum: Infernal Machines, You’ll Never Work In This Town Again y The Synthesiser Service Centre Of The Summer Sale, toda una fanfarria robótica esta última y que, aunque algo desconcertante con respecto al resto del repertorio, no dejó de resultar divertida gracias al hacer de una banda que a esas alturas nos tenía a todos a sus pies.

María Carbonell
I’m A Stranger Here cerró ese repaso central a Office Polítics y entonces ¡Fiesta! Neil y sus chicos sacaron los globos, los gorritos ridículos y sobre todo, la artillería pesada: sonaron de tirón At The Indie Disco, Becoming More Like Alfie, I Like y National Express, con toda la gente levantada de sus asientos y bailando como posesos. El domingo no existía más. Ni éste ni ningún otro domingo. Esto era sábado noche.

Nos sentamos todos -a regañadientes- de nuevo para escuchar la bonita After The Lord Mayor’s Show, la rematadamente preciosa A Lady Of A Certain Age (punto álgido de la noche), la no menos emocionante Absent Friends y la despedida con la apropiada When The Working Day Is Done, tras la que el cantante dijo -no sé si se lo dirá a todos- que habíamos sido la mejor audiencia de la gira.

Y eso no suelen decirlo muchos por aquí.

Así que nos premiaron con algo muy, muy bonito: su ayudante Allister, convenientemente ataviado con guardapolvos y gorra, como cualquier miembro del staff de mantenimiento de una oficina inglesa, dispuso una caja de batería en medio del escenario y un micro de ambiente. Así, la banda al completo apareció para con sus voces e instrumentos acústicos deleitarnos con un ma-ra-vi-llo-so Songs Of Love y la obligatoria para cerrar sus shows Tonight We Fly, tras la que nos rompimos las manos aplaudiendo.

Y es que no concibo un colofón mejor para tanta brillantez, tal despliegue de elegancia y de música perfectamente ensamblada con espectáculo. A esto se le llama plenitud, se le llama felicidad. Se le llama iluminar cualquier domingo por oscuro, resacoso y taciturno que éste sea. Si hubiéramos cometido el error de dejarnos vencer por las extrañas voces de nuestra cabeza que se empeñaban en hacernos caer en las redes del sofá, mi mujer y yo hubiéramos desechado la posibilidad de ver uno de los conciertos de nuestra vida. Sí, amigos, porque este fue, de verdad, para enmarcar. Brindo por más domingos así, aunque acabe rendido. Menudo broche de fin de semana.

Susana Godoy



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