40 discos que han hecho más llevadero 2019 (primera parte) - Alquimia Sonora

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lunes, diciembre 30, 2019

40 discos que han hecho más llevadero 2019 (primera parte)


Otro año más, la "obligatoria" lista-resumen del año. A mí las listas no me parecen necesarias, pero me gustan. Y me gustan por dos motivos: uno egoísta, dado que me ayudan a recapitular y sobre todo, a calibrar mi trabajo; y otro altruista, porque creo que pueden servir a gente, dado que intento ser todo lo subjetivo que puedo y por tanto no dejarme llevar demasiado por la corriente, a descubrir cosas que no serán tan fáciles de conocer oyendo la radio, visitando internet o leyendo las revistas de siempre. Por supuesto, mucho de eso hay. Bastantes de estos discos son incluso mainstream, pero en muchos casos he decidido dejar de lado trabajos que me han gustado para mostrar aquí esos otros que siento que -al menos en el entorno que me rodea- me han pertenecido a mi casi exclusivamente durante este año y por tanto son los que puedo ofrecer como algo especial. Y es que eso es lo que intento todos los años, que esta lista sea algo especial en un mundo lleno hasta los topes de ellas. Dudo que nunca lo consiga, pero al menos lo intento...

40. Sempre, de Marcos Valle (Far Out Records):

Que uno de los artistas más representativos de la historia de la música popular brasileña haya vuelto en plena forma tras una larga ausencia a la actividad discográfica y lo haya hecho en plena forma, como si aquí no hubiera pasado nada, es sin duda una de las grandes noticias del año. Con un título tan adecuado como Sempre, dada la eternidad de su autor, el primer disco en solitario de Marcos Valle y el quinto para la disquera británica Far Out Records es un burbujeante compendio de samba cósmica, melodías pop, jazz-funk con todo el groove que pueda desearse y disco-music que recupera el acierto que sin duda tuvo con aquel Estrelar (1983), uno de sus álbumes más clásicos. De este modo, ofrece lo que mejor sabe hacer y todos esperamos: canciones sencillas en cuanto a su mensaje, cristalinas como una mañana de agosto en Itapoa e incitadoras al baile, al pecado y en resumidas cuentas, a la felicidad. Siempre es verano con esto sonando.

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39. The Tales People Tell, de Kelly Finnigan (Colemine Records):

Que hoy día el soul en su concepción vintage es algo que ha recobrado vida está claro, pero pocos artistas consiguen recuperar con autoridad el espíritu primigenio del asunto, especialmente si son blancos. No es el caso del que fuera cantante del combo de San Francisco Monophonics, Kelly Finnigan, que en su debut en solitario demuestra tanto conocimiento arqueológico de este tipo de música como asimilación para hacerla propia y que su compendio de soul, funk y briznas de psicodelia hagan que lo de Kiwanuka no parezca tan, tan original como algunos dicen. Su sonido vibra, enfervoriza, hace sentir vivo, como debe ser. Canciones tan impresionantes como el hitazo bailable  I Called You Back Baby o el despliegue de deep soul que hace en Catch Me I'm Falling no están al alcance de cualquiera, especialmente si su autor, además, toca prácticamente todos los instrumentos, compone y produce. No todo lo que suena antiguo tiene porqué ser intrascendente cuando se implica el corazón en ello. Se trataba de comunicar, al fin y al cabo. Y aquí se transmite el mensaje, no cabe duda.

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38. Optical Illusion, de Nathan Jaime Color Sound (Autoeditado):

Una de las grandes sorpresas del año para el que suscribe. Una noche decidí entrar, por casualidad, en la que resultó ser la presentación de este disco en València, la ciudad de esta joven banda capitaneada por Nathan Jaime, un chaval que tiene "eso" que hay que tener, como el resto de sus compañeros. Aluciné con su capacidad para mezclar con total desparpajo, actitud y un virtuosismo que dejaba boquiabierto funk, soul, pop o psicodelia sin necesidad de sonar a nadie concreto, sólo a ellos. Así lo han trasladado a un debut que lo tiene todo: La secuencia que proponen todas -y digo todas- las canciones que aquí se incluyen,  da una muestra deslumbrante tanto de erudición musical, así como de asimilación de conceptos que no por lejanos en el tiempo deben ser ajenos a quien sabe adaptarlos a su contexto. Y ellos esto lo hacen a la perfección. Suenan como debe sonar una banda de ahora que toca ROCK. Sí, dicho sea con mayúsculas. Y dicho sea de paso que pocos discos y bandas de mi ciudad me han resultado tan excitantes en mucho tiempo. Pueden competir con quien quiera que se les ponga delante.

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37. Let It Burn, de Gospelbeach (Alive Natural Sound):

Resultado de imagen de gospelbeach let it burnEl que hace tres en la carrera en solitario -aunque lo haga pasar por banda- del ex-Beachwood Sparks Brent Rademaker, viene, lamentablemente, marcado por la trágica muerte de uno de sus colaboradores más ilustres. Neal Casal nos dejaba este verano y su participación en este Let It Burn es, precisamente, su canto del cisne como guitarrista. Al margen de esa desafortunada circunstancia, el disco corrige y aumenta las virtudes de sus predecesores en la carrera de Rademaker, que tiene en su mano la habilidad de mostrarnos a través de sus canciones todo ese pantone de colores que asoman por la música hecha en California, su tierra, desde los sesenta a los ochenta del siglo pasado y de alguna forma se las arregla para que toda esa influencia de Eagles, Brian Wilson o Fleetwood Mac irrumpa de forma atemporal en nuestro entendimiento, a través de sonidos cristalinos que poco importa de dónde provienen, simplemente piden a gritos su disfrute. Discos como este, hacen que todos aquellos que echamos muchísimo de menos al rubiales de Tom Petty y sus discos sinceros, eruditos y extremadamente cuidados, tengamos un consuelo que no esperábamos.

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36. Beware Of The Dogs, de Stella Donnelly (Secretly Canadian): 


El debut de esta astraliana aparecía, nada casualmente, el mismo 8 de marzo en que se celebraba un día internacional de la mujer que resultó ser especialmente reivindicativo y es que, desde sus inicios, la carrera de esta joven cantante la posicionó como firme defensora del poder femenino, con unas letras incisivas y potentes, que hacían de su honestidad brutal un perfecto motivo para contarla como una de las más relevantes promesas de su generación. La combinación entre canciones rabiosamente pop tocadas con todo lujo de instrumentación y la desnudez guitarra-voz de aquellas que hacen apología de la intimidad, surte efecto generando un disco que contextualiza con su época sin dejar de ser una de esas obras que cualquiera, sea o no milenial, puede escuchar sin tapujos y sobre todo, sin descanso. Parece que todo el mundo habla de lo mismo ahora, pero no a todos se les da igual de bien. Stella lo hace con la autoridad de quien tiene los bemoles para decir “oh, tienes miedo de mi, viejo? O tienes miedo de lo que podría hacer?”

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35. In League With Dragons, de The Mountain Goats (Merge, 2019):
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Quizá , a juzgar por la portada, The Mountain Goats hayan sufrido empacho de Juego de Tronos, pero lo que resulta indudable desde que uno sucumbe a la impresionante pericia melódica que se despliega desde que Done Bleeding comienza a alzar el vuelo , es que esta gente no ha perdido un ápice de un toque intransferible que han ido cosechando pacientemente a lo largo de nada menos que 16 discos. Y lo mejor es que cuando uno escarba a fondo en el bolsillo de las referencias musicales, no encuentra nada que encasille esta colección que ofrece protagonismo a las guitarras acústicas para ensalzar las preciosas texturas entre el folk y el pop que sirven de envoltorio a estas historias sobre los poderes arcanos de seres mitológicos, jugadores de béisbol, Wailon Jennings o el mismísimo príncipe de las tinieblas, un Ozzy Osbourne al que dedican la maravillosa Pasaaic 1975, un himno en toda regla. Un disco que resulta encandilante, adictivo en su sabiduría y sencillez. Son bandas longevas como ésta, rutilantes a base de la experiencia que sólo ofrece el entusiasmo, las que nos enseñan cómo se hace.

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34. Doko Mien, Ibibio Sound Machine (Merge Records):
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El ibibio es un dialecto que se habla en el sur de Nigeria, área y país de procedencia, precisamente, de la madre de Eno Williams. De ahí que el nombre de la banda a la que ella presta su maravillosa voz, creada a principios de esta década por los productores Max Grunhard, Leon Brichard, y Benji Bouton. sea Ibibio Sound Machine. Además la agrupación cuenta con un compendio internacional de monstruos que quita el hipo e incluye, entre otros, al guitarrista de Ghana Alfred Bannerman (Osibisa,) o el percusionista brasileño Anselmo Netto. Juntos desarrollan un particular cruce entre el afrobeat, la electrónica desde los 80 a nuestros días y algunas pinceladas de post-punk y r’n’b. Como resultado,  uno de los compendios de música más infecciosos e incitadores al baile que hemos escuchado durante este ejercicio fiscal 2019. Pura alegría de vivir y poliédrica exhibición instrumental para poner al máximo el volumen y empezar a bailar.

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33. Cuz I Love You, de Lizzo (Atlantic): 

The Future Is Female. Y 2019 ha sido, en muchos sentidos, el comienzo de ese futuro. Ha sido un año que ha demostrado que la mujer está presente en todos los flancos culturales y la música pop, claro, no es una excepción. Aún queda camino por recorrer, pero discos como éste, el debut en una major de una artista que aúna tan bien el pasado del rhythm and blues y los más actuales ritmos urbanos son el reflejo mainstream de toda una revolución. Ojo, mainstream, pero bien entendido. Es un disco en el que cualquiera con orejas afinadas sabrá reconocer la calidad de una ristra de hits de esas que hacen historia. El empoderamiento femenino al son de ritmos irresistibles como el que propone Like A Girl o ese hit fulminante que es Juice confirman que Lizzo es una diosa pop en toda regla, todo un referente de "si quieres puedes", que viene de alguien que tenía en casi todo en contra para triunfar y lo ha hecho por todo lo alto. Un disco casi perfecto que no da respiro y que dice cosas importantes sin dejar de divertir, como debe ser.

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32. Una Noche En Shinjuku, de Joan Villalonga (Anima Records):

Uno de esos discos que corren el peligro de caer, muy injustamente, inadvertidos es el primer largo de este músico de Castellón de la Plana, que tras otras aventuras ha decidido lanzarse en solitario con este alegato de nocturnidad y de atmósferas tan espesas como hermosas. Una Noche En Shinjuku, inspirado por este "barrio rojo" de Tokyo, guarda en su seno a un músico virtuoso y tremendamente personal en su factura que es capaz de evocar con sus canciones toda la soledad, miedo, amor y belleza que puede encerrar una urbe. Uno se asoma a Una Noche En Shinjuku inocentemente, como si se aproximara a un disco normal y, de repente, se ve sumido en un sueño del que no es fácil despertar, se ve atrapado en un universo nocturno en el que suenan sonidos sutiles y maravillosos que hechizan sin ninguna dificultad. Está todo tan bien hilvanado, tan perfectamente construido, que el efecto es inmediato. Esa voz vaporosa y esas guitarras acariciadas con maestría, al servicio de letras oníricas y sugerentes, es totalmente seductora y atrapa de una forma nada común. Una pequeña pieza maestra.

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31. Long Shot, de Nick Eng (You Are The Cosmos): 

Siempre es una buena noticia para cualquier aficionado al pop de guitarras que alguien tan joven como Nick Eng se anime a hacer perdurar el oficio. Sangre nueva, ideas frescas. Al fin y al cabo, se trata de una disciplina que lleva girando sobre sí misma algo así como seis décadas, no está mal que alguien aporte algo de desparpajo, si no sería todo excesivamente cansino hasta para los más furibundos forofos del tema. Dicho esto, tampoco esperen experimentación revolucionaria con la canción pop aquí. Al contrario, el de Reno (Nevada) sigue todos y cada uno de los pasos del manual de instrucciones: guitarras a ser posible rickenbacker de 12 cuerdas sonando tope jangle, melodías amables y soleadas que enuncian el amor post adolescente con una pizca de melancolía, pero sin que llegue a anunciar chaparrón, armonía vocal bien afinada, producción limpita, todo en su sitio para que nadie se lleve las manos a la cabeza. No obstante, así como en cualquier otro caso esto resultaría en algo de lo más sosainas, al pequeño Nick le acompañan unas canciones, todas y cada una de las cuales serían potenciales hits en un mundo perfecto e imaginario en que cualquiera de “las tres B” (Beatles, Byrds, Big Star) se repartieran permanentemente los primeros puestos de las listas de éxitos.

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30. Joia!, de Carwyn Ellis & Río 18 ( Recordiau Agati / Banana & Louie Records):
Cada vez son más los artistas galeses que cantan en su idioma. Este veraniego disco que nos ocupa no es una excepción, aunque lo que su autor tuviera en mente fueran las playas y la música de Brasil, más que las verdes praderas que rodean Cardiff. Esa ensoñación ha inspirado a Carwyn Ellis, tripulante de Colorama, así como colaborador de gente como Edwyn Collins o Pretenders, una serie de canciones que huelen a Marcos Valle, Arturo Verocai o Jorge Ben, pero pasados por el tamiz de la sensibilidad europea. Fue precisamente Chrissie Hynde la que, a la vista de la enorme cantidad de discos de este tipo que compraba el muchacho durante la gira que hicieron juntos, animó a Carwyn a grabar un disco de tonalidades latinas en su lengua. Para ello además le puso en contacto con el apreciado productor brasileño Kassin, que le animó a viajar a Rio y reunirse en el estudio con él y algunos de los mejores músicos de esa ciudad para llevar a cabo el proyecto. El resultado no podría haber resultado mejor: todas las tonalidades de un país tan complejo musicalmente como es Brasil están aquí: desde la samba, La tropicalia o el MPB, hasta el soul, funk y disco tan peculiar que allí se coció en los 70 están presentes, sin ignorar el propio bagaje del autor que tiñe de aire pop pequeñas golosinas de sugestión infinita que hacen de éste uno de esos discos imprescindibles para disfrutar de un buen verano.

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29. Simpatico, de Golden Daze (Autumn Tone Records): 

No encontrarán grandes sorpresas aquí, son una banda más de eso que se considera ahora como Dream Pop, pero las melodías de ensoñación que ofrecen sin duda le arropan a uno como un abrazo materno, como un baño en amnios natal. La banda se creó por dos amigos, Jacob Loeb y Ben Schwap, con el único objetivo de juntar voces y guitarras en el estilo acústico de algunas referencias clásicas. Objetivo logrado: el ensamblaje es perfecto, sus elementos funcionan al unísono como un reloj y además agregan una producción elaborada capaz de ensalzarlos. Además, no olvidan de dónde vienen: su manifiestamente actual sonido tiene un acento roots, marcadamente americano, claro, que les entronca con la tradición de canción californiana. Al igual que sucede con los de Beach House o Cigarettes And Coffee, el disco de Golden Daze le embarca a uno en cierto estado de ánimo, aunque en su caso con mayor luminosidad, que falta hace, no creen? Déjense seducir y abrazar por esta preciosodad, sus días se lo agradecerán.

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28. Fireraisers Forever, Comet Gain (Tapete Records):

Lo de The Comet Gain es cosa curiosa: no llegan siquiera al estatus de banda de culto, pero somos unos cuantos los que pensamos que son una de las bandas más especiales aparecidas en el Reino Unido durante los últimos 30 años. Tímidamente, han ido sacando preciosos discos entre largos intervalos de tiempo que jamás restaban vigencia ni atemporalidad a esa rara capacidad que tienen para mezclar punk, pop C-86 y hasta northern soul de una manera intransferible-y completamente británica, de paso- que en mi opinión les confiere ese halo de magnífico secreto a compartir a voces. Realmente, a vista del inmerecido eco que se les da a muchos otros, este Fireraisers Forever, puesto en circulación por la esencial disquera alemana Tapete Records, además de refrendar una carrera impecable, debería auparles de una vez a ese estatus tan merecido y nunca disfrutado. Pero sus canciones son hits que proceden de ninguna parte y van dirigidos a nadie, por eso seguirán siendo campeones de los ninguneados, potentados de los outsiders. Pero bueno, ser un outsider tampoco tiene nada de malo. Es muy bonito, de hecho. Sirvan pues este disco y estas palabras como tributo a ellos, a nosotros, los outsiders, los apartados, los amantes de las cosas bonitas.

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27. Living Theatre, Olden Yolk (Trouble In Mind):


El segundo disco de este dúo neoyorquino, de preciosa y enigmática portada y cuyo título homenajea a Antonin Artaud, podría encuadrarse en lo que denominamos actualmente como neo-psicodelia. Podría, pero yo no lo haría porque sería bastante reduccionista hacerlo. Si caemos en el error de meter toda la música pop volátil e imaginativa en el mismo saco por el simple hecho de etiquetarla de alguna manera y resulte archivable, entonces, qué nos queda? Y es que el sutil folk alucinado y en estado vaporoso que propone el dúo (ahora ampliado a cuarteto) formado por Shane Butler (antes en Quilt) junto a Caity Shaffer, es de esas delicias que uno debe degustar sin pensar en pervertirlas con calificaciones que a lo único que llevan es a desviar la atención de lo realmente importante: que estamos ante una libre, brillante y sutil forma de hacer música, que propone amplios espacios sonoros, maleables como el vapor de agua, pero de estructuras ensambladas con magistral pericia, que enamoran al instante. Inspiran, hacen soñar, le sumen a uno en un estado de apaciguamiento a donde solo llevan esas obras de arte que hacen ese “click” en el cerebro que suele ser, por desgracia, tan infrecuente en relación proporcional a toda la oferta discográfica.

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26. Dream Road, Doug Tuttle (Burger Records):

Tres de tres. Ese es el rango de acierto que el multiinstrumentista, cantante y productor procedente de Boston, Doug Tuttle, ha obtenido en el camino que va desde su segundo disco, It Calls On Me (2016), pasando por Peace Potato (2017) , hasta llegar a este Dream Road, disco con el que completa una fantástica trilogía de contenedores de melodías cristalinas, generosas en guitarras de 12 cuerdas, exquisitas briznas de psicodelia y ahora también, tal como venía apuntando desde su anterior álbum, bastante del típico sonido FM, soft rock, Yatch, o como quiera llamarse, que en los años 70 del siglo pasado cultivaron actos como America, Bread, Eagles o Seals & Croft. De hecho, este último disco parece una carrera a muerte por encontrar la melodía soleada perfecta. Cada canción supone un pulso con el oyente para ver cuánto tarda en caer rendido a sus encantos. Todo resplandece y algo lejos quedan, por tanto, los tiempos más psicodélicos de su autor con su anterior banda. La inaugural I’ll Throw It All Away, con sus slides pizpiretos, es ya una de esas tonadas infalibles que muchos pasan media vida buscando, pero a Tottle parecen salirle con naturalidad de la chistera, tal como comprobamos al ver que la siguiente, la otra y todas y cada una de las 10 que forman este trabajo no descienden ni un peldaño respecto al alto nivel que impone la inaugural. Un disco perfecto para cualquiera capaz de caer prendado frente a la melodía hilvanada con pericia de orfebre. Si sois así, este es vuestro disco. Y los anteriores de este señor, también deben serlo.

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25. Shepherd In A Sheepskin Vest, Bill Callahan (Drag City):

Llevábamos cinco años esperándole y él premia nuestro anhelo con un monumento. Una obra de belleza indudable y de trascendencia incluso para los altísimos estándares que impone una obra como la del cantautor, en cualquiera de sus encarnaciones, la de nombre propio o la anterior, bajo el apelativo de Smog. Con ambos alumbró verdaderas obras maestras, pero creo que esta es la obra de madurez, de reunión de todas las capacidades adquiridas, que un artista se pasa la vida buscando. Un disco que además nos devuelve al Callahan más concreto, carnal y desnudo, contrastando con las producciones mucho más elaboradas de discos como Apocalypse o Have Fun With God, en que vimos a nuestro protagonista acercarse a parámetros propios del rock o la psicodelia. Aunque, por supuesto, todos esos planteamientos formales quedan cojos si lo que hay entre manos no es una colección de canciones en la que no falta ni sobra nada. A medida que uno va avanzando por los argumentos de este trabajo, va viendo por qué la enjundia del material ha llevado a su autor a minimizar elementos y a primar la canción y su intérprete sobre todo lo demás, aunque por supuesto, sutilmente, la voz y la acústica de Callahan se ven apoyados por un delicado colchón instrumental, siempre al servicio de la materia prima. Así, la solitaria calidez que desprenden este número tan redondo de 20 canciones, hace pensar en un hombre tocando frente a su chimenea a altas horas, cuando sólo él se escucha. Todo está envuelto de un sentimiento estremecedor con una capacidad comunicativa asombrosa. Uno de esos discos que le hablan a uno al oído y le dicen cosas tan bonitas como acongojantes. Si no es obra maestra, poco le falta.

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24. No Treasure But Hope, de Tindersticks (City Slang): 

Tanto visual como musicalmente, la banda peina sus canas, pero sigue fiel a sus planteamientos y sobre todo, a un compromiso férreo con su arte, que es el que ha ido forjando una carrera, que pese a sus naturales altibajos, idas y venidas o separaciones, es hoy un sinónimo de excelencia, tanto en directo como en el estudio. El duodécimo disco de canciones originales de Tindersticks no difiere, en grado sumo, de otros ofrecimientos de la banda, dado que los de Nottingham siempre han sido una banda que juega a la autorreferencia, pero jamás cae en el mero y acomodaticio ejercicio de estilo.No Treasure But Hope es, pues, otro disco cocinado de forma comunal, con base en las canciones que Staples previamente había esbozado en su casa de Itaca, pero grabadas de una forma más rápida de lo habitual en ellos, durante seis días de estudio en París y otro en Londres para añadir arreglos de cuerda. Gracias, probablemente, a esto, la música en este trabajo suena fresca y respira de forma natural, con la elegancia habitual, pero sin ampulosidad. un trabajo que reivindica a sus autores como necesarios repartidores de belleza atemporal en un mundo que se transforma a su alrededor, pero ante el cual ellos no envejecen, pues ya no necesitan -ni probablemente no lo hayan hecho nunca- ser jóvenes ni estar a la última para cumplir con su misión, que no es otra que entregar discos rabiosamente bellos, como éste y todos los anteriores.

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 23. Largos Agotadores, de El Palacio de Linares (Pretty Olivia Records): 

Con esta preciosa portada se presenta el que es el segundo largo de esta banda madrileña, fruto de su colaboración con la disquera alicantina Pretty Olivia, en la que vienen a reivindicarse como una formación ajena a todo. Aquello del indie era, originalmente, otra cosa. Era Postcard, era C-86 era el Donosti Sound y todo eso lo encontramos aquí, en este Largos Agotadores que se inicia con esas guitarras tan a lo Feelies para sumergirnos en lo que debería ser la pauta en todos los discos que se cocieran bajo esa etiqueta: un universo propio, diferente, independiente. Una vez más bajo la batuta de Yon Vidaur, Gonzalo Marcos y sus compañeros logran enlatar música preciosa con envidiable sencillez. La poca profusión de arreglos y lo mundano del discurso lírico de Gonzalo generan aquí un halo cristalino que resulta de lo más cálido. Lo diáfano de melodías tan brillantes como las que contienen El Estilo, Ciervo Y Erizo o esa oda a cantantes favoritos que es Robert Y Vashti, la misma que cierra un disco que no deja de ser toda una anomalía en cuanto a diferencia en un país en que todo parece hacerse igual. Serían necesarios muchos más Palacios De Linares y muchas más Pretty Olivias para cambiar esto un poco, pero si eso ocurriera todo lo veríamos de otro color.

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22. Purple Mountains (Drag City): 

Se suponía que esto tenía que ser una recuperación. Tras diez años de silencio, que David Berman tuviera un nuevo proyecto y sonara tan bien era una gran noticia. Un síntoma de que tras años de separaciones, adicciones y depresión la cosa comenzaba a retomar el vuelo. Pero no, pese a todas las apariencias, Berman este verano decidió dar por terminada su estancia en este mundo. Y cualquiera lo hubiera dicho, ya ves, puesto que el contenido de este disco/proyecto que el tituló igual que su blog personal sonaba tan luminoso como podría sonar algo bajo la batuta de dos geniecillos como Jarvis Taverniere y Jeremy Earl, de Woods, que se encargaron de dar lustre inusitado a la cantidad ingente de bajonazo que el de Virginia proponía en sus letras, que sin embargo, sí que adelantaban el desgraciado desenlace de todo esto. En cualquier caso, el que hiciera de la de Silver Jews una de las discografías más apasionantes de la música pop de las pasadas décadas, nos deja aquí su particular canto del cisne, que sin duda está a la misma o mayor altura que todo aquello. Un disco maravilloso en el que perderse, no sin dejar alguna lagrimita de rastro por el camino.

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21. Satis Factory, Mattiel (Heavenly Recordings): 

Sólo por un single tan infalible como Keep The Change este disco ya merece toda nuestra atención, pero es que además esta mujer procedente de Atlanta (Georgia, USA) lo tiene todo para empezar a ser considerada uno de esos artistas clave en lo que a pop con guitarras se refiere en este último tramo de la segunda década del S. XXI. Dotada de una voz altamente reconocible, algo harto difícil hoy día, su sonido bebe directamente del pop sesentero, tanto el más elegante, derivado de los girl-groups, teen idols o el sonido Spector, como del más arrastrado por el rhythm and blues vía british invasion. Eso no convierte necesariamente este segundo trabajo de Mattiel en un facsímil vintage, aunque, obviamente, algo de eso hay. Se las apaña para que, sin inventar la rueda, todo entre dentro de una puesta en escena perfectamente acorde con los tiempos. Su imagen, además, es la pertinente y la seguridad que ofrece en sus interpretaciones la convierten en tremendamente magnética y diferente. Satis Factory es su segundo disco, ahora ya en una discográfica grande tras debutar en la prestigiosa, aunque quizá demasiado underground, Burger Records. El sonido no se ha refinado demasiado por ello: contando con el mismo equipo de producción que tuvo Mattiel (2017), se las apaña para sonar como una encarnación femenina de Johnny Cash a veces, otras como una refinada versión de Billy Childish, o incluso a veces como una Siouxie garajera, todo ello con un gusto nada común por la melodía, que convierte todas las pequeñas cápsulas que contiene el disco en dianas tan certeras como el single que citábamos al principio o Rescue You, Food For Thought o Berlin Weekend, todas ellas infalibles demostraciones de que el rock bien hecho y entendido, aunque ya no sea algo mayoritario, sigue vivito y coleando.

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