Versallesco rococó: el pop barroco y algunos de sus discos esenciales (Capítulo1) - Alquimia Sonora

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martes, marzo 17, 2020

Versallesco rococó: el pop barroco y algunos de sus discos esenciales (Capítulo1)

Otro especial dedicado al pop de los sesenta. Esta vez le toca el turno al pop barroco y sus orquestaciones exuberantes, sus complejas estructuras, sus melodías infinitas y en general, una monumentalidad que sin embargo es desconocida para la mayoría de aficionados. Pasen y descubran el mundo multicolor y rococó de The Left Banke, Honeybus, Nick Garrie, Billy Nicholls, The Zombies o Los Iberos... 


Parece mentira, pero es algo de cada vez más predicado. La resurrección del pop barroco es toda una realidad, o si no que se lo digan a mujeres como Angel Olsen o Natalie Mering (a.k.a. Weyes Blood), cuyos últimos discos beben y mucho de toda esta tradición que para nada quedó como algo aislado en los sesenta. A lo largo de la historia del pop, sobre todo a partir de los años noventa del siglo pasado, el pop se ha vuelto a "barroquizar" en bastantes ocasiones, como en el caso de The Divine Comedy, Belle And Sebastian o The Clientele, pero incluso podríamos hacer toda una lista de reproducción que incluyera todas las épocas y en la cual encontraríamos una serie de canciones llenas de clavicordios, recargados arreglos orquestales, armonías vocales monumentales y melodías complejas. De hecho, la encontraréis al final de este artículo y así os convenceréis.

No obstante, el fenómeno del que vamos a hablar es eminentemente un fenómeno sixties. Y los discos que destacaremos en este artículo (y en el siguiente capítulo) irán, más o menos, del año 66 al 70, salvo alguna que otra excepción. Es, al fin y al cabo la época de esplendor de un género que no es tal. Todo de lo que hablamos, tanto aquí como en el artículo que podría calificarse como predecesor de este acerca del sunshine pop estamos hablando de pop, a secas. Música popular en su momento de mayor esplendor, la década prodigiosa. Pero en fin, tampoco está tan mal encasillar un poco las cosas y en base a unas u otras pejiguerías recortar un trocito de ese pop genérico para arrinconar unos cuantos discos.

Porque básicamente estamos aquí para eso: hablar de discos. Discos en su mayoría ocultos y desconocidos durante largo tiempo. No esperen mucho superventas aquí. Algunos sí que son clásicos y otros ya fueron rehabilitados hace tiempo, siendo hoy son conocidos por bastante gente, pero de la mayoría es difícil haber oído hablar, salvo para un estudioso del tema. Es por eso que es pertinente etiquetar las cosas de vez en cuando, ayuda a seleccionar y con la selección prestamos atención a estos pequeños-grandes detalles que son los álbumes fabulosos que gente como Paul Parrish, Billy Nicholls, Phillamore Lincoln, Picadilly Line o José y Manuel.

De hecho, delimitar qué es para mi el pop barroco de forma que lo entendáis es harto difícil. Y la verdad es que probablemente gran parte de esta música sea confundible con aquello que os conté el otro día sobre el sunshine pop o con gran parte de la psicodelia más suave o el folk-rock, pero sí que hay ciertas sutilezas que, digamos, perfilan el asunto, como el uso de clavicordios o cellos, que aunque no son una constante siempre, se usan mucho en todos estos discos, o las orquestaciones puestas en un plano mucho más protagonista que en otras producciones de la época. De esta forma, la atmósfera que generaban era densa, pero igualmente preciosista. Se buscaba una belleza melódica muy determinada.

Su origen quizá lo encontremos en las producciones de Spector y Brian Wilson anteriores a 1965, pero es sin duda Paul McCartney el que da el acta definitiva de nacimiento al barroquismo en el álbum Revolver de The Beatles con dos piezas fundamentales: For No One, con su melodía tan cercana a Bach y ese clásico absoluto que es Eleanor Rigby, en la que directamente se prescinde de todos los elementos habituales del rock para a través de una instrumentación de cuerda y algunos apuntes de armonía vocal firmar esta melancólica golosina que ha sido tan imitada y por ello, en mi opinión, constituye acta fundacional de este subgénero.

Al carro se subieron, por tanto, muchos. Ray Davies fue otro gran genio que inmediatamente supo tomar el pulso a esta forma de producir, en su caso, para manifestar aún más ampliamente su lado inglés, anclado en épocas pasadas. En general, todo deviene en una especie de nostalgia por el mundo antiguo que acaba por imponerse al moderno creando algo nuevo. Todos hicieron algo al respecto: los Stones con su Lady Jane, los Searchers con su Popcorn, Double Feature, Procol Harum con su A Whiter Shade Of Pale, The Moody Blues con su disco conceptual Days Of The Future Passed o The Zombies, por descontado, con esa cima absoluta que es Odessey And Oracle.

Se considera, por tanto, de forma mayoritaria, un fenómeno básicamente inglés. No obstante, yo he preferido rastrear similitudes tanto en Estados Unidos, que casi iguala o incluso supera al Reino Unido, como en otros países europeos, entre los que, obviamente, me detendré en España (nota: en el siguiente capítulo) para hablar de algunos actos importantes de aquí que nada tienen que envidiar a los de fuera, como los Íberos, por ejemplo. Y no nos detendremos ahí, incluso hablaremos de algún artista asiático cultivante del barroquismo, que también lo hubo.

Al contrario que en el caso del Sunshine Pop, en la vertiente barroca no hay un personaje tan claramente central como Curt Boettcher, pero sí que me gustaría resaltar a dos sujetos que me parecen básicos por su contribución a esta visión musical, cada uno a un extremo del océano: por un lado, el bueno de Pete Dello, que formó Honeybus junto a Roy Cane, creando alguna de las mayores joyas de este subgénero, aunque no se materializaran en ningún lp concreto -al menos con todos los integrantes del conjunto original- y luego firmaría su vertebral Into Your Ears (1971), dejando una impronta en la música de esa época que no por más desconocida por el gran público es menos profunda.

Y por otro lado, concretamente al otro extremo del Atlántico, tenemos a Michael Brown, cabeza pensante de la banda The Left Banke y principal firmante del contenido del que probablemente sea el disco más paradigmático de este género, Walk Away Renee/Pretty Ballerina (1967). Ambos protagonistas y sus respectivas obras cumbre constituyen el alfa y el omega, pero hay muchos otros artistas y sobre todo, discos por descubrir. ¿Me acompañáis?

Come Join My Orchestra - The British Baroque Sound 1967-1973 (Grapefruit Records, 2018): Aunque centrado en el Reino Unido, este suculento recopilatorio de tres cedés puesto en circulación por el especialmente comprometido con la causa sello inglés Grapefruit puede ser un gran punto de inicio desde el cual ir descubriendo la esencia del pop barroco. Además, explora y abarca un gran período de tiempo, nada menos que desde el nacimiento de la psicodelia hasta prácticamente los años del glam, el cual no dejó de tener cierta querencia por el barroquismo. Encontramos así desde pequeños hits como los de Searchers o Honeybus, hasta absolutas rarezas como los pinitos en plan joven cantautor del gran compositor de BSO John Williams, Mortimer, Neil McArthur (Colin Blunstone, cantante de los Zombies, de incógnito), Forever Amber, Tony Hazzard o incluso actos ya algo alejados de los sesenta como Strawbs, Clifford T. Ward o Agincourt, junto a algunos obligatorios clásicos de The Move o Donovan. Una maravilla de colección que además también puede complementarse con el también magnífico Tea & Symphony, The English Baroque Sound (1968-1974) puesto en circulación hace unas semanas por el sello ACE en cd y vinilo.

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Edwards Hand (GRT, 1969): El dúo formado por el galés Roger Edwards y el inglés Roger Hand no en vano era protegido de Sir George Martin. Nacidos de las cenizas de otra reivindicable banda llamada Picadilly Line -cuyo único disco The Huge World Of Emily Small (1967) sería perfectamente incluíble en este articulo-, bajo los auspicios del productor de los Beatles alumbraron tres preciosos discos, el primero de los cuales es este homónimo que constituye un ejemplo perfecto de pop barroco y profusamente arreglado -medios no faltaban- al servicio de unas canciones tan monumentales como inmediatamente atractivas, cosa que hace difícilmente explicable que no gozaran de algún éxito, pero lamentablemente, los tiempos eran los que eran y el año 69 no daba cabida a estas piezas de orfebre, que se alejaban de la moda del blues pesado y el hard rock que empezaba a pegar fuerte. Sin embargo, ahí están creaciones tan inmensas como Friday Hill, If I Thought You'd Ever Change Your Mind o Banjo Pier para dejar testigo de un par de compositores de los que el brillante productor de los Fab Four no se cansó de decir que eran sensacionales.

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Rain & Shine, The Canterbury Music Festival (B.T. Puppy, 1968): Sólo se prensaron 150 copias del único disco de esta magnífica banda a la cual apadrinaba otra, The Tokens, que en New York, su ciudad de origen, regentaban el sello B.T. Puppy. Roger Gemelle, su vocalista y principal compositor era un verdadero loco de Motown, Bacharach y Spector y conoció a sus compañeros allá por 1966 y tras más o menos un año de preparación, comenzaron a buscarse la vida por los edificios de oficinas de Manhattan donde se encontraba la industria discográfica. Al principio se llamaban We Ugly Dogs y el sello de los Tokens fue el que manifestó interés por ellos. En 1967 sacaron un primer single, First Spring Rain, que pronto se reeditó bajo el apelativo de The Canterbury Music Festival, nombre con el cual se extendieron a todo un lp, el que nos ocupa, que debido a las dificultades de distribución de la compañía se estrelló estrepitosamente, lo cual provocó que fuera su primer y único lp. No obstante, permanece como otro tesoro oculto más, de los que la década prodigiosa está repleta,  que guarda en su interior música majestuosa e imperecedera. Sigue siendo un disco difícil de conseguir, pero por ahí anda aún la reedición que el sello Rev-Ola hizo en 2003. Si pueden, no lo dejen escapar.

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One Year, Colin Blunstone (Epic, 1971): La grabación y tardía edición de Odessey And Oracle (1968), como todo el mundo sabe, supuso la debacle de The Zombies, pero la historia no acabó ahí. Tras la desbandada, su vocalista, Colin Blunstone, se dedicó una temporada a los seguros, pero tras el éxito de Time Of The Season en 1969, cuando la banda ya estaba separada, volvió a probar suerte bajo el sobrenombre de Neil McCarthur con una revisión del clásico de su banda She's Not There, que fue un éxito, lo cual animó a que tras otro par de singles con ese apodo obtuviera un contrato con la marca Epic para sacar un disco a su nombre. Curiosamente, los que también habían sido contratados como productores del sello eran sus antiguos compañeros Rod Argent y Chris White, que se pusieron manos a la obra para hacer de One Year, el primer disco en solitario de su colega, la obra destinada a continuar la evolución a partir de la obra maestra de The Zombies -de la cual, obviamente, hablaremos más tarde- que aún había dejado terrenos por explorar. De naturaleza mucho más barroca, si cabe, que Odessey And Oracle, por dejar prácticamente todo el peso instrumental sobre orquestaciones clásicas, sin obedecer para nada a los planteamientos habituales del pop y de tono, además, bastante tendente a la melancolía, el disco es una verdadera obra maestra que, no obstante, logra equilibrar estas piezas manieristas y orquestadas con otras más pop, como la recreación de la vieja pieza zombie She Loves The Way They Love Her, que lo inaugura, o la maravilla original de Blunstone Caroline Goodbye, sin duda una de las creaciones más bellas de la historia del pop y una de las canciones favoritas del que suscribe. Blunstone consiguió un gran éxito en Inglaterra con su versión de Say You Don't Mind, del Wing Denny Laine, que le aseguró una continuidad a su carrera en solitario, aunque con desigual fortuna.

The North Wind Blew South, Philamore Lincoln (Epic, 1970): Otro al que se tragó la tierra. Roger Cromwell Anson era un batería que había tocado con Brian Auger o Graham Bond, así como con su propio grupo, Julian Covey & The Machine (Julian Covey era él y cantaba mientras tocaba los tambores), al que la disquera Epic decidió lanzar como cantante solista y lo hizo a lo grande: en su disco grabaron un buen montón de los músicos más reputados de la época -Jack Bruce, Jim Capaldi, Jimi Page, John McLaughlin y otros- que ayudaron a confeccionar ese sonido tan exhuberante que exhibe el disco a través de unas más que sugerentes canciones, todas compuestas por el muchacho, de las cuales únicamente una, Temma Harbour, logró ser un éxito, pero no en su voz, sino en la de la rubia yeyé Mary Hopkins. Con el disco de Philamore, un dechado de virtudes rococó con un sonido poliédrico, de esos que a uno le asombran, pasó justo lo contrario: pese a todos los medios empleados en su producción, no se promocionó lo suficiente y nadie volvió a acordarse del pobre Roger, que se dedicó a sus asuntos y a su familia. Pero ahí quedan la canción titular, la maravillosa, repito, maravillosa, You're The One, Rainy Day o When You Were Walking My Way para dejar testigo de su enorme capacidad.

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Suddenly One Summer, J.K. & Co (White Whale, 1968): Sobre el sello White Whale deberíamos escribir un libro aparte, sin duda. Son muchos los actos de psicodelia pop o soft rock afiliados a su marca que nos han traído deleite sin fin. J.K. & Co era básicamente el proyecto de Jay Kaye, un niño prodigio de -agárrense- sólo 15 años, que emigró de su natal Las Vegas hasta Canadá para grabar este su único disco y dejar testimonio de su desbordante talento, pues no sólo componía, también tocaba el teclado, la guitarra y arreglaba sus propios temas, ahí es nada. Sus composiciones, además, eran tan brillantes que perfectamente podrían haber sido escritas por George Harrison o Donovan, sólo que él les daba un toque personal, barroco y psicodélico, pero sin llegar al recargamiento: la inmensa Christine, Fly, Nobody o la sugerente Land Of Sensations And Delights son reflejo de un autor que lamentablemente se perdió en las brumas del tiempo y el olvido, quedándonos sin saber qué hubiera podido hacer al alcanzar la mayoría de edad. Queda este maravilloso disco, que debería saludarse como una de las piedras angulares de el popsike hecho en los sesenta.

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That's All, Twice As Much (Inmediate, 1968): Otro sello del que deberíamos hablar largo y tendido es Inmediate, el sello puesto en circulación por Andrew Oldham, el manager de los Stones y que en su corta existencia, además de dar salida a casi toda la producción de Small Faces, editó a un buen número de artistas, de los cuales hay varios de los que hablaremos aquí, por cierto. Twice As Much fue el dúo formado por Dave Skinner y Andrew Rose, ambos cantantes y compositores a los que Oldham cogió bajo su manto para obtener, lamentablemente, poca fortuna, pese a las maravillosas canciones que eran capaces de alumbrar, como Night Time Girl, una absoluta preciosidad que se encontraba en su primer disco. Su único éxito consistió en una versión del Sittin' On A Fence, una de esas canciones que Jagger y Richards no querían y que abrió este su segundo disco, aparecido dos años después de dicho single y contenía un buen número de originales del dúo, como Listen, la maravillosa You're So Good To Me (escrita junto a Oldham y digna de todo un Brian Wilson), aquél Life Is But Nothing que alcanzaría la gloria en la garganta de P.P. Arnold, así como True Story o The Coldest Night Of The Year, en la que comparten tareas vocales nada menos que con Vashti Bunyan. Una delicia absoluta de album, no se lo pierdan por nada del mundo.

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The Graham Gouldman Thing, Graham Gouldman ( RCA Victor, 1968): Graham lo sabía. El podía tener éxito por sí mismo, más allá que en boca de los demás. Lo conseguiría, pero no en este primer intento, sino mucho más tarde, con su banda, 10CC. En 1968 había compuesto un buen montón de éxitos para otros artistas: No Milk Today, para Herman's Hermits, Bus Stop, para The Hollies o For Your Love, para The Yardbirds. Decidió que ya era hora de dar su propia versión del asunto. Su primer disco en solitario, así pues, contiene todas esas canciones y muchas otras que compuso para la ocasión. Era un dotado músico y cantante y la verdad es que aporta riqueza (y barroquismo por un tubo) a todas esas canciones, pero es en las nuevas en las que encontramos el porqué había que prestarle atención: maravillas como a inaugural The Impossible Years, la exuberante Pawnbroker, Upstairs Downstairs o Pamela Pamela, que cómo no, acabaría siendo un éxito en boca de otro, Wayne Fontana. Todo lo contrario que el disco, que no despertó el interés esperado, aunque gracias a sus éxitos setenteros, posteriormente se recuperó para la causa y suele ser visto por ahí con frecuencia, como un hito de la era pop británica por antonomasia.

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The Smoke (Sidewalk, 1968): Antes de convertirse en un importante ejecutivo y productor discográfico -fue el encargado de supervisar la música de Dirty Dancing, ahí es nada- Michael Lloyd fue un joven talentoso y psicodélico, que emigrado de su natal New York a California, se codeó con el artisteo local más "in", colaborando estrechamente con, por ejemplo, Kim Fowley (al que escribió y produjo su disco Love Is Alive And Well) y formado parte de importantes combos tales como los raritos West Coast Pop Art Experimental Band. Su faceta como hombre de estudio empezó, por tanto, pronto y entre 1967, además de producir otro de esos discos que perfectamente podría estar en esta lista, el de la banda October Country, se las apañó para a través de una supuesta banda, que además se llamaba igual que otra que operaba simultáneamente al otro lado del Atlántico, sacar esta joya del pop churrigueresco, preciosista y profusamente ornamentado. Como no había realmente una banda, ni él tenía intención de promocionarlo, el disco permanece como una joya del coleccionismo, pero merece sin duda una entusiasta recuperación como piedra roseta del pop barroco, ya que contiene 13 sobrados motivos para ello, entre ellas, maravillas como October Country -sí, igual que el grupo-, Odyssey, Cowboys And Indians o Fogbound.  Un disco en torno al cual hay cada vez un culto más fuerte. Y con razón.

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The Forest Of My Mind, Paul Parrish (Music Factory, 1968): Una joya oculta que el esencial sello Mapache ha puesto recientemente a nuestra disposición a un precio más razonable que las altas cifras que alcanza el original. El caso de Paul Parrish es realmente paralelo al de Sixto Rodríguez, también natural de Detroit igual que él y protagonista del afamado documental Searching For Sugarman (2013), de hecho, el disco que nos ocupa fue producido por el mismo equipo que el de éste, Mike Theodore y el guitarrista de Motown Dennis Coffey, que junto a otros músicos miembros de los famosos Funk Brothers, que de vez en cuando trabajaban para otros de espaldas al capo Berry Gordy, aunque se lo tenía prohibidísimo, dieron forma a esta especie de puesta en órbita del sonido psico-folk que había puesto de moda Donovan, aquí convertido en algo mucho más exhuberante. Al igual también que en el caso de Rodríguez, es realmente increíble que una obra así se haya quedado tanto y tanto tiempo criando polvo y no haya sido reivindicada con el ahínco que merece. Es otro caso flagrante de injusticia de los que este artículo, por desgracia, está lleno. Clama al cielo, como dicen los beatos, que resplandecientes diamantes como Suzanne, Flowers In The Park o Tiny Alice no tengan su hueco en la historia dorada del pop, pero así es el mundo. Posteriormente, Parrish encontraría su camino como cantante y, sobre todo, autor de canciones de éxito para otros, pero aún así, la historia, sin duda, le debe una disculpa.

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The Nightmare Of J.B. Stanislas, Nick Garrie (DiscAZ, 1968): Cuando escuché este disco, creo que coincidiendo con su reedición por Rev-Ola a mediados de la primera década de este siglo, no podía dar crédito a que algo así hubiera permanecido oculto durante años, criando polvo. Es quizá otra historia más de perdedores, mala fortuna y talento desaprovechado, de las que la década prodigiosa está tan llena, pero un caso especialmente flagrante: un joven inglés de ascendencia ruso-escocesa que pasa largas temporadas de mochileo por el sur de Francia, donde aprovecha para exhibir sus canciones, llenas de querencia a la poesía surrealista que aprendía a amar cursando estudios de filología francesa en la Universidad de Warwick. Allí es donde es descubierto, y fichado para grabar con DiscAZ, sello de un Lucien Morisse, famoso productor y descubridor de talentos en horas bajas por aquél entonces, que le pone en manos de Eddie Vartan (el hermanísimo de Sylvie) y la orquesta de 56 músicos que pone al servicio de la satinada voz de Garrie -de apellido real Miansarrow- y unas canciones sencillamente soberbias, poco comparables, la verdad, con la mayoría de sus coetáneos. Lamentablemente, la obra maestra que resultó de las sesiones no generó el interés de la compañía, cuyo capo se suicidaría poco después de su edición y el autor volvió a cobijarse en una vida normal, de la que saldría sólo ocasionalmente, como en aquél disco que en los ochenta le editara una discográfica catalana bajo el nombre de Nick Hamilton. Tuvo que ser ya jubilado, cuando el descubrimiento de su disco por numerosos coleccionistas y las diferentes reediciones que del mismo han habido han puesto las cosas en su sitio y su figura se ha rehabilitado a la altura del gran creador que fue y que sigue siendo, pues continúa cantando y sacando discos, afortunadamente. Uno de los discos realmente OBLIGATORIOS de esta lista.

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Rêve Et Amour, Johnny Hallyday (Phillips, 1968): Por supuesto, el hijo de Odín -que diría mi estimado Felipe Cabrerizo- también tenía que dejar su impronta en el pop más barroco, churrigueresco, recargado y colosal. Reve Et Amour llega ya en un momento de su carrera en que el cantante de twist y rock and roll que se hizo famoso a principios de los sesenta necesitaba un lavado de cara. Sus anteriores discos, sobre todo el clásico La Generation Perdue (1966), ya dan muestra de un claro acercamiento a los vientos multicolor que soplan desde el Swingin' London de los Beatles, pero es con éste, en mi opinión, porque no suele ser su disco más citado, donde realmente se produce el cambio hacia unas producciones mucho más manieristas y aventureras. Ahora cuenta con un gran equipo de compositores, sobre todo los ingleses Mick Jones y Tommy Brown, que le proveen de un arsenal de canciones mayúsculo, como siempre jugando con el rock y el soul, pero esta vez su productor-mentor-padre, Lee Hallyday lo revistió todo de un sonido exhuberante, que bien podemos calificar de barroco, en el que encontramos joyas como En Reve, Attention, Entre Mes Mans, Je Pars Demain, Fumée o Sans Une Larme, que entre el dramatismo y la sensualidad constituyen una de sus colecciones más acertadas y logradas en cuanto a sonido. Johnny fue grande en todos los sentidos y a barroco, no le ganó nadie.

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Harumi (Verve, 1968): Todo lo que rodea a este álbum está envuelto en misterio. ¿Un japonés en la América flower power? ¿En serio? Pues sí. Poco se conoce de la vida de Harumi Ando, un nipón que como por arte de magia, apareció en el New York de 1967. Que fichara para la discográfica de jazz Verve, al igual que hicieran otros actos, digamos, peculiares, como The Velvet Underground o Frank Zappa & The Mothers Of Invention, fue básicamente un empeño, o un capricho, de Tom Wilson, productor de los primeros discos eléctricos de Bob Dylan, así como de las óperas primas de los antes mencionados, y que también se encargaría de producir este más que singular trabajo, doble, nada menos, y a caballo entre la psicodelia más alucinada (el segundo vinilo consistía en dos canciones narrativas de 24 minutos cada una y a cada cual más freak) y el barroquismo preciosista y amanerado que proponían canciones magníficas como First Impressions -tan rococó que directamente incluía un fragmento de Bach en su ecuador-, Sugar In Your Tea o Caravan, que poco tiempo después de la edición del disco sería releída por la banda The Rotary Connection, con Minnie Ripperton al frente. Tras hacer el disco y hacer escasísima promoción del mismo, a Harumi se le tragó la tierra y su obra ha permanecido como gran objeto de deseo de coleccionistas psych-heads, que lo han encumbrado a las alturas de ese olimpo de rarezas que tanto veneran. Una rara avis que ahora ya cuenta varias reediciones tanto en vinilo como en cd.

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All Of Us, Nirvana (Island, 1968): No confundir, claro, con los ídolos del grunge. Nirvana eran una banda británica de pop rematadamente barroco y orquestal, integrada por dos personas: un griego, Alex Spyropoulos y un irlandés, Patrick Campell-b. Ambos componían suntuosas canciones de melodías sedosas a las cuales añadían los arreglos más ostentosos posible. Este es su segundo disco, llegado tras su The StoryOf Simon Simonpath, que compite con S.F. Sorrow, de Pretty Things, por el preciado podio de primer álbum conceptual de la historia. Con, seguramente, el título más largo puesto a un disco,"The Existence of Chance Is Everything and Nothing While the Greatest Achievement Is the Living of Life, and so Say All of Us" y con una portada más que enigmática -una fotografía antigua en blanco y negro en la que varios personajes históricos conducen una procesión sobre un manto de cadáveres extendidos por un camino- el disco es un cúmulo de canciones monumentales, que se anticipaban a cierto sector de lo que después sería el rock sinfónico, pero sin perder de vista en absoluto la concreción de la melodía. Así, Rainbow Chaser, lo más parecido a un éxito que tuvieron, utilizaba la técnica del "escalonamiento" o "phase" para dotarla de ese ambiente que la ha convertido en clásico perdido de la psicodelia. El resto, no iba a la zaga: junto a la preciosa Tiny Godess, se amontonaban otras grandes creaciones del dúo, como Trapeze, Frankie The Great, Melanie Blue, la sedosa You Can Try It, o mi favorita, Girl In The Park, una de esas tonadas soleadas y saltarinas tan de su época que inundan el corazón de felicidad. Y es que Nirvana eran una banda preciosista e inteligente. Tras otro disco, se separaron, pero se han ido reuniendo en diversas ocasiones y aún hoy podría decirse que permanecen en activo, actuando y sacando algún que otro bonito disco lleno de locuras.

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The Love Cycle, Forever Amber (Advanced, 1969): Como entonces no se estilaba eso de grabar maquetas, esta banda de chavalines de Cambridge decidió tirar por lo alto y directamente, grabar y autoeditarse un disco del que sólo se prensaron 99 copias. Por supuesto, en caso de encontrarse, una de esas copias puede alcanzar la astronómica cifra de 5000 o 6000 libras esterlinas, teniendo en cuenta que el diario The Guardian lo incluyó en su lista de 1000 discos que oír antes de morir y la prestigiosa Record Collector, como uno de los 100 mejores álbumes de psicodelia. Muchos lo consideran el "Odessey & Oracle low-cost" y no van desencaminados. Este precioso trabajo, estructurado como un ciclo de canciones dedicado argumentalmente a una fugaz relación de pareja, agrupándolas entorno a las diferentes fases de la misma (conocerse, hablar, pasear, divertirse, duda, desprecio y dolor) es de una delicadeza y precisión insólitas, teniendo en cuenta que fueron seis chavales los que las grabaron en un estudio más bien amateur. La canciones incluidas hacen de la melodía barroca una pieza de orfebre de sublime perfil, como en Misunderstood o On A Night In Winter, Letters From Her o Me Oh My, que maridan con números algo más rítmicos y tendentes al rhythm and blues como Mary The Painter o la pizpireta Silly Sunshine. Otro tesoro perdido y reeditado ya en la actualidad para nuestro disfrute.

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Pleasures Of The Harbor, Phil Ochs (A&M, 1967): Pocos discos con más derecho que éste para estar aquí. Tras vivir durante años a la sombra de un Dylan que jamás tuvo tanto que ver con él, Phil Ochs, mucho más contestatario y comprometido, decidió dar un puñetazo en la mesa con su tercer disco. En plena era psicodélica, el folk en estado puro que había cultivado hasta entonces, se tornó en una cascada de música profusamente orquestada, sofisticada y de profunda carga social. Pleasures Of The Harbor es el manifiesto comunista del pop barroco, una pieza maestra a la que jamás se ha hecho la suficiente justicia. Su autor siempre acabó sucumbiendo a a la mala fortuna y las malas decisiones. Víctima del alcoholismo y de su carácter depresivo, acabó suicidándose en 1976, pero cualquiera hubiera previsto ese fin al escucharle aquí cantar pletórico unas melodías irresistibles sobre las que planeaban historias que calaban tan hondo como la de The Flower Lady, la amanerada e irónica Outside Of A Small Circle Of Friends, la taza de porcelana que es I've Had Her o la compleja y obsesiva The Crucifixion. Canciones, muchas de más de ocho minutos, cosa completamente insólita en la época, que eran profundamente aventureras y por tanto, visionarias, por parte de un genio al que se debe recuperación y reconocimiento. Un disco que hay que tener sí o sí.

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Gandalf (Capitol, 1969): Inicialmente conocidos como The Rahgoos, esta banda neoyorquina capitaneada por Peter Sando se curtió entre 1966 y 1967 en los clubes del Greenwich Village, mítica cuna del folk norteamericano, en la cual conocieron a gente como Tim Harding o Gary Bonner y Alan Gordon, los artífices del éxito de The Turtles Happy Together, que fueron los instigadores de su fichaje por Capitol. Llegado el momento de grabar un lp la banda ya estaba más que rodada y contaba con un buen repertorio propio, pero tropezaron con las maniobras corporativas usuales: en primer lugar, se vieron forzados a cambiar su nombre. A uno de ellos, que estaba leyendo el Hobbit de Tolkien, se le ocurrió que se llamaran Gandalf & The Wizzards, que la compañía de discos acortaría a Gandalf sin avisarles. Además, tuvieron que asumir realizar versiones de otros para satisfacer a sus jefes, lo cual fue en detrimento del material de Sando, que al final sólo consiguió meter dos canciones entre versiones de standards como Scarlet Ribbons o Golden Earrings, a los que ellos supieron poner su impronta, o canciones de sus amigos (tres de Tim Harding y dos de Bonner/Gordon), entre las que destacan brillantes lecturas de Hang On To A Dream o la deliciosamente barroca Tiffany Rings. De todas formas, los verdaderos hallazgos son las dos de Sando, auténticas manifestaciones de talento visionario. Dos rara avis incluso en el mundo infestado de psicodelia que habitaban, de tonalidades misteriosas y vaporosas. Can You Travel In The Dark Alone y I Watch The Moon son dos maravillas que nos hacen preguntarnos qué habría ocurrido en el disco de haber tenido más cancha Sando, porque como pasó en muchos casos, al ser escaso el interés de la discográfica en ellos, el lanzamiento del disco se fue retrasando demasiado tiempo y para cuando apareció, sin promoción prácticamente, los tiempos habían cambiado tanto y tan rápido  que a nadie le importó. Hoy es justificadamente considerado por los entendidos uno de los grandes tesoros de la psicodelia barroca, una obra visionaria a colocar en un podio junto a otros discos que sí tuvieron el reconocimiento merecido en su día. Nota: Sundazed sacó en 2007 un Gandalf 2, con la colaboración activa de Sando, que sí incluye muchas de las canciones compuestas por él, maquetadas en la época, y demuestran lo que nos perdimos en su día. Otro objeto de deseo imprescindible.

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Mortimer (Phillips, 1968): Cualquiera que escuche una maravilla como When Dragons Hit The Door, segunda canción de este álbum, digna de una alianza entre Brian Wilson y Paul McCartney, caerá, si tiene algo de alma, subyugado ante el inmenso talento que desplegaba este trío de neoyorquinos capaces de confeccionar intrincadas armonías vocales y de componer maravillas imperecederas como ésta. Quizá por eso despertaron, tras la edición de este su único lp, el interés de Apple, la discográfica de los Beatles, que les fichó e incluso financió la grabación de todo un lp bajo la producción de Peter Asher (el de Peter & Gordon) y la inclusión de alguna canción de McCartney -On Our Way Back Home, embrionaria de Two Of Us-, el cual sería abortado, aún cuando contaba incluso con portada y fotos de promoción, por el maléfico Alen Klein, cuando éste se hizo con las riendas de los destinos de los Fab Four. Este material es también óptimo y fue rescatado no hace mucho por RPM. No obstante, esa es otra historia y lo que nos ocupa es una ópera prima soberbia, llena de hallazgos como el que mencionábamos al principio de esta reseña, el exuberante Mortimer's Theme, lleno de coros angelicales, el perfecto single que abre el disco -Dedicated Music Man- o esa maravilla absoluta que es Would You Believe, todo un clásico subterráneo para los amantes del pop de melodías soleadas, lo mismo que puede decirse de la totalidad de este soberbio trabajo, sobre el cual hay que abalanzarse con hambre voraz.

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