Hola, me llamo Juanjo y soy yonqui (del vinilo)

Hoy vengo a hablaros de algo tremendamente personal. De cuando una simple afición se convierte en una adicción desmedida. En otras palabras, si esto fuera droga, ya estaría muerto. Pero como es "sólo cultura", ha dado lugar a una acumulación que ahora, en el confinamiento, me está viniendo más que bien. Algo bueno tendrá que tener, no? Veamos...


Londres, mercado de Brick Lane (todas las fotos: Ines García)
Seré sincero, mi relación con el vinilo no tuvo demasiado buen comienzo. Los dos primeros vinilos que me regalaron -y que hoy, por supuesto, no conservo- fueron el primer lp de Inhumanos y el Monstruo Total 2, una de aquellas recopilaciones de éxitos tan de los ochenta. Bien es cierto que contaba con los discos de mi hermana y hermano mayores (11 y 10 años más que yo, respectivamente), entre los que se encontraban algunos bastante interesantes, como el Stupidity de Dr. Feelgood, el Street Legal de Dylan o los recopilatorios dobles (el rojo y el azul) de The Beatles, que fueron edificando mi educación musical, antes de que yo tirara por mis propios derroteros. 

Pasé mis fases de acercamiento a tribus urbanas, de una manera además bastante ecléctica, cosa que ha influido a posteriori -en mi opinión, para bien- mi iconoclasta visión de la música totalmente ajena a las tendencias a mi alrededor. Primero tiré por el mundo rockabilly, luego el heavy, más tarde mod, indie, grunge...Todos me influyeron y realmente ninguno acabó siendo mi religión. Yo no entiendo la cultura como religión, ni tampoco que comulgar con una determinada estética me impida acercarme a otras tendencias. Vaya estupidez. 


Pero no nos desviemos. Pronto, gracias a todo ello, descubrí el placer que se obtenía al pinchar esos vinilos en la bonita cadena-mueble que teníamos en una pequeña salita en mi casa. "La salita de música", la llamábamos, lugar que usurpé y convertí en mi propiedad cuando mis hermanxs se fueron de casa. Pasaba horas allí sentado, contemplando, mientras sonaban una y otra vez, las portadas de todos aquellos discos que iba acumulando o los que de vez en cuando me prestaba algún amigo. Además de su contenido, me extasiaban las carpetas, sobre todo cuando eran dobles, con fotos desplegables, encartes interiores con las letras que leía a medida que sonaba la música. Aquellas ediciones españolas de los setenta y ochenta que después descubriría que eran bastante precarias pero entonces me parecían el mundo entero. 

No obstante, mi afición seria por comenzar una colección llegó bastante más tarde. A finales de los ochenta llegó el cd y la verdad es que caí, como muchos, bajo su yugo. Y ojo, no es que hoy reniegue de él. Sigo comprando y conservando una buena colección, pero comprenderéis que no me parece lo mismo, ni de lejos. 

Tras un período largo en que coleccioné mucho cedé, no sé cómo, de repente volvió el vinilo a mi vida. Desgraciadamente, como el perfecto capullo que siempre he sido, vendí toda aquella colección de vinilo (y lo que es peor, muchos de mis cómics) que había reunido durante mi infancia y adolescencia para comprar aquellos cedés, de modo que tuve que empezar de nuevo desde cero. Empecé a volver a las tiendas de segunda mano de mi ciudad y redescubrí el placer de llegar con un vinilo nuevo o semi-nuevo a casa, ponerlo sobre el plato y levitar de gusto. Y eso que todavía no tenía un equipo ni medio decente. Recuerdo algunos momentos sublimes en ese sentido, como cuando conseguí una edición americana de Labour Of Lust de Nick Lowe y pinché por primera vez Cruel To Be Kind. La habitación se llenó de color. 

Con el paso del tiempo, logré comprar una buena cadena por piezas con un plato técnico bastante decente, un Akiyama, plato de dj de gama medio-baja, pero apañado. Eso sí, con un ampli Onkyo y unas cajas Kef de madera que aún hoy conforman mi sound system porque forman una combinación, en mi opinión, fabulosa. El plato lo cambiaría al cumplir cuarenta años gracias a mi amigo Pepe García del Real (legendario cantante de mi ciudad, integrante de los Cangrejos, Tent o Grannies), que me regaló en la correspondiente fiesta de celebración su viejo Technichs SL-D3, una maravilla que llevé a reparar y funciona perfectamente. 

Empezar a trabajar y alcanzar cierto nivel adquisitivo llevó, obviamente, a un mayor consumo. Y otro factor determinante fue dejar de fumar. Es curioso como unos vicios llevan a otros cuando se abandonan, porque yo fumaba muchísimo y todo ese dinero que invertía en Ducados, de repente, pasó al vinilo, como por arte de magia. De hecho, es el principal motivo por el que jamás he vuelto a probar el tabaco. Ni una calada, se lo aseguro. ¿Perder dinero para vinilo por tragar humo? ¡JA! 

Ahí fue cuando empecé a "consumir" en serio. Comencé a tener mis manías: las ediciones españolas no me interesaban, excepto si se trata de producto autóctono y mejor si es de los noventa para arriba. Como buen adicto a los sonidos del  pop rock y -especialmente- la música afroamericana de los sesenta y setenta me interesé por las ediciones USA originales de aquellos años. No tenían nada en absoluto que ver. Donde. en  el caso español, la portada era un endeble papelito gordo satinado, aquí hablábamos de grueso y rugoso cartón con olor a viejo, donde el vinilo era más fino que un papel de Smoking, aquí era un pesadote artefacto de 160 gramos o más. Sonaban a lo que tenían que sonar, a lo que se supone que es para lo que fueron grabados. 

Porque, amigos, todos aquellos discos no fueron grabados para transformarse en ceros y unos. Más tarde se haría de otra forma, pero en la época, digamos, "vinílica", las grabaciones y lo que es más importante, masterizaciones, se llevaban a cabo pensando en el soporte que ofrecía el vinilo, ya fuera de 7", 10" o 12". Fijaos, David Byrne, en su imprescindible libro Cómo Funciona La Música (Random House/Reservoir Books), explica muy bien la diferencia entre los soportes digitales y analógicos: "Nos dijeron que los CD durarían para siempre y que sonaban limpísimos, pero la verdad es que no suenan tan bien como los elepés, y su durabilidad está por ver. El espectro de sonido de los medios analógicos tiene un número infinito de gradaciones, mientras que en el mundo digital todo está seccionado en un número finito de fragmentos.  Los pedacitos y los bits pueden hacerle creer al oído que representan un espectro auditivo continuo (la psicoacústica en acción), pero, por naturaleza, siguen siendo ceros y unos; peldaños, en lugar de una pendiente suave. ¿Y los MP3? Puede que sean el medio más conveniente hasta el momento, pero no puedo evitar pensar que la artimaña psicoacústica empleada en su desarrollo -la capacidad de hacerle creer y sentir a la mente que toda la información musical está ahí, cuando en realidad hay un gran porcentaje ausente- es una continuación de esa tendencia por la que nos dejamos seducir en aras de la conveniencia. Es música en formato de pastilla; proporciona vitaminas y funciona, pero le falta algo. A menudo nos ofrecen, y aceptamos gustosamente, medios prácticos, "suficientemente buenos", en lugar de los que en realidad son mejores". 



Con todo esto no estoy queriendo hacerme el listo y decir que todos vosotros, compradores de cedés, oyentes de MP3 en el móvil y demás, sois estúpidos. En absoluto: he sido y sigo siendo comprador de cedés y soy usuario premium de esa app diabólica del circulito verde, cuyo nombre no citaré aquí, puesto que creo que no necesitan más publicidad. Lo primero ha permitido acceder a mucha música que durante un tiempo era muy complicado de encontrar en vinilo y aún hoy sigue siendo útil (las famosas box sets y muchas recopilaciones para las que la duración del cedé es mucho más adecuada que la del vinilo); y lo segundo, permite un acceso inmediato y en cualquier lugar a una cantidad inmensa de música, hacer interesantes playlists y si se sabe utilizar, puede ser una gran fuente de descubrimiento, aunque pese a todos los detractores que -en muchos casos justificadamente-cosecha.

No obstante, si uno quiere escuchar la música, sobre todo la de una determinada época, de la forma en que fue planeada, lo mejor es que acceda a ella en vinilo. Y a ser posible en una edición -o reedición, que algunas hay buenas- decente o, preferiblemente, original. Eso nos mete ya en el campo del coleccionismo, el gran agujero en el bolsillo del yonqui del vinilo. No es un asunto baladí. Las ediciones originales americanas, como antes anticipaba, eran objeto de una fabricación concienzuda y su sonido, si se encuentran copias semi-nuevas, es óptimo.

Sí, está claro que a poco que un vinilo se gaste, su sonido se resiente de cierto "scratch", cierto repiqueteo, que si uno es muy tiquismiquis puede llegar a molestar bastante, pero en mi caso, lo encuentro incluso un atractivo. Llámenme loco, pero me gusta ese sonidillo (moderado) de fondo que me recuerda lo que estoy oyendo. Cuando escucho vinilo, escucho vinilo, con todas sus consecuencias.

Y es que la amplitud de sonido, de graves, de calidez, que alcanza un lp, o un single, que suena aún mejor, es, al menos en mi opinión, inalcanzable para otros formatos. Es carnosa, sensual, verdadera... Pero bueno, yo venia a hablar de mi adicción y no tanto de cuestiones técnicas. Temo que se me ha ido demasiado el santo al cielo, pero trataré de enmendarme.

¿Cómo pasa uno de ser un mero consumidor a un yonqui? ¿Cómo se pasa de la colección a la enfermedad? Es difícil explicarlo. De hecho, yo echo la vista atrás y me cuesta explicármelo a mi mismo. El caso es que el recuerdo del deseo irrefrenable de adquirir determinados ítems lo guardo desde muy joven, cuando iba religiosamente todas las semanas a casa de mi abuela en el centro de València para que me diera la pequeña paga que me daba siempre que iba a verla. Algo que me da pudor reconocer, la verdad. Es decir, quería mucho a mi abuela, pero seguramente hubiera ido menos por allí de no ser así. Gran parte de mi colección-adicción se la debo a ella, pues. ¡Gracias abuelita, donde quiera que estés!

Otras cosas bastante estúpidas que he hecho son pulirme prácticamente la considerable colección de cómics que conseguí amasar durante mi infancia o muchos de mis discos iniciáticos que vendí cuando me comenzaron a interesar otras cosas. Tanto unas cosas como otras las debí conservar, llevaban consigo trozos de mi corazón y más tarde he tenido que emplearme a fondo para recuperar muchas de ellas. Esto y cosas como esta que no contaré, me llena de vergüenza, pero es para que veáis el nivel de mi ansia, que perdura hoy día, pero hoy me puedo permitir el gasto (ahorrando poco, todo sea dicho).

Uno empieza yendo a tiendas de su ciudad, por supuesto. En la mía, València, hay muchas y realmente antiguas. Discos Oldies es probablemente la tienda más antigua de España, ha pasado ya los cuarenta años de existencia (los cumplió hace poco y yo tuve el honor de participar activamente en su sonada celebración); también muy longevas son Discos Amsterdam, Harmony, o una vieja tienda de segunda mano que se llama Cha Cha Cha, en la que dejándome las manos llenas de suciedad he encontrado algunos tesoros. En todas hay una parte de mi corazón, su personal es ya como de la familia. Cuando voy a cualquiera de ellas, sobre todo a las tres primeras, es como visitar a tu vieja tía, hay que estar un rato de charla antes de que te dé de merendar. La diferencia es que aquí la charla es más que agradable. ¡Lo que habré aprendido yo hablando con Vicente, CarmenJuan, Migue o Víctor! Aunque eso sí, por dentro siempre estoy ansioso por meterme a escarbar en las cubetas de discos. Es más fuerte que yo, amigos, no me lo tengáis en cuenta.

En Bruselas, cafetería del museo de la Bande Desinée
También, cuando voy de viaje al extranjero, mi mujer Inés (y ya incluso mi hija de seis años que siempre me dice "papá, no tienes ya bastantes discos?") sabe que necesariamente tengo que escaparme a ratos a ver tal o cual tienda. Tengo la inmensa suerte de que me entiende perfectamente y no le importa (demasiado), pero os aseguro que cualquier otra me mandaría a pastar por mucho menos de lo que ella ha tenido que esperarme a la puerta de tiendas de discos de Nueva York, Berlín, Londres o, por supuesto, mi lugar favorito para comprar, Amsterdam. En nuestro viaje de novios, de la gran manzana me vine a España con la friolera de 70 discos. Tuve que comprarme una maleta adrede cerca del hotel para poder transportarlos. Tendríais que haber visto la cara del tipo de la aduana cuando pasé el control. Era un primor...

Después llegó la era de las compras por Internet. Hay diversos sitios en los que comprar, bastante especializados. Por supuesto, es mucho mejor apoyar tus comercios locales, las tiendas de toda la vida se hallan en peligro de extinción y eso vale también para los pequeños sellos, que son los que mantienen viva la escena de cualquier ciudad. ¡Hay que cuidarlos! Pero claro, si uno es un yonqui, muchas veces necesita un material que no puede encontrar así como así. Por eso me dirijo a aplicaciones como Discogs o Todocolección en las que hay tanto tiendas de discos como particulares vendiendo su material por correspondencia. Por supuesto, también en ferias del disco o en mercadillos (como por ejemplo, el que hay en Pedreguer, Alicante, los domingos por la mañana), así como por redes sociales, en las que también hay comercio. A raíz de ello, además, he llegado a trabar bastante amistad con disqueros de otras ciudades, como mi gran amigo Pipo (I Loviu Records) o mi admirado Pedro Vizcaíno (You Are The Cosmos/Grabaciones En El Mar). Todos ellos son mis "dealers".

Escarbar en cubetas, conocido como "diggin" por los entendidos, es todo un arte, una religión, una disciplina más allá del Kung Fu. Con los años he llegado a desarrollar una velocidad con mis dedos que ya quisiera para sí el androide de Alien, una visión de lince que reconoce en milésimas de segundos las portadas de discos conocidos y las descarta de los que realmente me interesan, una base de datos mental que me ayuda a reconocer instintivamente qué es tal o cual cosa, no sé... es, de nuevo, algo difícil de explicar, pero a base de eso uno encuentra petróleo. Hay que saber dónde meterse, seleccionar bien los objetivos, ir con fuerzas, preparado. Y evidentemente, hay toda una cultura acerca de ello, sobre todo en el mundo del Hip Hop, cuyas bases instrumentales se nutren de samplers de viejos discos de soul, funk, jazz etc. En ese sentido, os recomiendo ver el documental Hip Hop Evolution -que está en la plataforma esa tan famosa que todos usamos- en que se explica esto entre otras cosas y es, en conjunto, una obra maestra. Esa cultura es perfectamente extrapolable a muchos otros ámbitos, sobre todo los que atañen a la música negra, pero también hay diggin' de rock o pop, por supuesto.

En casa, celebrando 30 años de Doctor Divago
En todo caso, uno nunca tiene bastante. Y por consiguiente -como decía Felipe González- se convierte en algo absurdo. Es materialmente imposible escuchar todo lo que tienes (nota: no se os ocurra JAMÁS, cuando vengáis a mi casa decirme eso de "¿pero realmente escuchas todo esto?", es algo que no soporto, al igual que el llamar "disco pequeñito" al single o 7"), los problemas de almacenaje se acentúan, así como el conveniente cuidado de unos objetos que en su mayoría requieren incluso labores de restauración, que por supuesto yo, que soy un "manitas de mierda", como me llamaba mi amigo Gon, no sé darles.

Eso no quiere decir que no los cuide, lo hago todo lo que puedo, pero no soy metódico, aséptico, conservador de museo, como algunos. Las manías son prácticamente inherentes a la condición de coleccionista de discos pero, pese a todo lo maniático que soy yo en muchas otras cosas, en esto no lo soy demasiado. Tengo mis discos para escucharlos, no para meterlos en un plástico y cogerlos con pinzas. Si se hace alguna raya, no me gusta, pero no me entran ganas tampoco de tirarme por el balcón. Y sobre todo: ordeno lo justo. Odio el orden alfabético, ordeno por estilos, épocas, criterios que muchas veces sólo yo entiendo. Y tengo muchos de mis discos fuera de clasificación, sencillamente porque me gusta encontrármelos. Me gusta que aparezcan de repente, como de la nada, entre un montón. Es así como funciono y no pretendáis convencerme de lo contrario, joder.

El tema de la clasificación da para mucho, no sé si incluso se han escrito libros, pero sí, desde luego, bastantes artículos de prensa al respecto. Para mi no es tan esencial. Es algo demasiado de coleccionista, algo que sí, yo soy, pero no tanto como para perder la perspectiva de qué es el objeto que compro. Colecciono, pero nunca me gasto locuras de dinero en un disco. Tengo un límite y tira por lo bajo. Si alguien me ofrece, de hecho, un disco que considero que está por encima de su precio, le regateo y si no tengo confianza, lo dejo estar. Porque los discos son parra escucharse, no son, todavía -algún día lo serán- objetos de museo, ni cotizados cuadros a subastar en Sotheby's. Aún vivimos en una era que los acepta como utilizables. ¡Utilicémoslos, gastémoslos tanto que se rompan! Ya compraremos otro, en  ese caso, a ser posible a un precio justo, que hay mucho abusón.

Esta "adicción", por así decirlo, podría considerarse un problema, por supuesto que sí. Si no gastara la cantidad mensual que más o menos tengo fija para mi "consumo" seguramente mi familia sería más rica. Si no me preocupara tanto por comprar tal o cual cosa seguramente estaría más atento y menos irascible en ocasiones. Pero joder, ¡así soy yo! Si no no me llamaría Juanjo Frontera. Y debo decir que tengo la suerte de que aún así, con quejas incluidas, me quieren y me comprenden. Y lo de ser un problema, es matizable...

En València, tras visitar el Rastro
¿Es un problema consumir cultura? ¿Es malo acumular algo que al fin y al cabo, viene determinado por un gusto y un estudio de una materia? Yo creo que no. Categóricamente NO. Igual con esto me esté autojustificando, pero considero incluso necesario que los que tenemos una inquietud cultural determinada nos afanemos en consumir su producto. Hay todo un tejido comercial que depende de eso y hace que la rueda gire, por no hablar de que toda esa acumulación, si está hecha con gusto, representa una posible fuente de conocimiento para los que vengan detrás. Sólo espero que mi hija no venda mi colección al trapero cuando muera, eso sí...

Y la gran pregunta: ¿porqué os cuento todo esto? Pues porque algo tengo que hacer. Llevamos ya casi un mes encerrados en nuestras casas, sin poder salir más que a comprar lo imprescindible (los que somos responsables y no HIJ@S DE PUTA que cogen su coche y se vienen a la playa de Gandia a pasar las vacaciones de pascua, claro) y por tanto tenemos más tiempo del que jamás pudimos imaginar-desear para ocuparnos de nuestras cosas. Por eso agradezco ser un hombre, como suele decirse, de mucho mundo interior. De hecho me faltan horas al día entre teletrabajo, educación de una niña de seis años, estar con mi mujer, labores de casa, beber birra...

Me maravilla la cantidad de gente (no enferma y sin problemas de trabajo) desesperada por salir que se ve por las redes. A mi no me pasa porque tengo, sobre todo, mis vinilos. Ahora toda esta acumulación tiene un sentido. No ordeno exactamente, pero me dedico a revisar mis tesoros, a escucharlos, recomendar incunables por redes. Pura diversión, para la que antes casi no tenía tiempo. Pero todo tiene una contraprestación...

Desde hace unos días, tengo el mono. Sí, amigos, el síndrome de abstinencia. Imaginen que a un fumador no le dejaran bajar de casa a comprar tabaco. Pues a mi me pasa eso. Necesito comprar y ahora la prudencia aconseja no utilizar el correo para estos menesteres, sino para cosas realmente importantes. Pero les confieso que soy débil, dudo, me debato. Visito páginas constantemente en busca de ofertas, en busca de qué se yo que necesidades, cuando en casa tengo varios miles de discos para satisfacer una o varias vidas de anhelo musical. ¿Ven de lo que hablo? Esto es una adicción, es más fuerte que yo. Y eso es precisamente, el lado negativo del tema. Todo lo que se apodera de la voluntad de uno acaba por ser nocivo.

¿Acabará algún día esta adicción? Es algo que me pregunto últimamente de forma constante. Realmente no me gusta que me domine, aunque plantearme dejar de consumir música está muy lejos de mi intención. Lo malo es que yo no conozco el término medio. Cuando dejé de fumar, tuve que hacerlo radicalmente. No hubo medias tintas, cigarritos de vez en cuando. No he vuelto a tragar humo jamás. ¿Debería hacer lo mismo con esto? Quizá, pero los elementos en contra temo que inclinan la balanza hacia el no: no me daño la salud, no maltrato a mis semejantes, contribuyo a la subsistencia de un tejido comercial, es cultura, fuente de conocimiento, me divierte enormemente, me lo puedo permitir... así que a la mierda, seguiré siendo un yonqui del vinilo y es más: les aconsejo que hagan lo mismo.

Cuídense, disfruten de sus seres queridos, lean, escuchen música, ante todo, vivan! Venceremos. Como dice el amigo Xino Dj: MÚSICA O BARBARIE!!

Os dejo unas playlists por aquí para amenizar la cuarentena:

Cuarentena de temarros, vol. 1

Cuarentena de temarros, especial Brasil

Cuarentena de temarros, vol. 2

Cuarentena de temarros, vol. 3

Cuarentena de temarros, vol. 4

Cuarentena de temarros, vol. 5

Cuarentena de temarros, especial soul







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1 Comentarios

  1. Enhorabuena por esta locura maravillosa. Veo que no soy el único flipado.

    Y que viva la única e inimitable La Lupe

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