Alberto Montero. Sala Russafa (València). 11-12-2020 - Alquimia Sonora

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lunes, diciembre 14, 2020

Alberto Montero. Sala Russafa (València). 11-12-2020






El del Puerto de Sagunto presentó  El Desencanto en una Sala Russafa llena y entregada a sus magníficas canciones.


Ufff, la primera crónica de un concierto desdeeee… ni me acuerdo cuándo. Y no, no es que no haya ido a ninguna actuación musical desde que nos desconfinaron, pero siempre (o casi) han sido eventos en sesión vermú o similares, alejados de lo que solíamos entender como concierto al uso. Y éste que nos ocupa, sin embargo, sí que ofrecía un empaque a priori -y una implicación emocional, por qué no decirlo- merecedor de la desoxidación de este que suscribe en esto de reseñar actuaciones en directo en una ciudad, por otro lado, que desde que lo permitieron las autoridades no ha dejado de tener actividad en este sentido, aunque eso sí, mucha menos de la de “aquellos tiempos” y salvando enormes, y digo enormes, dificultades. 

No obstante, aquí estábamos, en la puerta de la Sala Russafa, esperando con mascarillas de colores surtidos y la habitual actitud errática del ciudadano pandémico, a que Alberto Montero presentara su flamante El Desencanto, sexto disco de una intachable trayectoria en solitario y probablemente lo más accesible que haya hecho hasta ahora, sobre todo tras esa obra profundamente personal y de singular belleza que fue La Catedral Sumergida (BCore, 2018).


Podemos considerarnos afortunados (nosotros, él y sus músicos) de que esto haya podido ocurrir, de una forma además coetánea a la aparición del disco y en un sitio de excelencia probada en la capital valenciana como es este teatro, usado con frecuencia por su calidad de sonido y ambientación para presentaciones musicales de diverso pelaje. Las restricciones son muchas y la música en directo es una cosa prácticamente proscrita, que en agravio comparativo respecto a otros sectores de ocio, tiene que demostrar constantemente una supina responsabilidad y cumplir un exhaustivo número de medidas de seguridad, que por supuesto se siguieron a rajatabla en esta concreta velada. Así que ya podemos dar gracias. 


Una vez sentado en tu sitio y sin demasiado tiempo empleado en saludar a conocidos (al final, a este tipo de artistas, los seguimos siempre los mismos), cuando empieza el espectáculo uno se da cuenta de que tanto los que están ahí delante empuñando guitarras y demás instrumentos como los que estamos sentados en nuestras butacas tenemos que ponernos en situación. Entrar en trance. Algo así como imaginar que uno vive de nuevo en la normalidad que era antes, aquella en que uno podía ver las caras de felicidad de los demás, el entusiasmo, cuando sonaban las canciones. Pero claro, de repente respiras un poco fuerte y ¡zas! gafas empañadas. Se jodió el invento. 


No obstante, nos pusimos en situación. Los músicos no pueden evitar estar desengrasados, no se ha podido tocar en directo al nivel de antaño y eso, se quiera o no, constriñe no sólo habilidad, sino también actitud, que aquí era en cierto modo animosa, pero también algo titubeante cuando los acordes entrecortados y vívidos de “Mira” empezaron a sonar y dieron vida a la obra de alguien que ha puesto toda la carne en el asador para este proyecto. La mirada azul de Montero era más escrutante que nunca, seguramente buscando reacciones entre tanta mascarilla, expresiones comunicativas en los ojos de su público. O quizás simplemente trataba de recordar para qué estaba ahí y olvidar muchas de las cosas oscuras que le acechan. Como nos acechan a todos. 


El Desencanto
, sin embargo, parece un disco hecho para retratar estos tiempos. Si bien la música
destila algarabía pop y melodías inapelables, el aspecto lírico manifiesta amor por la familia y cierta esperanza sí, pero también mucho temor, suspicacia, inseguridad y cansancio, algo que creo que representa el espíritu colectivo ante los tiempos que corren. Es por eso que quizá, tras ese comienzo algo dubitativo, la comunión, aunque más difícil o menos inmediata que en los conciertos “de antaño”, acabó sucediendo. Todos nos metimos en el concierto y comenzamos a sentirnos más relajados. O más bien, el del Puerto de Sagunto y una banda descomunal, integrada por sus habituales lugartenientes Xavi Muñoz y Román Gil, con las adendas estelares de última hora de Lluís Torregrosa y Gilberto Aubán, lograron también meterse en situación y llevarnos por donde querían, hacia la apaciguante sensación de olvido y abandono al hedonismo`que supone degustar canciones bellas como pocas. 


La mirada escrutante de Alberto se tornó, de repente, en agradecida. Las canciones sonaron como debían. Estribillos tan infalibles como los de “Cuando todo caiga” o “No sé” hicieron su trabajo y para cuando la primera recuperación del pasado -”Cuando el aire resuena”- tuvo lugar, la cosa iba ya fluida. No obstante, la intención no era ir de “Mr Wonderful” por la vida y por eso “El desencanto”, canción titular de su álbum y de letra especialmente amarga y crítica con la vida actual, puso nuestros pies de nuevo en el suelo, pero sin abandonar esa suerte de comunión que todos habíamos alcanzado ya. 


Otras habituales del repertorio como “En el camino”, con el guiño también habitual al “Smooth operator” de Sade, o “Flor de Naranjo”, enlazaron a la perfección con las canciones que se presentaban, especialmente, en caso de la segunda, con las más guitarreras, un aspecto poco explorado hasta ahora en la obra de este artista y del que la segunda cara de El Desencanto da nutridas muestras, como la muy deudora del flaco Spinetta “Todo es cíclico” o la igualmente influenciada por The Smiths “Lluvia”, que junto a ese clímax del disco que representa “El monstruo”, configuraron algo así como un set eléctrico en el que brilló especialmente el trabajo a las seis cuerdas de Román Gil, no en vano tocado con un sombrero y armado de un instrumento que recordaban poderosamente a Jimi Hendrix


Tras este subidón llegó el obligatorio parón, tras el cual Montero y Gilberto Aubán (“el pianista mudo del medioevo”, como lo llamó) salieron a interpretar la deliciosa canción dedicada a la hija del primero que cierra el disco y que sin embargo abrió los bises que, ahora sí, interpretó toda la banda, con las nuevas “Mandamientos” y “Mientras cae la oscuridad”, rematadas por el obligado cierre con “Madera muerta”, la canción ya emblemática de un artista que al finalizar por todo lo alto su concierto, se mostraba tan agradecido como aliviado. “No todo tiene porqué ser tan malo”, expresaba su cara. Y creo que ese es el mismo pensamiento que estaba en la mente de todos cuando salimos presurosos de allí para que el rayo del toque de queda no nos fulminara.


Galería (Fotos de Susana Godoy):




















 

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