Luis Brea - Córdoba. Sala Hangar, 12.11.21

Tiene el próximo disco casi en el horno, y aún anda presentando las canciones del anterior y cantando todo lo que le hizo convertirse en una de las figuras más relevantes del pop español. Y todo eso sin que haya una audiencia masiva a la que convencer, aunque sí un puñado de fieles que, ciudad a ciudad, saben que rara vez los va a decepcionar. En Córdoba ofreció un set acústico, corregido y aumentado al final para acentuar las múltiples aristas de un cantautor peculiarísimo.


Los músicos, como cualquier otro gremio dedicado al puro amor al arte, pueden ser clasificados o no. En estilos, géneros, épocas, influencias o incluso estética. Todo está relacionado para que el juicio colectivo encasille –horrible concepto- o saque de sus casillas a los responsables de tantas canciones que en algún momento nos han hecho felices. De algunos como Luis Brea poco se puede decir a ese respecto más que siempre ha sido e irá a su aire, al pairo de unas letras que partiendo del costumbrismo universalizan deseos y sentimientos más o menos poéticos. ¿O es que acaso no son poesía estos versos: “Soy marinero de barcos fantasmas; levanto el dedo y el abismo se aparta, menos las flores del mar que me hicieron sufrir. Ojalá nada hubiera pasado y estuvieras aquí”? Sí, un tema como “El Kraken”, que le sirve de base acústica para un concierto breve que explotó en electricidad en el tramo final, podría ser solo una esquina de la radiografía de la sociedad contemporánea y sus frustraciones emocionales, que es al fin y a la postre lo que el madrileño retrata con su voz de desidia y una guitarra que apenas le aguanta una decena de canciones antes de romperse

En la pequeña gira que lo trae de vuelta a los escenarios, el intérprete no repara en desaliño elegante, se toca con gorra de beisbolista y se da el toque de elegancia necesaria con una chaqueta sobre la camisa de motivos tropicales que adornan una presencia personalísima, y casi podría decirse que única. Con las canciones que escribe se basta y se sobra para resultar singular y cercano. El madrileño tiene una discografía ascendente en calidad, con paradas imprescindibles en temas de lírica asequible como “Más de veinte”, “Nueva generación, “After crisálida” o “Como una ola”, y otros que son pequeños himnos generacionales, y si no escúchese “Singles”, “Discotecas”, “Baso es con V” y “Hada roja”, con otras frases aplastantes que funcionarían como dardos en cualquier situación de discrepancia profesional o amatoria: “Soy tu sombra y he venido del pasado, ¿qué es lo que tú me puedes ofrecer?”, a todas luces dignas de un escritor de canciones entregado a su propia causa.

Desde que escribió casi por accidente “Dicen por ahí” y se empezaron a correr rumores de que había por ahí, justamente, alguien que se podría calificar como el Julio Iglesias del indie, él mismo sigue sorprendiéndose a día de hoy con poder grabarlas de forma más o menos digna y presentarlas en directo con su actual banda, El Miedo, que al final encontró justa sustitución en Versión 2.0, grupo residente de la sala Hangar, para tocar con más lustre el trío de ases “breano”: “Mil razones”, “El verano del incendio” y la magnífica “Automáticamente” con la que bajar a saltar un ratito con los fans, puede que bastantes más de los que él mismo esperaría. Un final explosivo, inesperado salvo para ellos mismos, y la constatación de que a tope de prestaciones este tipo cala, y bien hondo. Y a medio gas casi que también.



























Texto: JJ Stone
Fotografías: Raisa McCartney

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