El Generalife volvió a rendirse anoche ante Omega, una de las obras fundamentales de la música española contemporánea. Con el recinto completamente lleno, el espectáculo se presentó no como una mera recreación nostálgica del histórico proyecto de Enrique Morente y Lagartija Nick, sino como una reinterpretación concebida desde el presente y con entidad propia. Una apuesta ambiciosa que incorpora nuevos recursos escénicos, una gran pantalla, un potente diseño de luces y la presencia de Israel Galván para ampliar el universo de un disco que, tres décadas después de su publicación, continúa generando debate.
La noche, favorecida por una temperatura perfecta y un cielo despejado, comenzó con una introducción de marcado carácter emocional. Imágenes de la grabación del disco y de la gestación del proyecto, con Enrique Morente, Leonard Cohen, Antonio Arias y Federico García Lorca como protagonistas del relato, sirvieron de prólogo antes de que Manhattan abriera el concierto. Desde el primer momento quedó clara una de las principales diferencias respecto al formato original: desaparecía la estructura que separaba el espectáculo flamenco de la posterior actuación de Lagartija Nick. Esta vez ambos universos conviven y se suceden dentro de un espectáculo concebido como un todo.
La propuesta, además, está lejos de ser lineal. Tras la contundencia inicial de la banda, el protagonismo fue desplazándose hacia el flamenco, con El pastor bobo y otros pasajes en los que el espectáculo adquirió una dimensión mucho más desnuda. Es precisamente en esos momentos cuando la propuesta alcanza algunos de sus mayores niveles de intensidad. La llamada misa flamenca permitió reivindicar la raíz más jonda de Omega, con una sobresaliente intervención de Antonio Carbonell, hermano de Aurora y participante en la grabación original del disco, cuya voz aportó una profundidad que conectó directamente con el espíritu de la obra.
Otro de los grandes momentos de la noche llegó de la mano de Juan Habichuela. Su intervención fue una exhibición de técnica, sensibilidad y conocimiento de la tradición. El solo que protagonizó se situó entre lo más destacado de la velada y encontró continuidad en la impresionante Vuelta de paseo. Más adelante, la aparición de nuevo de Lagartija Nick condujo el espectáculo hacia su tramo final, con Omega como uno de los momentos culminantes antes de desembocar en un cierre festivo con La Plazuela.
Kiki Morente afrontaba, inevitablemente, una comparación difícil. Su presencia obliga a recordar la figura de su padre, pero establecer una equivalencia directa carece de sentido. Kiki es un cantaor con personalidad y registro propios y consigue llevar las canciones a su terreno sin desmerecerlas. Sin embargo, su papel introduce una lectura diferente de un repertorio que en su origen estaba indisolublemente ligado a la personalidad artística de Enrique Morente.
Y ahí aparece la cuestión inevitable: Omega ya fue una obra radicalmente innovadora. Quienes tuvieron la oportunidad de verla en los años noventa o durante sus posteriores revisiones pueden percibir con mayor claridad la distancia entre aquella experiencia y la propuesta actual. El espectáculo del Generalife es ambicioso, está muy trabajado y contiene momentos extraordinarios, pero su energía resulta, en conjunto, menor. Hay una cierta sensación de contención frente a la potencia casi abrasiva que caracterizaba al Omega primigenio.
Eso no impide que la propuesta tenga un enorme interés. De hecho, uno de sus mayores aciertos es asumir que Omega no pertenece exclusivamente a Enrique Morente ni a Lagartija Nick, sino que es una obra compartida cuya dimensión trasciende a sus creadores. Antonio Arias, al frente de Lagartija Nick y flanqueado por Kiki Morente, reivindica esa herencia desde una perspectiva contemporánea y permite que el repertorio continúe vivo.
Quizá esa sea la mejor manera de entender lo ocurrido anoche en el Generalife. No se trató de reproducir Omega, sino de volver a interpretarlo desde otro lugar. Para quienes nunca presenciaron el espectáculo en sus primeras etapas, la experiencia puede resultar deslumbrante: la música, el flamenco, la escenografía y el escenario del Generalife conforman un conjunto difícil de olvidar. Para quienes sí estuvieron allí entonces, la comparación resulta inevitable y revela algunas carencias de energía y de intensidad.
Entre ambas percepciones queda una certeza: Omega sigue siendo una obra con suficiente fuerza como para llenar por completo el Generalife y mantener al público suspendido durante toda una noche. Y si hubo un momento capaz de conectar inequívocamente pasado y presente fue ese solo de Juan Habichuela, donde técnica, tradición y emoción se encontraron sin necesidad de artificios.
Crónica: A. Castellón
Fotos: Fermín Rodríguez




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