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    viernes, enero 23, 2015

    Elliott Murphy, 16 Toneladas. 23-1-15

    Fotografía: Fermín Moreno.
    Antes que nada, un gran hurra por la gente de la Sala 16 Toneladas que hicieron posible que viéramos lo que vimos anoche los presentes en esta última cita en nuestra ciudad con uno de los grandes poetas del rock and roll todavía vivos. Y ello muy a pesar de una promotora que inicialmente se encargaba de la gestión del evento y que, por motivos que el que suscribe desconoce a día de hoy, había optado por cancelar el concierto a escasos días de su celebración, dejando colgados a Sala, público y un artista que ya tenía hechas las maletas. Actitud incomprensible por parte de gente a la que se supone comprometida con la causa del rock and roll clásico puesto que se animan a traer a un artista tan "maldito" como Elliott Murphy y que deberían asumir actitudes más profesionales ante los aficionados. 

    Según se rumorea la causa de semejante retirada era una venta de entradas escasa, que no respondía a las previsiones que dicha promotora se había fijado. No pude salir de mi asombro cuando al entrar en la sala, de aforo medio, la contemplé no abarrotada, pero sí aceptablemente llena, lo que da a suponer una taquilla perfectamente rentable. Menos mal que la sala dio un paso adelante y se hizo cargo de toda la gestión. Bravo por ellos, otra vez. 

    Sinsentidos aparte, lo realmente importante es que desde el minuto cero de su actuación Murphy, acompañado de su fiel guitar-hero, Olivier Durand, hizo exactamente lo que se esperaba de él según su fama precedente y dado lo que en esta ciudad habíamos comprobado en diferentes ocasiones (la última no hace mucho, en el Datura Folk Festival de 2013): un concierto asombroso.

    Fotografía: Fermín Moreno
    No cabe duda de que el de New York, como hombre curtido en mil escenarios tanto en su exigente ciudad natal como de todo el mundo, lleva el espectáculo metido en las venas y maneja su directo con certero timón, llevando al público sin esfuerzo a donde él quiere. Con elegancia y sin necesidad de aspavientos ni virtuosismos fáciles ambos compañeros, entre los que se nota la complicidad curtida a lo largo de años y años de escenarios compartidos, fueron llevando el ritmo de su recital como debe hacerse: empezando tranquilos, pero con emoción y subiendo peldaño a peldaño hasta llevar a la audiencia a uno de esos clímax que dejan una tonta sonrisa en la cara varios días. 

    Fotografía: Fermín Moreno
    Comenzaron desgranando alguno de los temas de su último lanzamiento discográfico, el algo discreto "In time" (2014), como la inicial "Benedict blues" o "Sweet honky tonk", que intercalaron con rescates pretéritos como "Hangin' out", de su primer disco "Aquashow" (1973), con esos "na, na, nas" tan infecciosos, que provocaron los primeros coros del público, sobre todo de los muchos viejos aficionados que allí nos reuníamos y que íbamos viendo cumplidas unas expectativas altas, dado el elevado listón que en pasadas visitas se había auto impuesto el músico, que continuó revisando un cancionero que no necesita recurrir a clásicos incontestables para hacer las delicias de una audiencia que disfrutó de lo lindo con las interpretaciones de canciones en su mayoría poco obvias, sobre todo las que acudían a su discografía más reciente (la que podemos llamar "su etapa francesa", puesto que vive en París desde finales de los años 80 del siglo pasado), como la maravillosa "Sonny",  "Take that devil out of me", "Take your love away", "General Robert E.Lee", que no sonaron en absoluto desentonadas con clásicos necesarios en su set como "You never know what you're in for" o "Last of the rock stars"

    Todo el repertorio se vio beneficiado por las oportunas intervenciones de un enorme Olivier Durand, más co-protagonista que mero escudero, cuyos solos sencillamente dejaban sin aliento y alumbraron unas canciones que dado el limitado formato acústico en que se ofrecían requerían de algo de espectacularidad que sin duda este tremendo guitarrista supo brindar sin alardes innecesarios ni pirotecnias baratas y en perfecta comunión con su compañero de fatigas, que supo darle el espacio necesario, contribuyendo él mismo también en ocasiones, puesto que es también un guitarrista más que solvente. Mucho arte y conocimiento del contexto, que hay que decir que era ideal, puesto que la sala suena singularmente bien, de un modo nítido y envolvente que permite apreciar todos los detalles sin perder ni un ápice de intensidad. 
    Fotografía: Fermín Moreno

    Hecho el consabido amago de finalización del concierto, Olivier y Elliott continuaron con unos bises para los que se reservaron un peso pesado de su repertorio como "Come on Luann", tras la cual decidieron tocar ambos totalmente desenchufados una revisión de la tradicional "It takes a worried man", que titula su último largo (editado en 2012) y una magnífica -por lo sentida y autobiográfica- "On Elvis Presley's birthday", que hizo las delicias de un público en éxtasis y que fue sorprendentemente respetuoso con su silencio, para lo que estamos acostumbrados por estos lares. Tras semejante momentazo, aún tenían reservados unos ases en forma de "Just a story from America"  y "Drive all night", ambas de su mejor disco, titulado como el primero de estos dos clásicos con los que nos dejaron a todos esa cara tonta del cliente enteramente satisfecho y por supuesto con ganas de que esto hubiera durado toda la noche (y eso que fueron dos horas largas). Y es que conciertos así, tan intensos, tan sinceros, son extraños de ver. Aún quedan algunos artistas legendarios que hacen honor a lo que una vez fue el auténtico rock and roll y Elliott Murphy es uno de ellos. Como dice la letra de uno de sus clásicos (aunque sea una referencia ya muy trillada): "uh uh uh, está la última de las estrellas del rock y tú y yo, el rock and roll ha venido para quedarse, pero ¿quién quedará para tocarlo?". Pues menos mal que aún nos queda él. 
    Fotografía: Fermín Moreno

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