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    domingo, enero 10, 2016

    David Bowie: "Blackstar" (Sony)

    El duque blanco regresa, como siempre, con un trabajo que rehúsa ser encorsetado, pero que otorga sólo ocasionales  retazos de genialidad.


    Que un nuevo disco de Bowie sea la noticia musical más esperada del inicio del año ya es todo un logro para su protagonista, un hombre de 69 años (cumplidos el mismo día de su edición, el 8 de enero) que ya se lo ha dado todo a la industria, al público y a sí mismo como artista. Venerado como sólo se venera a las deidades por muchos y respetado por todos, ha trazado una carrera prácticamente irrefutable a base de rechazar constantemente mirar hacia atrás, o al menos a mirar de una manera vulgar. Si bien su sorpresivo anterior álbum - "The next day" (2013)- sí supuso una recapitulación de todas las facetas contenidas en una discografía iconoclasta como pocas (no en vano le llaman el camaleón), cosa que quizá hizo adolecer de falta de riesgo a un trabajo brillante por momentos, para esta ocasión el británico ha elegido la reinvención por enésima vez en su vida. 

    Su amistad con la compositora y música de jazz Maria Schneider, con la que colaboró en una primeriza versión de "Sue (or in a season crime)" que se incluyó en el recopilatorio "Nothing has changed" (2014) y ahora también se incluye en "Blackstar" revisitada,  le llevó a interesarse por esos sonidos y comenzar a frecuentar, siguiendo su consejo, diversos clubes de jazz de Manhattan, donde reside con su familia, en busca de músicos con los que dar ese toque que andaba buscando a sus nuevas composiciones. La respuesta a sus plegarias la encontró en el ya mítico 55 Bar del West Village, en que localizó a la banda del saxofonista Donny McCaslin, integrada, además de éste, por Mark Giuliana a la batería, Tim Lefebvre al bajo y el teclista Jason Lindner, los cuales, junto a su inseparable productor Tony Visconti, estaban destinados a ser la pieza fundamental de las sesiones de grabación del esperado regreso del duque blanco. La premisa, al parecer, era: "no rock, no pop, no guitarras". 

    Todo esto, contado, realmente suena mucho más arriesgado y ampuloso de lo que realmente resulta cuando uno escucha el disco, que por su minutaje y número de canciones la prensa se ha empecinado en comparar con una de las piedras filosofales del legado Bowie, aquél "Station to station" que en 1976 supuso un paso de gigante en su carrera. Nada que ver con éste, salvo que comienza igualmente con una canción larga y monumental: un disco que se inaugura con una maravilla como la titular "Blackstar" merece todas las atenciones. Estamos ante un auténtico tour de force, de esos que este señor se sacaba de la manga en sus años más vibrantes, pero que ha sido incapaz de repetir hasta ahora. 

    Fotografia: Jimmy King

    Nada más empezar, se da uno cuenta de que nuestro protagonista se ha preocupado por mirar a su alrededor, por averiguar qué ocurre en nuestro tiempo y encontrar su sitio. Hay también algo de lo que su admirado Scott Walker ha ido logrando en sus últimos discos (con mucho más riesgo, debo decir). Bowie, como ha hecho siempre, se fija, estudia, digiere y acaba sacando de sí algo propio, con mayor o menor capacidad de sorpresa. 

    Y al menos aquí, en el inicio de este disco, sorprende. Las texturas que encontramos en los casi diez minutos de canción que abren el álbum son tan vanguardistas y exquisitas como un disco de pop (que sí, al fin y al cabo y en términos generales, es lo que es esto) puede llegar a ser. Hay riesgo y sobre todo, sorpresa. La canción llega a un clímax en su ecuador de esos que quitan la respiración y ya no la recuperas hasta que termina. Impresionante, ¿el genio ha vuelto? Bueno, sí y no. 

    Es indudable que el hecho de que un hombre de 69 años sea capaz de ofrecer algo bello, artístico y arriesgado a su edad y a estas alturas de su carrera es digno de aplauso, el problema es que la barbaridad de la canción de apertura no se repite hasta el final del disco. Del resto de canciones, vemos ya directamente en la segunda, "Tis a pitty she was a whore", que la cosa ya no es tan certera ni por asomo. Hay una mayor preocupación por el cómo que por el qué. Tras un verdadero monumento encontramos una canción mediocre, con un bonito vestido, propiciado por la fantástica banda que toca en ella, pero mediana al fin y al cabo. Y eso sucede en más ocasiones: el single de adelanto del disco, "Lazarus", es resultón, pero compositivamente no deja de ser un ejercicio de estilo algo viejo, trillado y sin demasiada gracia que en el cancionero de Bowie encontramos a pares, y mucho mejor resueltos. Más grave es esto en la ya comentada "Sue (or in a season crime)", a la cual ni los guitarrazos distorsionados (¿¿pero no decía que no iba a haber rock??) ni la cacofonía final salvan del mayor de los aburrimientos. Una canción plana que hunde bastante el disco, pero no se vayan todavía, que aún así es capaz de remontar. 

    Con "Girl loves me", David recupera el aliento perdido y regala una de esas piezas llenas de misterio y sonoridad obsesiva, pero aliento pop,  que sólo alguien como él es capaz de trazar y salir victorioso en el intento. Aquí el disco comienza a remontar un vuelo que definitivamente alcanza las nubes con la sublime, maravillosa y hermosísima "Dollar days", pieza que compuso en un rato muerto en el estudio cuando ya estaban inmersos en la grabación . Una balada delicada, arrebatadora y tan magistral como sólo una canción del mejor Bowie puede llegar a ser y que hace que el final del disco, que se completa con la igualmente brillante "I can't give everything away", sea tan magnífico como el principio. 

    Al final, lo arregla. Y lo hace con nota. Si bien la desigualdad compositiva, que va de lo sublime a lo mediocre, es patente, también lo es una sonoridad propia y una atmósfera -entre la oscuridad opresiva y la brillantez pop- constante en una obra coherente, nueva y acorde con su tiempo. No se puede pedir más a alguien que no necesita refrendarse. Bowie podría entregar cualquier medianía formalmente acomodaticia a sus seguidores, que se lo perdonan todo, y hacer caja. Pero no, se arriesga, investiga, fuerza sus límites (hasta cierto punto) y entrega un disco que sí, podría haber sido mucho mejor, pero al fin y al cabo puede mirar con la cabeza alta a la mayor parte de una de las discografías más descomunales de la historia del pop, lo cual no es poco. La gente se está deshaciendo en comentarios exaltados, positivos y negativos, sobre un disco que ni es una obra mayor, ni tampoco una bazofia. Es simplemente un disco de texturas que en general sienta bien y contenta sin dejar huella imborrable. Pero ¿quién es tan insensato como para pedirle eso a Bowie a estas alturas? .

     Volviendo a citar la monumental epopeya que abría "Station to station", su letra empezaba así: "El retorno del duque blanco, tirando dardos a los ojos de los amantes". Bueno, la cosa aquí no es para tanto, pero lo que es seguro es que el viejo duque blanco ha vuelto de visita y es agradable reencontrarse con él. Escuchen, abran su mente y disfruten.

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