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    domingo, febrero 25, 2018

    La revuelta del 68: 50 discazos que cumplen 50 años (4ª parte)

    Pasado el ecuador, llegamos a la recta final de la lista. Ahora empiezan a salir, claro, determinados clásicos. Aunque seguro que alguno de vosotros, lectores a los que os agradezco enormemente vuestra atención, encontraréis a faltar "el vuestro". Ante esa tesitura repito que esta lista pretende únicamente ser personal, no completista. Como lector compulsivo de publicaciones musicales, siempre he buscado esto. Que me repitan hasta la saciedad los mismos títulos, hablando de listas, es algo que considero aburridísimo. Por eso me parece que, aunque falten aquí algunos fundamentales (no se asusten, no tantos), el valor de todo esto está en el aporte individual, no con ánimo de "enseñar" nada ni sentar cátedra, sino más bien de encontrar esa opinión del colega que, escarbando, escarbando, ha encontrado algo que tú no conocías. Aquí el primero que aprende soy yo, por eso os animo también a colaborar con vuestros comentarios y aportar cosas que enriquezcan la lista. Gracias a todos por leer y lo que es más importante: escuchar! 


    20. "Lady soul", Aretha Franklin (Athlantic)

    En 1968 Aretha Franklin, la hija del poderoso predicador Clarence Franklin, era ya considerada la reina absoluta del soul, título que le había costado años de carrera y disputarlo con numerosas candidatas de valía indiscutible. Ese año, sacó nada menos que tres discos, dos de estudio y uno en directo, a cada cual mejor. Por un momento me sentí tentado de poner en esta lista "Aretha now" en lugar de este "Lady soul", por ser aquél un disco impresionante de sofistisoul, con joyas como "Think"o "Say a little prayer" y por ser éste el que siempre se ha colado, hasta el aburrimiento, en cientos y cientos de listas, no ya de soul o de este año concreto, sino de lo mejor de toda la historia del pop. Pero es que hay que rendirse a la evidencia: si sólo tuvieras que tener un disco de soul, amigo lector, "Lady soul" es un más que serio candidato para ello. Su contenido en cuanto a canciones, su producción, las interpretaciones de Aretha, sus músicos y sus coristas, son todo un libro de estilo del género, pletórico, resplandeciente e imperecedero. Y es que, aunque esta mujer, una de las que más ha hecho por luchar por la igualdad de género en un mundo eminentemente masculino, es tan grande como inabarcable, este disco contiene su esencia, como si de un frasquito de Channel nº 5 se tratara. La lista de músicos y colaboradores congregados en torno a la reina es sencillamente apabullante: sus hermanas Erma y Carolyn, las Sweet Inspirations, Spooner Oldham, Joe South, Bobby Womack, Ellie Greenwich, Eric Clapton, King Curtis... todos bajo la batuta del astuto Jerry Wexler, el hombre que la puso donde está, y entre las paredes del emblemático estudio Muscle Shoals, Alabama. Y las canciones, sencillamente sublimes. Todas ellas. Empezando por los tres grandes clásicos que salieron del álbum: "Chain of fools", "Since you've been gone (sweet sweet baby)", escrita a pachas entre Aretha y su marido, Ted White, y un "You make me feel like a natural woman", que a parte de ser una de las mejores canciones de sus autores, Carole King y Gerry Goffin, es una de las interpretaciones más increíbles jamás registradas en disco. Un hito de la canción eminentemente femenina, que fue interpretado por una Miss Franklin ya entrada en la tercera edad hace un par de años en el tributo organizado por el Kennedy Center a la autora de la canción. El vídeo se ha hecho viral y a mi aún se me saltan las lágrimas al verlo por enésima vez (ver). Cosas como esas demuestran porqué Aretha es quien es. Pero es que el disco no se queda ahí: reinterpreta de manera in-cen-dia-ria nada menos que a James Brown ("Money won't change you"), Curtis Mayfield ("People get ready"), Ray Charles ("Come back baby") o los Rascals (fantástica, "Groovin'") y contribuye ella misma, además de con la mencionada antes, con la magnífica "Good to me as I am to you". El disco se cierra con una de su hermana Carolyn, un temazo deep soul que con los años se convertiría en clásico de su repertorio. Poco más que añadir acerca de un disco sobre el que se ha dicho ya prácticamente todo, uno de esos monumentos a 33 RPM que no debe faltar en ninguna discoteca sensata. Si no lo tienen, está tipificado como delito por el código penal

    19. "Present tense", Sagittarius (Columbia)

    Si había una canción que resaltara, para mí, del famoso recopilatorio de Lenny Kaye, "Nuggets", esa era "My world fell down". La canción era originaria de una banda inglesa, The Ivy League, que pretendía emular lo que al otro lado del océano Brian Wilson y sus Beach Boys estaban logrando en el estudio. Pero claro, para parecerse a los chicos de la playa hay que ser californiano, no de Birminham, por eso la canción que aparecía en la mencionada compilación era de unos tipos procedentes de esas tierras. En concreto, alguien que había sido muy cercano a Brian Wilson. Gary Usher, hasta que el padre del genio de Hawthorne decidió separarles, había sido el mejor amigo de este, su cómplice musical, y con él había escrito (en faceta de letrista) un buen montón de canciones que hoy se consideran clásicos,por ejemplo, "In my room" o "The lonely sea". Dedicado a tareas de producción, fue cuando ofreció a Chad & Jeremy hacer la versión de la susodicha canción que, ante la negativa de éstos, decidió grabarla él mismo, de forma que montó una banda ocasional para ello. El disco obtuvo una nada desdeñable posición nº 70 en el Billboard y ello le animó a grabar un disco entero. El proyecto se llamaría Sagittarius, en honor a su signo zodiacal y para ello iba a contar con la ayuda de un geniecillo que ya ha aparecido algunas veces en esta lista: Curt Boettcher, alguien capaz de dejar blanco a su colega Brian con lo que era capaz de lograr en el estudio y que compuso para él un buen montón de pequeñas gemas pop que además, lo cual es más importante, ayudó a producir, llevando el material a su particular entendimiento de la psicodelia, lo que popularmente se ha conocido, con el paso de los años, como sunshine pop. Por eso este disco es una de las principales referencias de esta especie de subgénero, tan querido para muchos. Porque incluye en su interior gran parte de la esencia de esos sonidos, empastados en una argamasa de arreglos barrocos, marca de la casa, que hacen de "Another time", "You know i've found a way", "Hotel indiscreet", "I'm not living here" o "Musty Dusty" clásicos instantáneos del soft rock mejor entendido, ese que ilumina todo nada más empieza a sonar. Uno de esos discos que uno guarda en su corazón de por vida, de los que reclaman un cariño especial.


    18. "Child is father to the man", Blood, Sweat and Tears (Columbia):


    Un caso curioso, el de esta banda, que tendría éxito justo en el momento en que su creador, Al Kooper, la abandonara. Su segunda formación, liderada por David Clayton-Thomas, cosecharía importantes hits en las listas norteamericanas, pero jamás lograrían la altura artística que este debut destila. Kooper se había ido curtiendo como músico de sesión, principalmente con Bob Dylan (suyo es el órgano que suena en "Like a rolling stone"), así como con una banda de claras raíces negras que formó junto a Paul Butterfield llamada The Blues Project. Este sería, precisamente, el germen de BS&T, que intentarían conjugar en sí jazz, blues, soul y pop, en una suerte de compleja orquestación, dirigida, cómo no, por el muchacho de oro. Y la verdad es que lo consiguió: desde la obertura que inicia el disco y el paso a la inmensa creación del propio Kooper, "I love you more than you'll ever know", el disco desarrolla un ciclo de canciones que brillan tanto conjunta como individualmente y de forma sublime suman lo imposible: el mundo blanco y el mundo negro. Con total naturalidad, momentos más bluesy como "Somethin' goin' on" o verdaderas liturgias soul como "My days are numbered", combinan a la perfección con números folk-rock como la versión del "Morning Glory" de Tim Buckley o la sofisticación samba-pop de "Without her", seguramente una de las mejores recreaciones que jamás se hayan hecho de una canción de Nilsson. Todo brilla aquí, sin excepción, pero la verdad es que Kooper dejó, sobre todo, una canción para el recuerdo: "I can't quit her", es una canción de amor absolutamente explosiva, una fanfarria inmensa de sonido emocionante que deja sin aliento durante los tres minutos y medio que dura, un alarde de genialidad de un muchacho pletórico de talento, que tras esta aventura se vería obligado a abandonar la nave y dedicarse a una sabrosa carrera en solitario, que precisamente este mismo año daría sus primeros frutos con un "I stand alone", que perfectamente podría haber tenido cabida en esta lista.

    17. "Scott 2", Scott Walker (Phillips):


    Los Walker Brothers tuvieron que emigrar de su América natal al viejo continente (UK) para lograr triunfar. Eso sí, su éxito fue absolutamente descomunal. La manía que se desató entre las jovencitas británicas al ver cantar a aquellos tres muchachos que parecían tres arcángeles descendidos de los cielos sólo era comparable a la que desataban los Beatles. Su fama durante los dos años, más o menos, que duró la aventura, sólo hizo que crecer y crecer. De repente, su cantante y foco principal de atención, Scott Engel, que había adoptado, al igual que sus compañeros, que para nada eran sus hermanos, el apellido ficticio Walker, decidió acabar con la formación y dedicarse a su carrera en solitario, que le iba a llevar por derroteros muy distintos. Si los Walker eran un grupo eminentemente pop, Scott había descubierto a Jacques Brel, y ya no había marcha atrás. Del sentimiento oscuro, profundamente romántico, existencial y europeísta que le inspiraba el belga, él supo sacar un estilo propio, que iría evolucionando con los años hacia derroteros tan vanguardistas como incomprensibles para un oído estándar pop. Concretando, aunque hay mucho más en su obra, sus cuatro primeros discos son descomunales, la obra de un verdadero genio. El que nos ocupa es el segundo, que por cierto llego al número 1 de las listas del Reino Unido, gracias a la imagen de ídolo teenager que aún tenía un Walker que pasaba olímpicamente del tema. Él sólo quería hacer sus versiones del gran Jacques, cuanto más truculentas mejor. Aquí tenemos "Jackie", que abre el disco con su ritmo frenético, así como "Next" o "The girls and the dogs", que se mezclan junto a interpretaciones de clásicos pop de la época, como "Windows of the world" o incursiones en el folk underground de un outsider como Tim Hardin ("Black sheep boy"). Sin embargo, es con las canciones propias de Scott donde encontramos el verdadero tesoro de este disco, que abriría la puerta a dos obras más personales como son "Scott 3" y "Scott 4" (el hombre era un prodigio titulando discos). Las extremadamente recargadas atmósferas de "The amorous humprey plugg", "The girls from the streets", "The bridge" o ese tour-de-force que representa "Plastic palace people", una barbaridad realmente avanzada para la época, nos muestran a un hombre pletórico de creatividad, ajeno a su época o a cualquier moda, que pugna por ser él mismo, consiguiéndolo absolutamente en una obra magnífica, como todas las que hizo en ese período. Obligatorio.

    16. "Friends", The Beach Boys (Capitol):


    En 1968, Brian Wilson ya no era ni la mitad de sí mismo. Él, el gran genio que había sido capaz de crear una caterva de hits incomparable par su voz y banda, los Beach Boys, así como el lp más avanzado de la historia del pop hasta la fecha, un "Pet Sounds" que aún hoy se considera la cima de todo por casi todos, había tirado la toalla. Intentar emular la sombra alargada de ese disco y del single que le siguió, con la compleja "Good vibrations", le había dejado extenuado hasta tal punto que su ya torturada mente (producto de su relación con un padre maltratador y déspota) explotó. Brian se refugió en las drogas y en su cama y cada vez costaba más hacerle salir de ella. Sus hermanos, primo y amigo intentaron arreglárselas para mantener la nave a flote, primero, intentando incentivar a Brian para salir de la cama e ir al estudio, cosa que aún hacía, pero ya no imaginaba melodías como antes, ni se ocupaba absolutamente de cada detalle de la producción de los discos y de dirigir a todos los músicos profesionales que intervenían en las grabaciones. Necesitaba una manita y sus compañeros de fatigas jamás se habían ocupado de estos "quehaceres", pero mira por dónde, va y salió bien. Descubrieron que ayudando a Brian a soldar sus inconexas ideas y contribuyendo alguno de ellos con su propio material (Dennis se destapó aquí como un soberbio compositor) eran capaces de hacer discos que, si bien no igualaban, emulaban la genialidad de aquellas obras maestras que había sido capaz de alumbrar en solitario su líder en el pasado. Así nació "Friends", título que obviamente referencia la unidad alcanzada en este tránsito, un trabajo bonito, relajado, avanzado y repleto de brillantes golosinas de alucinado folk-pop, muchas de ellas pasajes musicales que iban más allá del concepto "canción", como la preciosa "Passing by" o "Diamond head", otras afortunados esbozos que formaban divertidos puzzles -"Meant for you", "Wake the world- y otras que sí entraban dentro del estándar, como la titular o las dos que canta Brian, "A man needs a woman" o esa perezosa bossa nova que es "Busy doin' nothing", quizá la canción favorita del grupo para el que suscribe, que fue la única que compuso en solitario para la ocasión y que permanece como la piedra filosofal de un álbum en el que definitivamente hay que destacar las dos contribuciones de Dennis, "Be still" y "Little bird", dos maravillas que significan el preludio de otras joyas que regalaría al grupo y sobre todo, de su inmenso disco "Pacific ocean blue". La historia de los Beach Boys es una historia de aventuras emocionante, surrealista y por momentos, sangrienta y este es, sin duda, uno de sus mejores capítulos.

    15. "Beggar's banquet", The Rolling Stones (Decca):

    Cualquier disco que empiece con esos bongos, esas maracas, ese ritmo endiablado y ese "let me please introduce myself, I'm a man of wealth and taste" merece automáticamente instaurarse en el podio de las obras maestras. "Sympathy for the devil" es el rompedor inicio del séptimo disco de la banda que a partir de más o menos este punto sería conocida como "sus satánicas majestades", es decir The Rolling Stones, una de las mejores ocurrencias del rock. Obviamente, el disco es mucho más que una sola canción o si no no estaríamos hablando de él. En 1967 sus principales competidores (que no enemigos), los Beatles, les habían ganado la partida con un "Sargeant Peppers" que dejaba su producción de ese año a la altura del betún (aunque los dos discos que sacaron ese año no fueron nada desdeñables). En 1968, no se lo iban a poner tan fácil y aprovecharon al máximo las capacidades creativas de un genio en serio declive, pero genio al fin y al cabo, como era Brian Jones, y el talento compositivo del tándem Jagger-Richards para generar un disco que iba a definir el sonido del grupo de entonces en adelante. Todo es rompedor y revolucionario en él. Desde su envoltorio original, con la pared de un w.c. sobre la que hay escrito "banquete de mendigos"señalando al inodoro, hasta el innovativo tratamiento de unas canciones que adquirían relumbre con los arreglos ideados por Brian y la producción del norteamericano Jimmy Miller, hombre con el que iniciarían aquí una alianza que traería otras muchas obras maestras. En el disco, además de su bombazo inicial, se viaja por diversos estilos que alejan a la banda del  pop en que se habían envuelto para llegar a las listas durante los años precendentes. Se vuelve al blues que les vio nacer ("No expectations", "Parachute woman"), se visita el country y el folk ("Dear doctor", "Prodigal son", "Factory girl") y sobre todo, generan trallazos de ROCK que pasaran a su repertorio de clásicos, como "Street fighting man" o "Stray cat blues", que junto al pepinazo soul final con "Salt of the earth" proporcionan un rato de satisfacción difícilmente igualable por cualquier mortal. Si no fuera por este disco, este golpe en la mesa con la mano abierta, quizá los Stones no serían hoy los Stones.


    14. "Would you believe", Billy Nicholls (Immediate):


    Permítanme que aquí pare y me extienda algo más: entre los motivos ocultos de que haya hecho esta lista, no lo duden ni por un segundo, está el poder hablar de este disco. Una de mis verdaderas obsesiones, un descubrimiento que debo a Vicente Fabuel, dueño de una de las tiendas de discos con más solera de mi ciudad, discos Oldies y en mi opinión, el "Pet sounds" inglés. Sí, no se lleven las manos a la cabeza, quizá exagere un poco, pero lo que es indudable es que esta pieza de arte de compleja ornamentación y canciones IMPRESIONANTES, merece tal apelativo tan sólo por ser uno de los tesoros más lamentablemente ocultos de la historia del rock. Y es que, si un disco merece realmente el calificativo de "perdido" es éste. Sólo se llegarían a prensar unas cuantas copias del mismo, para mandar a las radios en su lanzamiento e inmediatamente, se descatalogó. Con los años, el vinilo original ha llegado a alcanzar cifras de unas 1500 libras esterlinas. Una verdadera burrada, justificada por el hecho de que Immediate, la discográfica puesta en funcionamiento por Andrew Loog Oldham, el manager de los Stones, decidió que el disco, una vez grabado a todo trapo (el plantel de músicos, arreglistas y colaboradores es impresionante), no respondía a los intereses económicos del sello y debía ser retirado justo antes de su puesta en circulación . Oldham había conocido a un Billy de 16 añitos a través de George Harrison, que le había ayudado a grabar algunas maquetas. Pronto, el avispado manager le fichó como compositor para su disquera y al cabo del tiempo, accedió a que Nicholls grabara su propio single, de título igual al de este disco, con todo lujo de colaboraciones (las estrellas del sello, The Small Faces, casi al completo) y orquestación. Se llegó a decir que era uno de los discos más sobreproducidos de los 60, pero la verdad es que es una maravilla de canción. Un estallido de color como pocos se grabaron en la época en su país. Su éxito fue más que moderado, debido sobre todo a la falta de promoción por parte de Immediate. No obstante, se procedió a grabar un lp entero, para el que se contó con los mejores músicos de sesión de la época, Nicky Hopkins, Big Jim Sullivan, o el futuro Led Zeppelin, John Paul Jones, que también ejercía de arreglista de cuerdas, junto a Arthur Greenslade, todo ello orquestado por Oldham, por supuesto. La palabra impresionante se queda corta para hablar del resultado: 12 canciones de fantasía que ofrecen un paisaje bello como pocos, gracias al imaginativo tratamiento que se les da en estudio. La sucesión es sencillamente soberbia, con la titular a la cabeza, van surgiendo gemas como "Come again", "Daytime girl", "London social degree", "Portobello Road", "Girl from New York" o la final "It brings me down" ofrecían un fresco que hubiera sido tremendo de salir un año antes, pero que quizá quedaba algo demodé en el momento justo en que debía aparecer, de ahí, suponemos, su retirada, pero en todo caso, si bien la comparación con un disco fundamental como "Pet sounds", que además salió dos años antes, es quizá exagerada, sí que es bien cierto que la perfección de lo contenido aquí rivaliza con ese y con otros discos de la época, como por ejemplo "Odessey and oracle" de los Zombies o "Forever changes" de Love. Y no me tiembla el pulso nada al escribirlo, es más, considero uno de los hitos de mi vida haber descubierto esta maravilla que permaneció oculta tantos años.

    13. "Wheels of fire", Cream (Polydor-Atco):


    En aquél tiempo, Clapton era DIOS. Nadie, ni siquiera Hendrix, aunque esto pronto cambiaría, podía tutearle a la guitarra. La sensibilidad que su mano lenta alcanzaba cuando acariciaba las seis cuerdas era algo inhumano. Cream fueron el vehículo con el que él mejor transmitió su mensaje, porque no eran sólo una simple excusa para su lucimiento, el trío era un descomunal container de pericia instrumental, tanto que llegaba a dar asco verles en directo. No pasaba así en sus discos. Aquí eran más comedidos, o más bien, sus excesos iban por otros caminos. De los tres excelentes discos que sacaron durante el breve tiempo que sus enormes egos les permitieron estar juntos, "Wheels of fire" es el que mejor representa el monstruo que fue esta banda, que llegó a alcanzar un éxito descomunal tanto en su país como en EEUU. Este disco doble de preciosa portada fue grabado entre julio de 1967 y febrero de 1968, a las órdenes de Felix Pappalardi, amigo de la banda y bajista de sus competidores americanos, Mountain. Las sesiones tuvieron lugar en los estudios Atlantic de Nueva York y se nota la transición entre la psicodelia que dominó el anterior, "Disraeli Gears" y el extremadamente duro blues-rock, preludio del heavy metal, hacia el que se dirigían. Además, varios conciertos se grabaron en el Fillmore  y Winterland de San Francisco. Así pues, de los dos vinilos, uno reflejaría el trabajo en estudio de los tres miembros de la super-banda y el otro, su extremo virtuosismo en directo. El primero abre fuego con un clásico de rock duro como es "White room", con uno de esos riffs de guitarra que levantan a un muerto y tras él comienza a discurrir la citada dicotomía entre la psicodelia más bizarra ("Passing the time", "Pressed rat and warthog") y sus reinterpretaciones del blues ("Sitting on top of the world", "Politician", "Born under a bad sign"). Entre medias, experimentos con el folk ácido ("As you said"), arrebatos de pop retorcido ("Those were the days") y más clásicos ("Deserted cities of the heart"). Todo está dispuesto para que cada miembro alcance su protagonismo. Ginger Baker y Jack Bruce componen, el segundo más que el primero y el perezoso Clapton acude con un par de versiones. Esa búsqueda del equilibrio de egos es mucho más plausible aún en el segundo disco, compuesto por cuatro canciones en directo dispuestas en progresión de excesos: comienza con un arrebatado "Crossroads" en que el dios Eric dejó su marca de fábrica para enseñanza de las generaciones venideras y acaba con un "Toad" que no es si no un sólo de batería de Baker de 16 minutos, totalmente innecesario, de acuerdo, pero ellos fueron los primeros aquí en cometer una tropelía semejante, mucho antes de que Led Zeppelin lo convirtieran en obligatorio. Y es que en su corta vida, esta banda hizo mucho más que ser el amplificador de la voz del dios de la guitarra y en este disco está todo su poder concentrado.

    12. "We're only in it for the money", Frank Zappa and The Mothers of Invention (Verve):


    Como el propio Frank diría muchos años más tarde, lo bueno de los años sesenta fue que en la industria discográfica, los ejecutivos que tomaban las decisiones no eran jóvenes enteradillos y modernos, sino viejos gordos fumando un puro que decían "¿¿Y a mí que??, graba lo que quieras y lo editaremos, mientras se venda". Eso explica la aparición de un tipo como Zappa, alguien que se reía de todo y de todos desde su posición a años luz de cualquiera en el mundo del pop. Él era un guerrillero, un terrorista infiltrado en ese mundo para dinamitarlo desde dentro y hacer que dejara de tomarse en serio. No lo consiguió, pero por el camino dejó una serie de obras maestras tan bestias como geniales que cuanto más uno las escucha con el paso de los años, más se asombra de lo avanzadas y lúcidas que eran. El gran ejemplo de ello es este "Sólo estamos en esto por la pasta", que él y sus Mothers decidieron editar, en plena era flower-power, de amor y fraternidad hippie, con una portada que se meaba de risa con la del disco de moda, el sargento pimienta de los intocables Beatles y con un contenido que era una constante mofa de cualquier cosa relacionada con la modernidad joven de la época. Las letras son lo más sarcástico y cafre que nadie, hasta que llegó el rap, fue capaz de grabar en disco ¡Y lo increíble es que su compañía de discos se lo permitía una y otra vez! Verve era una compañía principalmente de Jazz, eso explica la presencia de las dos bandas más inhóspitas del pop, si es que les podemos dar ese apelativo, los Mothers y The Velvet Underground. Los Mothers, además de una panda de freaks, eran todos experimentados y virtuosos músicos curtidos en el jazz y la clásica, capaces de tocar cualquier cosa, a cualquier ritmo y en cualquier situación. Por eso para ellos todo esto era una broma y no es que las canciones sean malas, todo lo contrario: Zappa aprovecha su mofa y befa para experimentar con el pop y le sale algo soberbio, un disco que en apenas cuarenta minutos comprime nada menos que 19 pistas que rajan de arriba a abajo, absolutamente todo lo que se podía escuchar en el ámbito del rock and roll en aquel entonces, desde psicodelia, doo wop, surf, sunshine pop, hasta la vanguardia, todo pasado por su batidora de una forma "absolutamente libre", tal como dice el título de una de las canciones. Zappa hacía lo que quería, todas las locuras que se le ocurrieran: cintas del revés, ruidos extraños, música a doble velocidad, todo para demostrar que el sentido del humor, el saber reírse de uno mismo, es esencial también para la cultura. Una obra que, al final y paradógicamente, sería lo más cercano al pop que su autor estaría jamás. Llegó a un nada desdeñable puesto 30 en la lista del Billboard americano y la crítica lo encumbró como la obra visionaria que era. Además, el disco formaba parte de una descomunal obra conceptual, titulada "No comercial potential", que englobaría éste y otros discos (y una película) que todavía estaban por venir y que corregirían y aumentarían la sarta de locuras aquí contenidas. Freak out!

    11. "Bookends", Simon and Garfunkel (Columbia):


    La alianza entre Paul Simon y Art Garfunkel duró bastantes años (desde que iniciaron el dúo Tom y Jerry), pero sus años de éxito fueron breves, pronto dejaron de soportarse, merced a unos egos, cómo no, demasiado grandes para encontrarse en la misma habitación. No obstante, el cruce entre sus dos angelicales voces, entrelazadas en la perfección, como dirían muchos años después los alumnos más aventajados que hayan tenido, The Kings of Convenience, trajo obras impresionantes, de las cuales mi favorita ha sido siempre este "Bookends", porque es la perfecta definición de un sonido que empezaría, a mi juicio, excesivamente enraizado en el folk ("Wednesday morning, 3 AM") y acabaría tomándose a si mismo demasiado en serio ("Bridge over troubled waters"). Aquí, sin embargo, todo está equilibrado: la psicodelia era toda una realidad y ellos la emplearon como un instrumento más para amplificar su creatividad y crecer en textura y producción. Así lograron un impresionante ciclo de canciones, al más puro estilo conceptual del "Pet Sounds" de Brian Wilson, que intentaba describir el tránsito desde la infancia hasta la ancianidad. Les salió perfecto, "Bookends" impresiona por su capacidad de plasmar fácilmente ese sentido de pérdida de la inocencia. Simon estaba en la plenitud de sus facultades como compositor y así lo demuestra en unas piezas soberbias y soberbiamente bien ejecutadas por el dúo. "Save the life of my child", "America", "Fakin' it", "A hazy shade of winter" o, por supuesto, "Mrs. Robinson", son todos monumentos en que se entrelaza con precisión y excelencia el pop moderno y la música tradicional. Es, más que nada, un retrato de América, una América convulsa que sólo 24 horas tras su edición mataría al líder del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, el reverendo Martin Luther King y que recibiría este disco como el bálsamo necesario para curar las heridas que este hecho abriría, cuyo alcance llega hasta nuestros días. El álbum vendería una cantidad obscena de copias y permaneció largo tiempo en el número uno, recibiendo todo tipo de parabienes, incluidos varios Grammys. Es sin duda uno de esos casos, que ocurrían en los años dorados, en que lo comercial y el producto de calidad iban cogidos de la mano. Eso ya no pasa.

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