Hay noches que se sostienen sobre una electricidad latente, una sensación de que algo está a punto de romperse incluso antes de que suene la primera nota. Así se presentaba el pasado 20 de marzo en Planta Baja, con la promotora Distortiongirl apostando por un cartel que, sin necesidad de grandes artificios, logró congregar a algo más de dos tercios de la sala. Un público heterogéneo, entre fieles del shoegaze más áspero y curiosos de última hora, que encontró en los malagueño-ceutíes Benzú una puerta de entrada inesperadamente sólida.
Con tan sólo dos eps y un nuevo trabajo (grabado por Jaime Beltrán en Granada) en proceso, Benzú no vinieron a calentar, sino a marcar territorio. Su propuesta, a medio camino entre el jangle nebuloso y un noise contenido, se desplegó con una seguridad impropia de quienes aún transitan el circuito emergente. Hubo músculo en las bases rítmicas, pero también un gusto evidente por las texturas, por ese tipo de atmósfera que no se impone sino que se filtra poco a poco. Las guitarras, afiladas sin caer en el exceso, construyeron un muro que por momentos remitía a la crudeza británica de los ochenta, pero con un poso contemporáneo que evitaba cualquier tentación revivalista.
Con temas como “Reflejos”, “Nuestro sueño” o “La señal”, lo más destacable de su set fue, quizá, la capacidad para manejar la tensión sin resolverla del todo. Canciones que parecían a punto de estallar y que, sin embargo, optaban por replegarse en sí mismas, dejando al público en ese limbo tan propio del género. La banda, que ha crecido a buen paso, especialmente en la proyección vocal y en la definición de su repertorio, demostró que no están ahí por casualidad, hay discurso, hay intención y, sobre todo, hay una identidad en construcción que merece seguimiento.
Y entonces llegó Dharmacide, y con ellos la confirmación de que lo suyo no es simplemente una suma de influencias, sino una forma muy concreta de habitar el ruido. Desde los primeros compases quedó claro que la banda juega en otra liga en cuanto a control del espacio sonoro. Su directo no busca impactar de inmediato, sino envolver, generar una especie de corriente subterránea que va creciendo hasta hacerse inevitable. Planta Baja, con su acústica áspera, se convirtió en el ecosistema perfecto para ese tipo de propuesta.
El setlist navegó entre cortes más recientes y algunos ya asentados en su repertorio, como “Lonely”, “Symphony of silence”, “Breezing”, “Lovers”, “Depressed” o “Dove”, todos ellos reinterpretados con una intensidad que en estudio solo se intuye. Las capas de guitarra se superponían con una precisión casi quirúrgica, pero sin perder esa sensación de caos controlado que define su sonido. La voz, lejos de situarse en primer plano, funcionaba como otro instrumento más, difuminada entre reverberaciones y delays, reforzando esa idea de conjunto antes que de individualidad.
Hubo momentos especialmente logrados, donde la banda consiguió esa alquimia tan difícil entre contundencia y ensoñación. Esos pasajes en los que el feedback no es ruido sino paisaje, y donde el tempo parece dilatarse hasta suspender al público en una especie de trance colectivo. No es un directo de hits ni de concesiones fáciles; exige atención, cierta entrega, pero a cambio ofrece una experiencia inmersiva que pocas propuestas actuales manejan con tanta coherencia.
Quizá lo más interesante de Dharmacide en esta etapa sea su capacidad para evitar la autocomplacencia. Incluso en los temas más celebrados, hay matices nuevos, pequeñas variaciones que evidencian una banda en constante revisión de sí misma. No se limitan a reproducir lo que ya funciona, lo tensionan, lo retuercen, lo ponen en duda. Y ahí, en ese inconformismo, es donde reside buena parte de su atractivo.
El cierre llegó sin grandes gestos, fiel a esa estética de contención que atraviesa todo su directo. Sin discursos grandilocuentes ni poses impostadas, Dharmacide dejaron claro que lo suyo va de otra cosa, de construir atmósferas, de habitar el sonido y de invitar al público a perderse en él. Y a juzgar por la respuesta de una sala que, sin estar llena, se mostró completamente entregada, la invitación fue más que aceptada.






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