La presentación del nuevo trabajo de Fausto Taranto en el Teatro CajaGranada el pasado 14 de marzo tuvo algo de desafío y de reivindicación. Mientras la ciudad y sus alrededores se repartían entre citas de peso, con el tirón inevitable del Espárrago Rock como gran competidor de energías, Fausto Taranto apostó por presentar en casa su nuevo trabajo, “Ruina, amor y navaja”, ante un público que, sin llegar al lleno absoluto, ocupó con solvencia más de dos tercios del aforo. En un espacio de gran capacidad y sin asientos, esa cifra no solo es respetable, es significativa.
El ambiente, desde antes de que se apagasen las luces, tenía ese punto eléctrico de las ocasiones en que una banda juega en su territorio natural. Granada no es solo el origen de Fausto Taranto, es también el contexto emocional que explica su música, ese cruce de tradición y aspereza contemporánea que encuentra en el directo su forma más honesta. Para nosotros, que hemos visto nacer, crecer y triunfar a la banda, esta presentación se convirtió en un evento muy especial en nuestra agenda.
El concierto funcionó como una puesta en escena integral del nuevo disco, no se presentó como una simple colección de temas, sino como un relato con pulso dramático, donde los silencios, las tensiones y las explosiones sonoras estaban medidos con precisión. Un inicio misterioso, entre el sonido del intro de su “Misa negra”, con la presencia de una suerte de mujeres “cobijadas”, que contribuían a dar teatralidad y magnitud al inicio del concierto, esperaban a pie de escenario la salida de los músicos.
Desde los primeros compases, quedó claro que el grupo ha afinado su propuesta, el metal sigue siendo columna vertebral, pero el peso del flamenco, en lo rítmico, en lo melódico y, sobre todo, en lo emocional, se percibe más orgánico, menos ornamental que en trabajos anteriores.
La voz, rasgada y expresiva de Ihmaele de la Torrre, se movió con soltura entre el lamento y la furia, sosteniendo letras que orbitan en torno a la herida, la pérdida y la supervivencia. Hay en este nuevo repertorio una voluntad de ir más allá del impacto inmediato, las canciones crecen, se retuercen, se permiten respirar antes de volver a golpear. En directo, eso se tradujo en un juego de dinámicas que mantuvo al público en tensión constante. La banda, que hace ya tiempo se muestra estable y compacta, cuenta con la artillería pesada de Quini Valdivia y Mario Gutiérrez a la guitarra, Miguel Martínez al bajo y Jesús Martínez a la batería, acompañados de Lolo de la Encarna a la española y los coros de Paulina del Carmen.
Instrumentalmente, la banda se mostró sin fisuras. Las guitarras alternaron entre riffs contundentes y pasajes más atmosféricos, mientras la base rítmica sostuvo con firmeza los cambios de intensidad. Los guiños al flamenco, ya sea en ciertos fraseos, en patrones rítmicos o en la forma de construir el clímax, no son aquí un adorno identitario, sino un lenguaje plenamente integrado.
El público respondió con atención y entrega. No fue una noche de pogo ni de euforia desbordada, sino algo más interesante, una escucha activa, casi cómplice, que estallaba en los momentos clave. Se notaba que buena parte de los asistentes conocían bien la trayectoria del grupo y estaban ahí para acompañar este nuevo capítulo, no solo para consumirlo.
Quizá lo más destacable del concierto fue la sensación de coherencia. En tiempos donde la fusión a menudo se queda en etiqueta, Fausto Taranto demuestra que su propuesta tiene un discurso propio, trabajado y creíble. “Ruina, amor y navaja” gana enteros en directo porque revela sus capas, su intención narrativa y su capacidad de emocionar sin caer en lo obvio.
Un setlist bien diseñado para ir mostrando presente, pasado y podríamos decir casi que futuro de la banda, con temas como “El color de tu sangre”, “Loco por saber”, “La flor maldita”, “Rumores y juramentos”, “Los cobardes”, “El asco” (dedicada a la clase política como mal universal), “La ratonera” y el paso a la tralla final desde que escuchamos “Se apodera” hasta unos bises que, si bien no les gusta hacer, terminaron haciendo con “Pelée”, “Como tu cara” y “A capa y espada” como cierre afilado, cortante e incisivo que dejó claro que dejó la impresión de que la banda está en un punto de madurez donde el reconocimiento ya no depende únicamente de la cantidad, sino de la intensidad y la calidad del vínculo con su público.





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