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    miércoles, junio 29, 2016

    Volver a bailar el vals.

    Esta es la historia de un disco, de una obsesión, de un rincón precioso del mundo y de una quimera, que demuestra que muchas veces, querer es poder, si se tira uno a la piscina. 


    En 1976, Van Morrison salía de un auténtico infierno personal. Su divorcio de Janet Planet tres años antes, le había dejado totalmente devastado. No había aparecido en público, ni editado música en un montón de tiempo. Atrás quedaban los años felices rodeado de su familia y amigos (sobre todo los que, como veremos más adelante, son los verdaderos protagonistas de este artículo) en Woodstock, las giras apoteósicas con la Caledonia Soul Orchestra y los discos mayúsculos y llenos de soul céltico. El león se había dormido, pero de repente, despertó. 

    Sucedió una noche. Aquellos amigos de los que se rodeaba en las afueras de Los Ángeles durante la era hippy, le habían invitado a subirse con ellos al escenario del mítico Winterland de San Francisco, para interpretar un par de canciones en una especie de fiesta, que seguramente iba a ser filmada para una posterior película. Los temas elegidos eran dos: "Caravan", de su imprescindible disco "Moondance" (Warner, 1970) y "Tura, Lura, Lura", una nana irlandesa. Al principio, cuando subió, parecía dubitativo, errático. Pero en cuanto se aproximó, tímidamente, al micro y su amigo Robbie le dijo "here we go", empezó a rugir como si toda su vida dependiera de esos minutos que iba a estar en escena. Se desencadenó tal huracán que es difícil describirlo con palabras, lo mejor es que lo veáis aquí, ya que esto tan moderno del bloguismo permite ilustrar lo que escribe uno con vídeos y cosas. 

    Para mí, cuando vi esto, ahí por 1992, nada volvió a ser lo mismo. De alguna manera, había visto condensada un buen montón de tradición musical en tres minutos y no podía quitármelo de la cabeza. Aquella actuación incandescente, atómica, homérica, había despertado en mí algo que ya nunca se apagaría. 

    El concierto del que hablo, que después se transformaría en disco y película, recibió el nombre de "The Last Waltz" a modo de alegoría de la separación, tras su celebración, de una banda, LA Banda, que a pesar de ser en gran parte de procedencia canadiense, destilaba como nadie la esencia de la música americana. Al principio se llamaron The Hawks, ya que ganaban su sustento acompañando al cantante Ronnie Hawkins. Después, un muchacho judío de Minnesota, del cual decían que era la respuesta a las plegarias de toda una generación, les eligió para acompañarle en el camino hacia la electrificación de su música. Desde entonces, empezaron a llamarse The Band y este año se cumple el 50 aniversario de los acontecimientos que desencadenaron todo lo que cuento aquí, pues aquella noche en el Winterland fue la de acción de gracias (25 de noviembre) de 1976.

    En principio la idea fue hacer un concierto de despedida y santas pascuas. Ni siquiera era una despedida del todo, sólo una despedida de los escenarios. Pero poco a poco, las cosas fueron haciéndose más grandes, precisamente como les había sucedido a nuestros protagonistas a largo de toda su historia. De modestos acompañantes, a reputados intérpretes y autores de discos colosales como "Music from Big Pink" (Capitol, 1968), "The band (brown album)" (1969) o "Rock of ages" (Capitol, 1972), que dejaron una marca imborrable en el concepto de lo que hoy conocemos como "americana". Cuando llegó aquella noche en el 76, el camino recorrido había sido larguísimo. Demasiados escenarios, demasiadas canciones. Era momento de descansar y, aunque aún editarían otro disco tras ello, aquél sería su último concierto. 

    Y lo sabían perfectamente, o lo temían, por lo visto, porque prepararon la jugada a conciencia: junto a ellos, en el escenario, una suerte de condensación de toda la música que amaban y que, al fin y al cabo, era la base de todo lo que vino después. Simplemente, uno siente escalofríos al leer esta lista: Muddy Waters, Ronnie Hawkins, Dr. John, Van Morrisson, Neil Young, Joni Mitchell, Neil Diamond, The Staple Singers, Emmylou Harris, Ringo Starr, Eric Clapton, Ron Wood, Paul Butterfield, Martin Scorsese, Allen Toussaint y -of course- Bob Dylan. La mayoría de ellos participaron en el concierto. Otros, como Harris y los Staple Singers, rodaron duetos con la banda que serían incluidos en la película a posteriori. Toussaint hizo de arreglista de vientos y un poco también de director musical. Y nada menos que "Marty" Scorsese, amigo personal de Robbie Robertson (guitarrista de The Band), se encargó de dirigir la película.

    Una película, de la que podemos decir sin temor a equivocarnos que, si se tiene que ver un sólo documento visual sobre rock and roll, debería ser este. El gusto en la presentación escénica, el tono documental, la importancia de lo que se ofrece en él a nivel musical, están a años luz de casi todo lo que haya podido realizarse en esa onda durante la historia del pop. Ellos llegaron primero y además, en el momento justo. Lo que ocurre y está documentado aquí es irrepetible. Se captura un momento crucial, tanto a nivel de presencia de personajes importantes como de situación de los protagonistas y además, se plasma a la perfección, con entrevistas y una labor de dirección, iluminación y fotografía, casi perfecta. 

    Por supuesto, semejante documento visual, nos ha marcado a muchos. En especial, a uno de los personajes más peculiares que he tenido la suerte de encontrarme (y no es algo frecuente) en las redes sociales. Creo que por vía de algún otro amigo conocí a este bilbaíno, del que, si quisiéramos acudir a los tópicos, podríamos decir que hace gala del típico entusiasmo que se les ha achacado siempre a los de su procedencia. Pero como los tópicos no son más que memeces, diremos simplemente que es quizá el tipo que me he cruzado que más amor (del verdadero) desprende por la música y los músicos. Nunca para de descubrir, comentar, cabrearse, idolatrar, llorar de emoción, dar brincos de alegría, marearse y a veces incluso caer enfermo, por causa de la música. 

    Su afición, más allá de la melomanía del típico coleccionista escarba-cubetas o del plumilla sabihondo (como, por ejemplo, el que suscribe), le ha llevado a emprender quimeras que, cualquier otro, hubiera encontrado completamente fuera del alcance de la mano, o directamente, una locura. Hablamos de algo así como: "oye, se me ocurre que podríamos hacer un festival para homenajear a Neil Young, ¿porqué no lo hacemos?". y el tío, coge y lo hace. Cágate. Y no sólo eso: además lo hace en el patio de armas del castillo del siglo XII, que corona uno de los municipios, más bonitos de Europa. 


    Frías es una ciudad (tiene esta condición desde que se la otorgara en 1435 el rey Juan II de Castilla) burgalesa, que se ubica sobre el Cerro de la Muela, en la sierra de la Tobalina y cerca del río Ebro. Su estampa es sin duda de las más hermosas que podemos encontrar, hasta en un país como éste, bien nutrido de paisajes bonitos. Inmejorable emplazamiento para dar rienda suelta a la pasión musical y homenajear, tal como ocurrió hace pocos años con aquél "Rusty Fest" en que se tributó al cantante de Ontario, a otra de las más profundas obsesiones de Joserra Rodrigo, este bilbaíno del que hablo: The Band, o lo que es lo mismo, Richard Manuel, Robbie Robertson, Garth Hudson, Richard Manuel y Rick Danko

    Los 50 años del último vals que bailó The Band tendrán su eco y recordatorio en un festival al aire libre, incardinado en el recinto del patio de armas del castillo medieval del Conde de Haro. Durante tres días, que comienzan este mismo viernes (1,2 y 3 de julio), se sucederán actuaciones de bandas y artistas tanto nacionales como internacionales, dj's, micros abiertos, conferencias, coloquios, exposiciones, que tendrán como objeto revivir el espíritu que presidió aquél evento histórico.

    Bandas como Coppernicus Dreams, Frank, Still River, The Walnut Co., La Gran Esperanza Blanca, Bantastic Fand, Zimmerband, The Fakeband (tocando el último vals) y nada menos que los británicos Danny And The Champions Of The World. Todos ellos han acudido a la llamada de Joserra sin pestañear y hasta han ajustado al máximo sus cachés para colaborar en esta magnífica quimera, incluídos la banda de Danny Wilson, uno de los ejemplos más magníficos de soul con raices folk que pueden disfrutarse hoy en el mundo.

    Si se quiere, se puede. Esto lo sabe más que bien el bueno del bilbaíno y por eso consigue lo que consigue. A veces nos complicamos la vida dudando y todo es mucho más sencillo si no se piensa tanto.

    Encima, disfrutar de todo esto sólo cuesta 25 euros (por abono). No es de extrañar que el objetivo de Joserra, que era vender unos 700 abonos (usando sus palabras, "se trata de que sea algo de pueblo, sin pasarse"), se esté cumpliendo perfectamente. Por si fuera poco, a modo conmemorativo habrán chapas, camisetas y hasta un vino del vals. De todo ello podéis informaros en la página del vals. Es difícil hacerlo mejor, ¿verdad?¿Bailamos el vals, entonces? 

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